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El mundo es de los justos, por Soledad Morillo Belloso

 

José María Vargas y Pedro Carujo.

Lecturas De Finde.

La historia venezolana tiene madrugadas que nunca terminan. Madrugadas que ocurrieron hace casi dos siglos y, sin embargo, siguen proyectando su sombra sobre el presente. Una de ellas comenzó el 8 de julio de 1835, cuando la joven República todavía intentaba decidir si sería gobernada por las leyes o por las armas, por los ciudadanos o por los militares, por la razón o por la fuerza.

José María Vargas, médico, científico, educador y primer presidente civil de Venezuela, dormía en Caracas. Había llegado al poder apenas unos meses antes, en febrero de aquel año, llevando una idea que para muchos resultaba casi revolucionaria: que una nación podía ser conducida por hombres de estudio y no únicamente por hombres de guerra.

Parece una obviedad desde la distancia. No lo era entonces. Venezuela acababa de salir de la gesta de independencia y seguía respirando el aire de los cuarteles. Los héroes militares dominaban la vida pública. Habían conquistado la libertad del país y muchos creían que ese mérito les otorgaba también el derecho perpetuo a gobernarlo. La espada había derrotado al imperio español y no pocos pensaban que solo la espada podía preservar la República.

Vargas representaba exactamente lo contrario. Representaba la civilidad. Representaba el conocimiento. Representaba la idea de que las instituciones debían estar por encima de los hombres. Y precisamente por eso despertaba tantas resistencias.

Aquella noche irrumpió en su residencia Pedro Carujo, uno de los jefes de la Revolución de las Reformas y símbolo de una generación para la cual la autoridad nacía del poder de las armas. No llegó para conversar. No llegó para convencer. La violencia nunca necesita argumentos porque considera que la fuerza basta para sustituirlos.

Entró como entran quienes creen estar respaldados por la historia. Entró convencido de que el país le pertenecía. Entró dispuesto a imponer una verdad nacida del fusil.

Carujo anunció el pronunciamiento militar y presentó el derrocamiento del gobierno como un hecho consumado. “Los gobiernos son de hecho”, dijo.

La frase parece lejana, pero en realidad atraviesa buena parte de nuestra historia. Resume una manera de entender el poder. La idea de que la fuerza genera legitimidad, que quien controla las armas controla la verdad. De que los hechos terminan sustituyendo al derecho.

Vargas respondió como responden los hombres que creen en las instituciones incluso cuando las instituciones se están derrumbando frente a sus ojos. Con calma. Con firmeza. Con dignidad.

Le recordó que el gobierno venezolano no había nacido de una imposición militar sino de la voluntad nacional expresada legítimamente. Le recordó que la República no era propiedad de un grupo de hombres armados. Le recordó que una nación vale tanto como valen las normas que se respetan para gobernarla.

Carujo insistió. “El mundo es de los valientes”.

Y entonces llegó una de las respuestas más luminosas de nuestra historia republicana. “No, el mundo es de los justos; es el hombre de bien y no el valiente el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro de su conciencia”.

Amarraron al presidente, lo obligaron a renunciar, pusieron a Soublette en la silla y se declararon dueños del amanecer.

Pero en el llano, Páez leyó la noticia como quien escucha un mal chiste. Desde su hato escribió una proclama que era más amenaza que discurso. En doce días —doce— reunió un país entero. No tenía ejército, decía él; tenía algo más útil: la memoria de los pueblos. Esa memoria que no olvida quién los sacó de la guerra y quién les dio nombre.

Marchó hacia Caracas sin estridencias. No necesitaba cañones. Le bastaba aparecer. Y cuando apareció, la ciudad se alineó como si alguien hubiese soplado un silbato invisible. Vargas volvió al gobierno sin resistencia, casi con alivio. Los reformistas se deshicieron como papel mojado. Páez no los persiguió: los desarmó con cartas, con su tono de patriarca que regaña sin levantar la voz. Les dijo que habían sido engañados, y ellos, como muchachos, bajaron la cabeza.

El país quedó otra vez en su sitio. Vargas en la presidencia, Soublette en la obediencia, los reformistas en la vergüenza. Y Páez, sin título ni banda, volvió a ser lo que siempre fue: el eje. El hombre que no necesitaba gobernar para mandar. El que recuperaba el poder simplemente caminando hacia él.

Dos frases. La de Carujo y la de Vargas. Dos visiones de país. Dos maneras de entender la política. La de Carujo: el poder como imposición. La de Vargas: el poder como legitimidad. La de la fuerza. La de la ley. La del miedo. La de la conciencia. La del hombre que manda. La del ciudadano que convence.

En aquellas pocas palabras quedó resumida una discusión que Venezuela no ha terminado de resolver casi doscientos años después. Porque aquella madrugada no fue solo un episodio histórico. Fue una advertencia.

Vargas tenía razón. La legitimidad sobrevivió. La República sobrevivió. La Constitución sobrevivió. Y, aun así, la herida permaneció abierta. Desde entonces, la disputa entre Carujo y Vargas ha reaparecido bajo distintos nombres, distintos uniformes y distintos discursos. Cada vez que un gobernante pretende colocarse por encima de la ley. Cada vez que la fuerza se utiliza para reemplazar el consenso. Cada vez que se desprecia a las instituciones porque resultan incómodas. Cada vez que se considera que la obediencia vale más que la ciudadanía.

Todo eso estaba contenido en aquella conversación. Por eso la frase de Vargas sigue estremeciendo. Porque no habla solo del pasado. Habla de nosotros. Habla de la Venezuela que hemos sido y de la Venezuela que todavía aspiramos a ser. La verdadera pregunta venezolana nunca ha sido quién es más fuerte.

Los fuertes abundan. Los providenciales abundan. Los caudillos abundan. La verdadera pregunta es quién tiene razón. Quién respeta la ley. Quién entiende que el poder es un servicio y no una propiedad. Quién comprende que una nación no se construye desde el miedo sino desde la confianza.

Y, sin embargo, llevamos veintisiete años bajo un régimen que parece sentirse mucho más cómodo con las lecciones de Carujo que con las enseñanzas de Vargas. Un régimen que ve adversarios donde debería ver ciudadanos. Que privilegia el control sobre la participación. Que considera sospechosa cualquier voz independiente. Que sigue confundiendo autoridad con imposición.

Quizá por eso, frente a la tragedia provocada por el terremoto del 24 de junio en La Guaira, muchos venezolanos sintieron una vez más el viejo abandono. El abandono del Estado que aparece para mandar y perseguir, pero desaparece cuando llega la hora de proteger.

Porque la justicia no consiste únicamente en castigar. También consiste en cuidar. También consiste en acompañar. También consiste en responder cuando la gente más lo necesita.

Casi doscientos años después seguimos atrapados en aquella madrugada. Seguimos debatiendo entre la fuerza y la razón. Entre el poder y la legitimidad. Entre el país de Carujo y el país de Vargas. Entre los valientes y los justos.

Y mientras Venezuela siga enfrentando esa elección, la voz de Vargas continuará atravesando los siglos para recordarnos algo elemental y profundamente revolucionario: que el coraje puede conquistar el poder por un instante, pero solamente la justicia tiene la capacidad de darle sentido y permanencia.

Soledad Morillo Belloso 1

soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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