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María José Villasmil: La contradicción de los derechos humanos

 

¿Cómo puede alguien como Delcy Rodríguz llegar a la ONU?

La semana pasada fue esencial para las dinámicas internacionales, la ONU celebró la 81º sesión de la Asamblea General. Espacio en el que jefes de Estado y personas de alto nivel se reúnen para transmitir sus mensajes al mundo, además, la Asamblea General estuvo marcada por una idea que resulta particularmente significativa: “Restaura la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”.

Para los venezolanos, fue una semana de gran relevancia debido a que nuestro país ha vuelto a ocupar un espacio importante dentro del escenario internacional. En medio de las circunstancias que han modificado el escenario político y han forjado una relación más cercana con Washington y con distintos actores multilaterales, nos encontramos con una gran ironía, y se trata de la persona que nos representó en Nueva York, nada más y nada menos que Delcy Rodríguez, quien ejerce como presidenta interina de Venezuela y ha sostenido reuniones con António Guterres y con organismos financieros internacionales.

Al analizar el desarrollo de los acontecimientos en el marco de la Asamblea, he estado sumergida en una pregunta que de por sí es difícil de responder, ¿Cómo es posible que una institución enfocada en defender los derechos humanos reciba a quienes han sido señalados por violarlos? Ver a Delcy Rodríguez en Naciones Unidas creo que generó un sentimiento colectivo de incomodidad, puesto que, la sede de la ONU no es solamente un espacio internacional en donde los gobiernos intercambian posiciones, si no que también es uno de los lugares donde, desde hace décadas, se ha construido buena parte del lenguaje jurídico y político con el que el mundo habla de dignidad, libertad, justicia y derechos humanos.

Por eso, ver ahí a una de las personas que ha sido actor esencial en la construcción del régimen venezolano, de la represión y de la violación sistemática de los derechos humanos me lleva a plantear otra interrogante: ¿qué sucede cuando quienes llegan a hablar en nombre de un Estado son, al mismo tiempo, parte de una estructura de poder cuyo pasado continúa siendo objeto de denuncias y escrutinio internacional?

La ONU es un organismo internacional que necesita relacionarse con los Estados, incluso con aquellos cuyos gobiernos han sido cuestionados por graves violaciones de derechos humanos. El diálogo diplomático no constituye, por sí mismo “borrón y cuenta nueva”, del mismo modo que ocupar un asiento, pronunciar un discurso o participar en una reunión no elimina las responsabilidades pendientes ni las demandas de las víctimas.

Sin embargo, por la naturaleza de esta institución, que funciona con el objetivo de velar por los derechos humanos, resulta válido preguntarnos qué lugar ocupan quienes han sufrido las consecuencias del poder. Y esto me lleva a responder las interrogantes planteadas a lo largo de este texto: si existe una tribuna para quienes representan a los Estados señalados por graves violaciones de derechos humanos, también debería existir un espacio para quienes fueron perseguidos, encarcelados, torturados o expulsados y que todavía esperan verdad, justicia y reparación. Si el propósito de las instituciones internacionales es establecer límites frente al abuso del poder, entonces, no habría necesidad de cuestionar a quienes llegan a la ONU si esos mecanismos fueran verdaderamente eficientes.

Los derechos humanos no pueden seguir siendo usados como parte de la narrativa mientras las víctimas y familiares siguen esperando respuestas. Más allá de escuchar a Delcy en Naciones Unidas, es recordarle al mundo que no se puede dejar de escuchar a quienes alguna vez tuvieron que sufrir por culpa de ese mismo poder que ella hoy representa.