Un mes. Y a un mes sabemos que a los buenos venezolanos nos une el dolor más grande porque nos une el amor más profundo.
El terremoto nos obligó a mirar lo que siempre estuvo ahí, pero que la rutina había vuelto invisible.
Esa trama afectiva que nos sostiene sin que lo sepamos. Esa red silenciosa de gestos, de miradas que se detienen un segundo más, de manos que buscan otras manos, de voces que se quiebran sin pedir permiso, de cuerpos que se acercan porque no hay otra forma de sobrevivir.
El dolor nos igualó. Nos volvió vulnerables de la misma manera. Y en esa vulnerabilidad apareció la fuerza más antigua: el amor como refugio, como mecanismo de supervivencia.
Porque sí, el amor también es eso. Una forma de resistencia. Una manera de decir “estoy aquí”, aunque todo alrededor parezca desmoronarse. Una manera de sostener al otro para no caerse uno.
El terremoto nos recordó que un país no se salva con discursos, sino con vínculos. Que la solidaridad no es heroísmo, sino una pulsación natural cuando el mundo se vuelve frágil. Que el dolor compartido duele menos porque encuentra eco, encuentra hombro, encuentra abrazo.
Y que el amor —ese que no necesita declaración, ese que aparece en un vaso de agua ofrecido, en una manta extendida, en un silencio acompañado— es la única estructura que no colapsa.
Esto que sentimos duele, porque este dolor es unión, es afecto, es amor.
soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

