A veces uno entra en una historia sin saberlo.
Hace varios años un amigo me invitó a Naguanagua, en Valencia, a la misa y procesión que organiza la familia de Hermógenes López, primer y único presidente (e) de la República nacido en Carabobo.
—Te va a gustar —me dijo—. Es una promesa familiar que se mantiene desde 1862.
Naturalmente, fui. Para algo soy presidente del Comité de Invitados por Ellos Mismos (CIEM). Voy hasta a los bautizos de muñecas.
La historia viene de la Guerra Federal. El general López cayó gravemente herido y su familia prometió rendir homenaje cada año a la Virgen de Begoña. La tradición ya supera el siglo y medio. El general fué gobernador de Carabobo cuatro veces y dejó obras importantes: trajo la electricidad a Valencia y construyó el Ferrocarril Valencia-Puerto Cabello. ¡Una figura!
Hermógenes López, ahijado de José Antonio Páez, tuvo además un papel curioso en nuestra historia: consiguió traer desde Nueva York al Centauro de los Llanos, pese a la oposición de Guzmán Blanco. Más tarde, cuando Guzmán se marchó definitivamente a París, lo dejó encargado del poder. De aquellos tiempos viene también la famosa historia de los corotos.
Pero avancemos.
La iglesia de Nuestra Señora de Begoña, declarada Monumento Histórico Nacional en 1960, conserva muy cerca una estatua del propio López, donada por su familia.
Terminada la ceremonia o liturgia religiosa, nos indicaron que siguiéramos un carro hasta una hacienda al sur de Valencia, unos espacios ideales para un escenario o set de película. Una ganadería de Lidia con una plaza de toros y una familia a lo Falcon Crest muy aficionada a la tauromaquia.
Por allí aparece incluso una conexión con la prensa del corazón española: el torero Palomo Linares estuvo sentimentalmente vinculado con una integrante de los López. Las revistas hicieron entonces su agosto con aquella historia. Hoy su vástago, tataranieto de Hermógenes López también es noticia mundial.
La fiesta marchaba con absoluta normalidad: música, brindis, carne en vara y buenos pasapalos. Hasta que apareció un helicóptero.
Del aparato bajó un joven con aspecto de yuppie, quien apenas pone los zapatos en tierra levanta una ametralladora con un solo brazo y suelta una ráfaga de tiros al aire. ¡Ha llegado Alejandro Betancourt López!
La llegada cambió inmediatamente el ambiente. Los recién llegados parecían salidos de una revista de sociedad: jóvenes impecables, llamativos. Portadas para la revista Hola. ¡Sobrados, pues…
Como decía aquella promoción: Pasa en las películas, pasa en la vida real y pasa en TNT.
Empezó a llover y nosotros pensábamos marcharnos.
—Quédense. Cuando se vayan las familias viene la piscinada y hemos habilitado un bus que viene cargado de carajitas —le susurró alguien a mi amigo.
Nos vimos las caras.
Vámonos -me dijo- y yo entendí el mensaje.
A los pocos días me llamó.
—¿Viste quiénes eran los de la fiesta?
Entonces encajaron las piezas.
Eran algunos de los empresarios que más tarde serían conocidos en Venezuela como los bolichicos, término popularizado por el periodista Juan Carlos Zapata y el portal Cuentas Claras Digital. Sus negocios durante la emergencia eléctrica venezolana terminarían siendo objeto de reportajes, investigaciones y procesos judiciales dentro y fuera del país. Dos libros de Carlos Tablante: Estado Delincuente y Gran Saqueo documentaron y avisaron de manera formal a la fiscalía en tiempo oportuno de estás y otras fechorías. Expedientes engavetados.
Hay que recordarlo
Derwick una empresa sin experiencia, propiedad de Alejandro Betancourt, su primo Francisco Convit y Pedro Trubbeau lograron por adjudicación directa la asignación de 20.000 millones de dólares para traer los equipos que resolverían la emergencia eléctrica y los niños quedaron mal y después se fueron de shoping con otros proyectos de PDVSA. Dispararon todas las alarmas del sistema financiero internacional. Mientras, el gobierno volteaba la vista y seguía en su borrachera demagógica y corrupta. Son los responsables de El Infierno de Dante que se llama Venezuela.
Al grano
Disculpen la introducción. Ya saben que la capacidad de síntesis nunca ha sido precisamente mi fuerte.
Todo esto me vino a la cabeza al leer un trabajo sobre genética publicado en España a propósito de una investigación científica: una de sus conclusiones era que los genes no actúan de manera determinista.
Y pensé inmediatamente en esas familias venezolanas de larga trayectoria, con personajes ilustres en su árbol genealógico, de las que de pronto surgen descendientes protagonistas de historias completamente diferentes.
El caso de Francisco Convit Guruceaga Iturriza primo y socio de AB resulta especialmente llamativo: nieto del eminente científico venezolano Jacinto Convit y, al mismo tiempo, nombre habitual en investigaciones judiciales relacionadas con los negocios de los bolichicos. En expedientes y testimonios presentados ante tribunales estadounidenses aparecen incluso relatos sobre sus particulares métodos de intimidación.
La genética, definitivamente, no garantiza nada.
Lo curioso es la extraordinaria capacidad de supervivencia de todos estos personajes. Durante años han atravesado investigaciones, demandas, cambios de gobierno y distintas coyunturas internacionales.
Y ahora Alejandro Betancourt vuelve a aparecer en escena, de la mano de Trump, su principal blanqueador y de Delcy y Jorge sus amigos del alma.
Su nombre ha resurgido a propósito de North American Blue Energy Partners (NABEP) y de un nuevo acuerdo energético presentado como uno de los mayores de su tipo.
La historia tiene una ironía difícil de ignorar: personajes vinculados hace años al desastroso capítulo eléctrico venezolano reaparecen ahora como protagonistas del acuerdo que hará historia.
Hoy precisamente me llamó otro amigo de la fiesta de Valencia.
—Esos tipos son de película —me dijo, casi admirado.
-No creo, son peores que los del Tren de Aragua, le dije. El Niño Betancourt más perfumado que el Niño Guerrero.
Viéndolo bien amigo, quizás tengas razón; solo que yo pienso en otra película venezolana: Puras Joyitas.
Nos vemos por ahí.

