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María Gabriela Mata: Las condiciones del diálogo en Venezuela

 

Una lectura desde Habermas

En medio de esta última ronda de negociaciones promovida por Estados Unidos —porque ha habido tantas— cabe recordar el concepto de acción comunicativa de Habermas coincide con la idea clásica de acción, pero desplaza el eje del análisis desde el individuo hacia la relación social. Se trata de una interacción en la que los objetivos solo pueden alcanzarse mediante la fuerza de los argumentos. Por eso la considera una acción deliberativa.

La apuesta es por un pensamiento dialogal que rechaza la pretensión de una razón absoluta, universal o abstracta, tan característica de los regímenes totalitarios.

Desde esta racionalidad comunicativa, el poder deja de entenderse como la imposición de una voluntad sobre otra y pasa a concebirse como la construcción de una voluntad común, sustentada en la responsabilidad compartida. En definitiva, hablamos de actos morales y no de simples recursos formales.

Mientras mayor sea la capacidad comunicativa de una sociedad para organizar el ejercicio del poder, mayores serán sus posibilidades de alcanzar los fines que se proponga.

Hasta aquí todo bien. Estamos sentados en la mesa. Digo más: hay una mesa. ¡Aleluya! Cuando la alternativa es una paz impuesta —léase “estabilidad” en el vocabulario de Washington—, la posibilidad de confrontar ideas siempre representa un avance.

El problema, como muchos han señalado antes, es que en estas negociaciones faltan actores cuya presencia resulta indispensable y el temario diluye los asuntos centrales —la renovación del CNE y la convocatoria a elecciones libres que permitan una verdadera transición democrática— en una marea de asuntos secundarios que distraen la atención y complejizan innecesariamente la conversación.

Habermas también advirtió que los resultados de la acción comunicativa no dependen exclusivamente de la racionalidad de los individuos. Importa mucho la forma en que asume el diálogo, inevitablemente influida —o colonizada— por la lógica del poder político y del dinero. De allí surge su propuesta de una ética del discurso, entendida como el fundamento de una deliberación pública capaz de orientar a la sociedad hacia una realización verdaderamente emancipadora.

Si partimos de lo que Habermas llamó las condiciones ideales del habla, una deliberación solo puede considerarse legítima cuando participan todos los afectados, existe igualdad de oportunidades para intervenir, nadie está sometido a coacción y los argumentos pueden cuestionarse libremente.

Entonces, sentarse a conversar es apenas el comienzo. Hace falta que quienes dialogan representen legítimamente a las partes en conflicto y que el temario responda a las necesidades del momento.

La realización a la que podemos y debemos aspirar los venezolanos depende, precisamente, de esa esquiva ética comunicativa.

Aquí vale la pena incorporar la mirada de Adela Cortina, filósofa española y reconocida admiradora de Habermas, quien considera que la ética del discurso es el proyecto ético más interesante de nuestro tiempo.

Para Cortina, la ética consiste en “conjugar la justicia con la felicidad”. De allí que sitúe la compasión —el interés genuino por el otro— como un elemento esencial. Difícilmente alguien puede reconocer al otro como interlocutor válido si ignora su dimensión humana.

Por eso propone una ética mínima para sociedades inevitablemente plurales: un conjunto de valores básicos de justicia que hagan posible la convivencia sin caer en la inhumanidad. Una justicia nacida de la compasión.

Esos mínimos serían, fundamentalmente, la libertad —entendida como independencia, participación, autonomía y ausencia de dominación—, la igualdad, la solidaridad, el respeto activo y los derechos humanos.

Lo interesante es que esta ética de mínimos convive con múltiples éticas de máximos: los distintos proyectos de vida buena o de felicidad que sostienen personas, comunidades y credos. Si esos proyectos son incapaces de dialogar y encontrar un terreno común de justicia, difícilmente una sociedad podrá avanzar.

Las personas viven de sus proyectos de felicidad; las sociedades, de su capacidad para hacerlos compatibles.

Se diría que Washington privilegia la estabilidad y sus propios intereses estratégicos sobre las aspiraciones democráticas de los venezolanos, presentando esa estabilidad como el máximo horizonte al que podemos aspirar en términos de bienestar.

Que no. Que no somos felices, coño.

Tocará comunicarnos mejor. Tocará expresar con claridad nuestro descontento en las calles. Hoy, francamente, no veo otra salida.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM