La reconstrucción de Venezuela no será fácil ni rápida, porque lo que se quebró no fue sólo infraestructura ni instituciones: se fracturó algo íntimo, algo que no se repara con cemento ni con discursos ni con posts almibarados. Se rompió cualquier lazo que la revolución tenía con el pueblo. Se hizo añicos la confianza, la noción de futuro, la idea de que el país es un lugar donde el alma podía vivir sin sobresaltos.
Reconstruir no es rehacer lo que se dañó: es sanar el daño que nos hicieron por dentro, sanar la costumbre de esperar lo peor, la rabia que se volvió método de defensa, el duelo de todo lo que perdimos sin despedida.
En ese país herido, la democracia es —y seguirá siendo— nuestro único y mejor camino. No porque sea perfecta, sino porque es el único sistema que nos reconoce como ciudadanos y no como súbditos, el único que permite corregir, reclamar, participar, construir, equivocarnos y volver a empezar sin que eso implique violencia ni sometimiento. En un país traumatizado, donde la oscuridad se volvió rutina y la desconfianza reflejo, la democracia no es un adorno: es una declaración de vida. Si algo ha quedado claro es que la democracia es la arquitectura que nos permite mirarnos sin miedo, la única vía para desmontar la arbitrariedad incrustada en la vida cotidiana, la única forma de recuperar la voz, la dignidad, la pertenencia. La democracia es la única que puede lavar la bandera tricolor.
Este gobierno encargado no tiene de otra que ceder. No porque quiera, ni porque haya descubierto de pronto la virtud democrática, sino porque la realidad lo arrinconó. Cederá porque ya no le queda sostén, porque la catástrofe, que no estaba en su estrategia y táctica, lo dejó en cueros a plena luz del día , porque la sociedad —esa que ellos tanto subestimaron y magrearon— terminó siendo más grande, más organizada, más inteligente, más solidaria y más moral que el aparato que pretende gobernarla. Cederán porque el país, incluso los que todavía los apoyaban, ya no les cree, porque cada torpeza los exhibe, porque la tragedia los sobrepasó, porque la legitimidad no se improvisa ni la puede otorgar nadie sino el pueblo.
Pero no cederán sin hacer más daño. No sólo porque sientan que tienen mucho que perder, sino porque la adicción al poder es una enfermedad que no reconoce límites. El poder, cuando se vuelve hábito, cuando se vuelve modus vivendi, cuando se vuelve identidad, se defiende con uñas y con sombras. Y ellos llevan años viviendo de ese poder como quien respira oxígeno prestado: saben que sin él no son nada, que sin él no tienen narrativa, ni estructura, ni excusa. Por eso harán daño: porque el desprendimiento les resulta insoportable, porque la caída les aterra, porque la pérdida de control les recuerda que nunca tuvieron verdadera autoridad, sólo dominio.
Esa adicción al poder también se revela en el lenguaje. La interina tiene frases francamente insólitas. Usar la palabra “enterrados” en cualquier discurso o declaración, en este momento del país, es una torpeza imperdonable. Pero cuando esa palabra se integra a la frase “los miserables quedarán enterrados”, la torpeza se convierte en agresión. Porque entonces cabe preguntarse a quiénes llama “miserables”. Y la pregunta es inevitable: ¿una presidenta encargada puede llamar “miserables” a los venezolanos?
En un país que está literalmente enterrando a sus muertos, usar “miserables” como categoría política es una violencia que cae sobre quienes están sufriendo, sobre quienes sostienen al país con las manos desnudas, sobre quienes no tienen culpa de nada y han cargado con todo. No es sólo un error semántico: es una desconexión emocional con la tragedia que vivimos. El lenguaje también es responsabilidad: cada sílaba puede abrir una herida o cerrarla. Y decir “enterrados” cuando el país todavía está contando muertos y buscando desaparecidos desnuda la distancia entre quienes hablan y quienes sufren. Es la prueba de que no escuchan, no sienten, no entienden el país que pretenden dirigir.
Harán daño porque así funcionan los regímenes que se saben agotados: empujan, tensan, rompen, amenaza, intentan sembrar miedo para retrasar lo inevitable. Pero lo inevitable llega igual. Porque la democracia, aun maltratada, sigue siendo el único camino que respira. Y la reconstrucción del país —esa reconstrucción profunda, verdadera, moral— sólo puede hacerse desde allí.
Será larga, difícil, incómoda, pero posible. Porque este país, aunque maltrecho, sigue teniendo pulso.
Y ese pulso, por frágil que sea, late hacia la democracia, hacia la reparación, hacia la vida que todavía insiste en abrirse paso.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

