El venezolano camina con la espalda recta, pero por dentro carga un cansancio que no se dice ni en voz bajita. Anda como quien viene de un velorio que no termina nunca: con la compostura intacta, pero con el alma sudada. Es una mezcla de bravura y agotamiento, como quien sigue remando aunque ya no siente los brazos. El país entero vive en ese claroscuro emocional, mitad luz, mitad sombra, sin que una anule a la otra. Hay un orgullo íntimo que no se ha roto, un talismán apretado en el bolsillo que evita el desmoronamiento. La esperanza no es un pájaro que canta: es un animal herido que respira despacio. No se exhibe, no se celebra, pero está ahí, latiendo. La fatiga, en cambio, es una nube baja pegada al pecho, una anestesia emocional aprendida a fuerza de sobresaltos. El venezolano se volvió experto en no sentir demasiado para no quebrarse.
Y aun así, debajo de esa costra de cansancio, hay una chispa. Aparece en la conversación de esquina, en la cola del pan, en el chiste que se suelta sin permiso en el autobús, en la creatividad que brota incluso cuando todo parece exhausto. El ánimo nacional es una cuerda tensa: vibra con miedo, con rabia, con una alegría inesperada que florece en terreno árido. Y sigue de pie. Con la mirada firme. Con el corazón apretado. Con la certeza íntima de que encontrará la forma de seguir adelante, aunque sea por terquedad, aunque sea por dignidad.
Quien pretenda gobernar este país más le vale entender esa cuerda tensa. No estudiarla, no analizarla, no interpretarla desde una oficina refrigerada donde sirven café en porcelana fina: entenderla. Meterse en su respiración, en su pulso, en su manera de aguantar y en su manera de explotar. Porque Venezuela no se deja gobernar desde la superficie. El venezolano ya está curado de espantos; aprendió a desconfiar de las promesas envueltas en celofán y a medir a los políticos por la coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. Aquí ya no funciona el encantamiento barato ni la labia de salón. No escucha palabras: mide conductas. No se impresiona con planes: observa coherencias. No se entrega a quien lo seduce: se entrega a quien lo respeta.
El que aspire a gobernar aquí debe saber que este es un país de memoria larga. Recuerda lo que lo hirió, lo que lo salvó, lo que lo traicionó, lo que lo sostuvo. Y esa memoria no se borra con propaganda ni con comunicados rimbombantes: solo con hechos que tengan la misma contundencia que el daño. Debe saber también que el venezolano vive en un estado emocional doble: cansado pero orgulloso, herido pero altivo, desconfiado pero esperanzado. Esa mezcla es peligrosa para quien no la entiende. Porque el cansancio lo vuelve silencioso, pero el orgullo lo vuelve impredecible. Porque la herida lo vuelve prudente, pero la altivez lo vuelve exigente. Porque la desconfianza lo vuelve lento, pero la esperanza lo vuelve explosivo.
Gobernar Venezuela exige entender que aquí la gente no quiere milagros: quiere decencia. No quiere héroes: quiere gente en la que poder confiar. No quiere discursos ni comunicados rimbombantes: quiere verdad, incluso cuando duela. Y quiere, sobre todo, no ser subestimada. Porque la subestimación es la forma más imbécil de violencia política.
Venezuela no es un mapa: es un carácter. Y gobernar un carácter exige respeto, inteligencia y una sensibilidad que no se aprende en ninguna escuela de poder. Quien no entienda esto, fracasará. Quien crea que puede gobernar desde la soberbia, fracasará. Quien confunda paciencia con sumisión, fracasará. Quien ignore la cuerda tensa que sostiene al país, fracasará.
Más les vale entender eso. Si los de la mesa —los hunos, los otros y el tutor— creen que pueden manipular a los venezolanos, se equivocan de medio a medio. Y están más perdidos que el hijo de Lindbergh.
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