El país —el verdadero país, el que no vive de comunicados— no espera absolutamente nada del régimen. Nada. Ni gestos, ni rectificaciones, ni concesiones. Mucho menos de quienes lo representan en esa mesa, figuras desgastadas y sin nada de prestigio que ya no simbolizan poder, sino la prolongación burocrática de una crisis que ellos mismos crearon y administran. De ellos, el país no espera ni siquiera la decencia de no fallarle: Porque para fallar primero habría que haber cumplido alguna vez.
Por eso la carga recae en los otros, en los representantes de la oposición; es decir, en Dinorah y su equipo. Hablamos de las expectativas de millones de venezolanos en Venezuela y fuera de ella. De ellos el país espera todo. No porque sean perfectos, no porque tengan una varita mágica, sino porque son los únicos que aún conservan un hilo de legitimidad moral ante una ciudadanía exhausta y profundamente disgustada. El país les exige claridad, firmeza, estrategia, valentía. Les exige que no se pierdan en tecnicismos tontos, que no se dejen seducir por la retórica podrida del régimen, que no confundan diálogo con rendición ni negociación con claudicación. Que no toleren medias tintas.
El país no espera nada del régimen. Conoce muy bien la clase de vagabundos que son. Pero de Dinorah y su equipo espera todo. A saber, todo.
Esa asimetría es brutal: porque quien no tiene expectativas no puede decepcionar, pero quien las concentra todas no puede permitirse fallar. Esa es la ecuación política del momento: Un lado vacío, otro lado cargado hasta el borde. Un lado que no necesita prometer nada, otro que debe prometer sin mentir y cumplir sin titubear.
La representación del gobierno encargado en ese diálogo -Jorge y su banda de malandros- tiene una sola meta: lograr que toda posible decisión o solución falle. Y para ello no se detendrán ante nada. Porque es una de dos: o logran atornillarse en el poder per secula seculorum, o logran que los gringos, absolutamente hastiados de ellos, les construyan un puente de plata y terminen viviendo como pachás en cualquier paraíso del planeta, con garantías de protección a cambio de irse y no jorobar más.
Que Washington diga que hay que tomárselo con calma, la verdad no sorprende. Esa paciencia de la que habla Rubio es propia no sólo de alguien que jamás ha vivido en sus carnes el dolor (que no se lo deseo), sino que, obviamente, el lío de Venezuela es un peldaño en sus planes, una de tantas piezas para alcanzar su aspiración presidencial. Y Rubio tiene tiempo para jugar sus cartas. Venezuela no.
Es obvio que Dinorah y cía no tuvieron el poder para imponerse. De allí el papelón del sábado primero de agosto. Porque fue eso, un papelón. Pero Dinorah debe saber que un país entero los va a apoyar si sacan uñas y pelan los dientes. Lo que no va a tolerar el país es que se dejen ningunear. En esa mesa la voz cantante no puede ser la de Jorge. Tiene que ser la de Dinorah respaldada por la voz de Washington.
La conferencia de Yalta, en febrero de 1945, fue un teatro diplomático montado sobre cenizas, pero lo que realmente la definió ocurrió antes de que los “Tres Grandes” se sentaran frente a las cámaras. Todo empezó con una confesión que Churchill soltó como quien escupe un veneno: no quería ir. No era cansancio, ni cálculo, ni protocolo británico. Era odio. Un rechazo visceral hacia Stalin, ese georgiano que caminaba como si cada paso fuera una advertencia y que sonreía como quien ya tiene la victoria en el bolsillo.
Montgomery captó el malestar y lo llevó a Eisenhower. Ike, con su diplomacia de general, se lo deslizó a Roosevelt. La respuesta regresó por la misma tubería, sin perfume, sin suavizante, sin diplomacia:
“Si él no va, Stalin irá con mucha más felicidad.”
Ahí está la corrosión: Churchill entendió que su ausencia no sería un gesto, sería una rendición simbólica. Un espacio vacío que Stalin llenaría con gusto, con cálculo, con esa alegría oscura de quien entiende que el poder también se ejerce cuando el adversario decide no presentarse.
Por eso Churchill fue. Y no sólo fue: llegó antes. No por cortesía británica, sino por instinto de sagacidad política. En las memorias no oficiales —esas que huelen a whisky, a cenicero y a confesión de madrugada— Roosevelt le soltó una frase que era mitad broma, mitad advertencia, mitad puñalada:
“El que llega primero, marca.”
Churchill marcó. Se instaló. Ocupó el aire. Se aseguró de que cuando Stalin cruzara la puerta, no encontrara un vacío que pudiera reclamar como territorio propio. Porque Stalin, cuando llegaba, reclamaba. No necesitaba anunciarlo: su sola entrada era una declaración de propiedad.
Y así empezó Yalta: Con Churchill respirando el salón como si fuera un campo de batalla, con Stalin entrando a un espacio ya marcado, y con Roosevelt observando. Ah, y por cierto, aunque tanto británicos, norteamericanos y soviéticos llevaron su troupé de fotógrafos, Londres y Washington sé aseguraron de que las fotos más famosas del encuentro y que acapararon la mayoría de las portadas fueran las suyas.
Dinorah: la guerra no es en las calles de Venezuela (no queremos más muertos). Es en esa mesa. El país quiere que seas Churchill. Y que luego le pases el bastón de mando a María Corina.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

