Tal vez la historia no sea más que la diversa entonación de unas pocas metáforas. La esfera de Pascal, J.L.Borges
El creciente interes compartido por las viejas películas no implica solo rechazo a la rebalsada industria del espectáculo, cada vez mas mas cercana a las fiestas deportivas que a la lenta cavilación del arte. Supone apetencia de una visualidad mas calmada, interesada por ver en vez de marearse, y un afán por un tiempo menos entrecortado, mejor hilvanado para contar historias. En el pasado, una carreta había tenido la velocidad justa para ver el mundo como paisaje y aquel cine la había tenido para repensar nuestra vida. En los años cuarenta y cincuenta del trepidante siglo que nos ha perdido en la curva, todavía se avistaba algo sustancial por la ventanilla. En un film el montaje dibujaba el tiempo artificial, acordado en cordial complicidad, pero esa artesanía sucedía sobre un fondo impasible, la vida acompasada que proseguía fuera del cine, un segundo plano que ya dejó de respirar. La tacita realidad, el tercer socio del trato, desapareció en las ultimas décadas.
La sorda invasión digital acelera la recepción, sobreimprime las risas y los llantos, aplana antiguas diferencias, y disuelve la distancia entre lo inminente y lo remoto con inspirado salvajismo. Se pierden miedos y alegrías , estalla el ritmo natural de la sorpresa o la demora, sin atemperarlas para nadie. El ambiguo espectador fue sustituido por una prevista figura estadística, cuyas correntadas de ansiedad, stress y depresión son canalizadas por extensos circuitos de fármacos y sustancias ya establecidas. Ese perfil es el receptor standard de la excitación, una dimensión neurológica de la audiencia está a cargo de píldoras.
Se redobla hasta lo invisible la abstracción del clásico misterio policial, se borran las radiantes llamadas que inauguraban aquel suspenso artesanal pausado entre sombras. El viejo teléfono promovía y resolvía intrigas del celuloide, pero entre llamada y llamada la invariable realidad era tan azarosa e incontrolable como siempre, y perduraba el enigma real. No todo se había convertido en informacion, el buen silencio y la oscuridad fotográfica permitían todavía una oscuridad verdadera en la ficción. Salir de la sala de cine era entrar en otra dimensión, que se volvía a palpar y se intentaba desconocerla para pensarla desde la conciencia propia, fácilmente desagregada del publico restante, No era como ahora una nueva postura hipnoide, un cambio de iluminación para los crónicos artificios de la apariencia aluvional. En las viejas películas nos veíamos ver, nos veíamos viendo desde nosotros, porque todavía residíamos afuera. Aquel film de Woody Allen, La rosa purpura del Cairo, ilustró con algo de sorprendente maravilla el pasaje de ilusión a realidad, lo que indicaba que todavía estaban rotundamente divididas. Actualmente, no podría hacerse una rosa purpura de las redes digitales, porque ya esta fusionada la ilusión de las pantallas con la ilusión de la realidad, es una superficie uniforme. Infructuosamente palpamos siempre el mismo lado. Lo raro es que esa conjetura trascendente de Allen, ya la habían formulado Velásquez en Las Meninas, Cervantes en el Quijote, Sherazade en una de sus noches y Virgilio en la Eneida, pero sin que nadie, excepto los locos, hubiese girado al otro lado.
No es una traición de Moebius, ni una estafa fractal a la credulidad, es la instalación naturalizada de la revelación de un parpadeo, el crepúsculo de una visión entornada por reflexiones. La encontramos revertida en las viejas películas, donde miramos como mirábamos. No sucede con la literatura del mismo modo e intensidad. Se lee menos, se conversa y piensa menos y la sucesión letrada es decreciente. Los que leen lo hacen para mirar. El arte engañoso del trujamán está en la mirada. Novelas y cuentos de altísima revelación histórica y luminosas sugerencias del tiempo, no tienen el mismo efecto que estas viejas películas sin pretensiones. La nostalgia profesional de Proust o los arremolinados cartagineses de Flaubert no intrigan irremediablemente, no mueven en el aire las irreversibles masas del tiempo. Stendhal con Rojo y Negro o Tolstoi con la muerte de Iván Illich, resultan tan ávidas de presente que no es posible percibir una quietud ajena entre sus rotundos personajes. Solo nos interpelan las viejas películas, donde el tiempo coexiste a retazos con diferentes soplos contemporáneos. Solo la mirada, como esclareció Borges con el Aleph, tiene la ambición narcisista de totalizar un instante, porque la sucesión letrada inhibe esa locura en la narración. La sucesión ordena el tiempo, hace operar la experiencia. La descripción literaria mostraba, con el adjetivo o el adverbio en vez del verbo, y remedaba la mirada. Había un genero narrativo, pero no uno descriptivo. Borges solía fundirlos ( la biblioteca usurpaba la planta baja, la cara historiada por una cicatriz africana) para contar mirando.
Quizás por esa causa Borges persiste intacto, como si no hubiera muerto hace medio siglo. Escribió mucho pero en un vistazo se lo cargó al Aleph, y es como una escritura simultánea que sigue sucediendo mientras se lee. Su cuento del Aleph, el punto que junta todos los puntos, absorbe la muerte y el tiempo, y disuelve la historicidad del Dante y el poema desmesurado del personaje Argentino Daneri, en un recuerdo alucinante de imbatible plenitud. La mirada infinita paraliza la sucesión. Es el lugar de la alucinación del deseo y de la adicción. A la morosa descripción novelística, o a la metafísica experiencia de satisfacción freudiana, solo las desalojan la acción, el episodio que desencadena el tiempo desde una imagen central. Pero la contemplación se instala actualmente de modo fijo, en una postergación social infinita, como una epifanía inyectada. El movimiento narrativo se asimiló al espejismo, y la imagen es una experiencia de satisfacción eterna. En la adicción de las redes digitales se evita puntillosamente el duelo. No hay sucesión ni acontecimiento, ni frustración, y antes de la despedida ya viene el saludo. Mantiene a todos en el Aleph, mirando desde el mismo escalón del sótano, o recordando la mirada incesante de una Beatriz Viterbo universal que todos perdieron.
La fascinación adictiva es todavía desigual pero recorre el planeta, Es ya claro que la globalización sucede en la mirada, un equipo de futbol transporta en su camiseta identidades y confrontaciones mundiales que pocos textos podrían sostener. Esas diferencias, de naturaleza mas gutural que conceptual, suceden también en la alta política internacional, donde muchas definiciones se sostienen en fotografías, y las muecas, gestos y retruécanos son minuciosamente interpretados por refinadas inteligencias diarias que preparan el menú. Hay paises y regiones que divergen en sus visiones, pero eso no da lugar a argumentaciones, sino a proseguir el intercambio de figuras y panoramas hasta que se ajusten los lentes. Se trata de anular la subjetividad y el pensamiento, para que todo exista fluidamente como una pantalla, excepto nosotros. Esa regresión desde una lógica narrativa, al descender el oleaje intelectual, deja a la vista un tendal de voluntades depredadoras y autodestructivas, porque el sentido de la experiencia humana se esfumó como el aire de un balón pinchado. Y el cine que veíamos antes es solo un recorrido antropológico de una tribu extraviada en el tiempo, y no totalmente descifrada. La Invención de Morel ya abandonó la ficción.
En el Rio de la Plata, aquel sur donde la distancia fue largamente temporal y geográfica y el tiempo no cesaba de irrumpir en la historia, para la primera mitad del siglo XX Felisberto Hernández gestó una nostalgia propia, descubrió las indómitas tierras de la memoria. Fue un devoto cultor del pasado desnudo, sin una antigüedad sancionada como ocurría en Europa. Era una especie de Proust vernáculo, como Funes el memorioso, o como aquella visión de una pared reveladora que Borges encontró al final de Historia de la eternidad. Estaba convencido de que en el Sur somos hermanos del tiempo, malabaristas de la memoria. Un tiempo sin domesticar, como en las viejas películas, a diferencia de las actuales y de las redes que tienen a todo, menos a los sujetos desubicados de una historia única. Los que todavía queremos ver quedamos afuera de la mirada algorítmica que coloniza sin fusta , empapando sin cesar la imaginación. Pero algunos fantasmas tenaces nos siguen buscando, viajan en otras enumeraciones del pasado, porque no todos entran mansamente en el perfil , y no solamente los viejos deben arder de furia al caer el día.
fyurman@gmail.com

