“Aquí nadie gobierna”. La frase queda suspendida, como esos zancudos que sobreviven a todo: Zumba, fastidia, se mete en la oreja y uno no logra espantarlo ni con palmadas. Lo que hay no es un gobierno sino un cambalache de poderes que se pisan entre sí, un archipiélago de mandos que no mandan, de jefes sin jurisdicción, de figurones que aparentan autoridad pero apenas administran sus conucos de poder, igualito que los caciques de pueblo que se creen dueños del río porque tienen tres lanchas y un primo en la Guardia.
La narrativa oficial dice que gobierna Delcy Rodríguez. Pero hasta dentro del chavismo esa afirmación es más misa apóstata que verdad. Delcy es la administradora del desgaste, la gerente del estancamiento, la curandera de equilibrios internos. No manda: Sobrevive coordinando sobrevivencias. Controla accesos, castiga desobediencias, maneja la caja ilegal del Estado profundo como quien maneja la libreta escondida del abasto. Decide quién entra, quién sale, quién cobra, quién paga y quién se calla en ese espacio que parece poder y no lo es, como esas casas grandes de pueblo que por fuera lucen imponentes y por dentro están vacías, con las paredes llenas de humedad.
Los militares no gobiernan; Administran territorios. Son una federación de intereses, cada uno con su feudo: Fronteras, puertos, gasolina, minería, aduanas, contrabando. No existe doctrina, ni visión de país, ni jerarquía funcional. Lo que hay es un sistema de lealtades transaccionales, como los favores que se pagan con gallinas, gasolina o silencio. Sostienen el edificio, pero no lo dirigen. Son los porteros del caos.
La llamada “mesa” —esa constelación de negociadores, operadores, emisarios y voceros— tampoco gobierna. Son dirigentes sin liderazgo, como esos alcaldes de pueblo que inauguran hasta un poste de luz para parecer importantes. La mesa es un espacio donde se regatea la crisis, donde se buscan treguas, donde se negocia la respiración del país. Es un instrumento manejado a control remoto, no un poder. Y a saber quién manda ahí, desde dónde, desde cuántas oficinas y con cuántos acentos distintos llegan las órdenes.
María Corina Machado y Edmundo González representan otra cosa: La legitimidad social, el liderazgo, el mandato simbólico, la voluntad mayoritaria expresada en votos y en calle, el respaldo de las organizaciones políticas serias. Pero no gobiernan porque no tienen Estado, no tienen Fuerza Armada, no tienen control institucional. Son autoridad sin aparato. Y en Venezuela, sin aparato, no se gobierna. Es como tener la llave de una casa que ya no existe.
Estados Unidos influye, presiona, sanciona, negocia, dicta cátedra, condiciona, cobra y maneja los reales. Pero no gobierna. Porque en realidad no está resolviendo nada. Su política hacia Venezuela es de poner parches, reactiva, no directiva. Washington no administra la crisis; Intenta, muy lentamente, contener sus efectos, sin mojarse demasiado las patas. En las tutelas hay un principio: Tanto como para que me produzca beneficios, tan poco como para poder salir del lío si los costos superan la rentabilidad. Es la lógica del bodeguero: Vendo fiado, pero no tanto como para quebrarme.
Entonces, ¿quién gobierna? Pues nadie. Gobierna la inercia, gobierna la crisis, gobierna la necesidad, gobierna la supervivencia. Gobierna un sistema que se sostiene porque cada actor teme que, si cae, todos caen. Gobierna la pedantería, el festival de egos, el miedo compartido a que el país se desplome de verdad. Gobierna el sálvese quien pueda.
Venezuela es un territorio donde el poder está fragmentado, disperso, atomizado. Un país donde todos mandan un poco y nadie manda del todo. Un país donde el poder es una sombra que se proyecta, pero no se encarna. Un país donde el mando es como el agua en verano: Se anuncia, se promete, se busca, pero no llega.
Hay quienes fantasean con la idea de un país sin Estado, sin Gobierno, sin esa arquitectura pesada que regula, limita y ordena. Creen que la ausencia de poder formal es libertad pura, una utopía espontánea donde todo fluye porque sí. Pero la historia —la real, la que huele a calle, a sangre, a hambre y a miedo— demuestra otra cosa: Cuando el Estado se evapora, no aparece la libertad sino la selva. No surge la armonía sino la ley del más fuerte. Sin Estado, gobierna el caos; Sin Gobierno, gobierna el que impone su bota, su fusil, su caja, su banda. La anarquía no es un sistema: Es un vacío que siempre termina ocupado por el peor, como esos solares abandonados donde lo primero que crece es la maleza y lo segundo es el malandro.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

