Va a pasar. Aunque sea la frase que nadie quiere decir en voz alta pero que ya está escrita —como una sentencia silenciosa— en la pared de este tiempo político. Va a pasar. Y cuando algo está destinado a ocurrir, las únicas variables que quedan en la mesa donde se arma el rompecabezas son cuándo y cómo ocurre. Es decir, cuándo y cómo se desenreda este embrollo.
Va a pasar, con dolor y pleito innecesarios, si deciden aferrarse a la silla como si fuera un salvavidas desinflado en el Titanic. Si se empeñan en convertir la transición en un campo de batalla, en un teatro de sombras, en una pelea de perros donde cada ladrido y cada gruñido son una excusa para retrasar lo inevitable. Ese camino ya lo conocemos de memoria: ruido, caos, torpeza, violencia, verbal, simbólica y real. Es el camino de quienes creen que pueden retener el poder a cualquier costo. El camino de quienes confunden país con propiedad.
Pero también puede pasar con algo de sensatez. Con la mínima inteligencia política que evita que un país se desangre más aún. Con la conciencia de que la historia siempre termina por cobrar las facturas, y que a veces es mejor pagar cuando todavía se está a tiempo. Con la dignidad —sí, esa palabra que tanto han maltratado— de saber aceptar sin incendiar la casa. Pueden aceptar la realidad, que más claro no puede estar hablando. Un nuevo CNE, un nuevo TSJ, ambos decentes, un cronograma electoral.
Sin trucos. Sin periqueras. Sin presos políticos.
Y aquí, en esta película, Estados Unidos, no como protagonista, sino como fuerza gravitacional inevitable en este tablero. No porque decida el desenlace —ese ya está escrito no por Dios sino por la historia y por la realidad venezolana— sino porque su peso diplomático, económico y estratégico define el marco en el que ocurre la transición. Washington no empuja la puerta, pero sí controla la presión del aire que la rodea. No dicta el final, pero sí condiciona el tipo de aterrizaje: turbulento o controlado.
Estados Unidos puede forzar que la solución sea con acuerdos en los que la voz del pueblo sea respetada. Puede ofrecer incentivos para que la sensatez tenga espacio, para que la transición no sea un incendio.
O puede, si los hunos se empeñan en la necedad, endurecer el terreno bajo los pies de quienes insisten en quedarse. Tres mil pares de botas en tierra no son tres kilos. Control absoluto de los ingresos por petróleo y vigilancia de puertos y aeropuertos no son tres gramos. Influencia abierta o solapada de los aportes financieros de los organismos internacionales para los programas de atención tras el terremoto no son tres miligramos. El gigante del norte puede convertir la puerta en un corredor estrecho, sin oxígeno, sin aliados, sin respiro. Puede hacer que la sombra pese más que la noche. Si quiere, puede. Y puede porque tiene cómo.
Estados Unidos no decide si va a pasar. Pero marca profundamente el cómo pasa. Marca el tono, la velocidad, la textura de las secuencias.
Va a pasar. La historia ya tomó la decisión. Lo único que queda por definir es el estilo, la escenografía y las tomas del episodio final: sensatez o ruido, luz o sombra, negociación o cerrazón. Por las buenas o por las malas.
Estados Unidos es el editor silencioso que ajusta las secuencias y el volumen, incluso si no aparece en cámara. Y la película puede ser de Spielberg o de Tarantino.
Este proceso, o como lo quieran llamar, será lento, quirúrgico, sin épica. Un mecanismo que avance sin pedir permiso, sin levantar temperatura. Un tránsito sin emociones en la superficie: ni miedo, ni rabia, ni esperanza. Apenas una secuencia de movimientos fríos, calculados, administrativos, inevitables.
Semanas. Meses. Tal vez. Paciencia.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

