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Soledad Morillo Belloso: La noticia reventó el celofán

 

Lo reventó sin elegancia, sin buenos modales. Dejó el olor a petróleo crudo suspendido, espeso, como si alguien hubiese abierto una válvula sin avisar. Estados Unidos —el Estados Unidos de Trump, con su diplomacia de retroexcavadora y su apetito de potencia en modo “take it or leave it”— negocia el arrendamiento de yacimientos petrolíferos venezolanos. ¿Rumor? Parece que no es globo de ensayo. Es una filtración que cae con estrépito, como un vidrio que se quiebra y deja ver lo que había detrás del escaparate.

Lo que se discute no es un contrato petrolero. Es una cesión de subsuelo. Un país entero, presente y futuro,  convertido en terreno alquilado. Un acuerdo que podría durar décadas, quizá un siglo, y que entregaría a empresas estadounidenses —con el beneplácito del gobierno interino venezolano— la operación de campos que antes eran símbolo de soberanía. El celofán se rompió porque debajo no había modernización ni cooperación: había ocupación por contrato.

La escena es casi teatral. Venezuela, exhausta, con su industria petrolera convertida en ruinas sentimentales, se sienta frente a la superpotencia que durante años fue antagonista. Y ahora, vaya pues, le entrega las llaves. No por convicción, sino por necesidad. No por ideología, sino por supervivencia. Trump lo presentará como una jugada estratégica para asegurar energía barata y estable. Venezuela lo venderá como oportunidad histórica. Pero el fondo es otro: la geopolítica no espera a que los países se recuperen; los toma cuando están en el suelo.

Y en medio de ese teatro, la señora interina deja caer una frase que pesa más que todo el posible acuerdo: Venezuela podría dejar de formar parte de la OPEP, de la cual fue creadora y fundadora. No fue anuncio formal, ni comunicado solemne. Fue un asomo, una chispa. Pero basta para entender la magnitud del giro. La OPEP es historia, identidad, músculo político. Salirse sería admitir que ya no se juega en esa liga, que el petróleo venezolano deja de ser parte de una estrategia colectiva y pasa a ser mercancía arrendada, activo negociado, subsuelo hipotecado.

La salida de la OPEP sería el gesto ácido de una transición silenciosa: Venezuela deja de ser país petrolero para convertirse en territorio petrolero. La diferencia es brutal. Un país petrolero decide; un territorio petrolero es decidido. Y la frase de la señora interina encaja perfectamente con el cuadro mayor: si vas a entregar campos por décadas a empresas estadounidenses, ¿qué sentido tiene seguir en un cartel que coordina producción entre Estados soberanos? La soberanía, en este contexto, se vuelve un adorno.

La noticia reventó el celofán porque revela lo que muchos sospechaban: no es solo un acuerdo energético; es una reconfiguración de identidad nacional. Un país que durante muchas décadas se definió por su petróleo ahora estaría dispuesto a desprenderse de la estructura que le daba peso internacional. Y todo para firmar un contrato que convierte sus yacimientos en propiedad operativa de otro Estado.

Todo ocurre sin sobresalto. Sin temblor. Sin ese estupor que antes acompañaba las grandes rupturas.

Porque el país ha visto tanto, ha perdido tanto, ha cedido tanto, que incluso la entrega del subsuelo —esa última frontera simbólica— se recibe con un encogimiento de hombros.

La noticia reventó el celofán, sí. País alquilado. Pero el público ni pestañeó. Algunos aplaudirán. Y bueno, ya nada sorprende. La rana cría pelos.

Soledasmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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