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Pedro Benítez: Muchas calamidades hacen prosperar a una nación

 

En China ocurren en promedio unos 2.400 terremotos cada año, debido a que gran parte de su territorio se encuentra sobre importantes fallas tectónicas (como la colisión de la placa Índica con Asia). Aunque es imposible dar una cifra exacta de todos los sismos que han ocurrido desde el inicio de la presencia humana en esa parte del mundo, los datos recopilados por sus instituciones sismológicas y registros históricos reflejan el altísimo nivel de actividad sísmica del país.

En un periodo de 100 años (entre 1914 y 2014), se documentaron 3.888 terremotos. En lo que va este siglo, 126 terremotos alcanzaron o superaron la magnitud 7. Y entre 1970 y 2018, el Centro de Redes Sismológicas de China contabilizó 262 terremotos fuertes (magnitud igual o mayor a 6.0), excluyendo réplicas y movimientos marinos.

Debido a su densidad poblacional y geografía, China ha sufrido algunos de los desastres sísmicos más letales del planeta: el Terremoto de Shaanxi de 1556 es considerado el terremoto más mortífero de la historia de la humanidad, con un saldo estimado de 830 mil víctimas mortales. El Terremoto de Tangshan en 1976 causó la muerte de más de 240 mil personas.

Geográficamente separada de la China continental, Taiwán se sitúa directamente sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, por lo que experimenta movimientos telúricos de forma casi diaria debido a la subducción de la placa del mar de Filipinas.

El sismo destructivo más destructivo y letal registrado recientemente fue el terremoto de la meseta del Tíbet del 7 de enero de 2025, el cual alcanzó una magnitud de 7.1 y dejó 126 víctimas mortales confirmadas por las autoridades, además de severos daños estructurales en decenas de aldeas debido a su gran intensidad en una zona de alta fricción de placas tectónicas.

Hace pocos días ocurrió un sismo en la provincia de Sichuan (29 de junio de 2026) de 5.5 grados en la escala de Richter. Provocó fuertes sacudidas que causaron grietas en múltiples viviendas y el desplazamiento de mobiliario, pero no se registraron fallecidos, aunque dejó un saldo de 13 personas heridas y obligó a la evacuación preventiva de casi 200 residentes. Estos son datos sorprendentes tomando en cuenta que esa provincia tiene más de 83 millones de habitantes y es una de las áreas con mayor riesgo por la falla de Longmenshan, por lo que ha sido escenario de sismos catastróficos, como el terremoto de 2008.

Sin embargo, el fuerte contraste en el número de víctimas y destrucción de infraestructura entre los sismos más recientes ocurridos en China y los de su pasado, no es fruto de la casualidad. Ese país ha desarrollado en las últimas décadas unos avanzados e impresionantes sistemas de prevención y desarrollo urbano, que le ha permitido reducir drásticamente el número de muertes, de daños y heridos ocasionados por este tipo de eventos naturales.

La mayor catástrofe del XX

El acontecimiento que provocó ese cambio fue el devastador terremoto ocurrido el 28 de julio de 1976 en la ciudad minera de Tangshan, al nordeste del país.

No solo fue una de las mayores catástrofes naturales del siglo XX, sino también un evento político crucial que aceleró el cambio de rumbo del gigantesco país.

Tangshan era una ciudad clave de la industria pesada y la minería de carbón en la economía nacional. El sismo de magnitud 7.8 destruyó el 97% de los edificios residenciales y el 78% de los industriales en solo 23 segundos.

El balance oficial fijó la cifra en 242.469 muertos, aunque estimaciones independientes elevaron las víctimas a más de 600 mil. Fue considerado el terremoto más mortífero del mundo moderno.
El sismo sumió al país en una crisis que impactó en la cúpula del gobernante Partido Comunista chino (PCCh). El grupo más radical, liderado por Jiang Qing (la esposa del presidente Mao Zedong), priorizaba la pureza ideológica de la Revolución Cultural por encima de la supervivencia de la población. Mientras la facción moderada exigía volcar todos los recursos estatales al rescate, “la Banda de los Cuatro” minimizó la tragedia, afirmando públicamente que “el avance de la lucha de clases revolucionaria era más importante que salvar Tangshan”. Esta insensibilidad indignó a la población.

En la tradición cultural china, los grandes desastres naturales (inundaciones, terremotos, etc.) se interpretan como señales de que el gobernante ha perdido el “Mandato del Cielo” (Tianming), y que un cambio de dinastía o de época es inminente. La cercanía del sismo con la muerte de los tres grandes líderes del país en 1976 (Zhou Enlai en enero, Zhu De en julio y Mao en septiembre) reforzó intensamente esa creencia popular.

Bajo el lema maoísta de la “autosuficiencia extrema”, el régimen comunista rechazó de forma tajante toda la ayuda internacional y humanitaria ofrecida por Occidente y la ONU. Además, el gobierno censuró y ocultó los detalles reales de la destrucción a la prensa extranjera. El alto costo humano derivado de este aislamiento provocó un fuerte cuestionamiento interno sobre el manejo hermético del Estado.

Una mala planificación

El caos y la mala gestión de la catástrofe prepararon el terreno para que las facciones pragmáticas del partido asumieran el control. Esto facilitó el ascenso de Deng Xiaoping en 1978, quien desplazó la ortodoxia maoísta e inició la histórica política de “Reforma y Apertura” que transformó a China en la potencia económica global que es hoy.

El desastre obligó al gobierno a reformar radicalmente sus estrictos protocolos de defensa civil. Se implementaron los primeros códigos de construcción antisísmica obligatorios y modernos para reconstruir Tangshan y proteger a otras ciudades como Pekín de futuras catástrofes.

La reconstrucción de la ciudad requirió un plan maestro de diseño sismorresistente que transformó por completo las normativas de ingeniería civil de toda China. El desastre ocurrió porque la ciudad estaba catalogada en una zona de bajo peligro sísmico, lo que hacía que sus construcciones carecieran de refuerzos básicos estructurales. Para revertir esto, y edificar una ciudad completamente nueva, el Estado movilizó recursos colosales e ingenieros que aplicaron innovaciones técnicas.

Como el colapso masivo de viviendas de ladrillo ordinario y adobe fue la causa del 90% de las muertes, se prohibió su uso sin elementos estructurales de soporte. En su lugar, se implementaron de forma obligatoria las estructuras de concreto armado (hormigón reforzado) diseñadas para absorber y disipar la energía de las ondas sísmicas sin desplomarse. También técnicas de compactación profunda del subsuelo, así como cimientos basados en pilotes profundos que atraviesan las capas de arena movediza hasta anclarse firmemente en el lecho rocoso.

Debido a que las estrechas calles del viejo Tangshan bloquearon el paso de camiones de rescate y bomberos en 1976, el nuevo plan maestro diseñado para la ciudad incluyó avenidas principales sumamente anchas y una cuadrícula abierta. Esto previene que los escombros cierren por completo las calles y garantiza pasillos de evacuación rápida en caso de un siniestro masivo.

Nuevas normas y regulaciones

Hoy las normas y sus regulaciones en las grandes metrópolis chinas son tan estrictas y técnicas como las aplicadas en California o Japón.

Sin embargo, no por ello China le ha dado la espalda a su legado histórico. Bajo la filosofía milenaria del Mandato del Cielo, los chinos siempre creyeron que la Tierra y la atmósfera enviaban señales previas (anomalías lumínicas, nubes extrañas, cambios electromagnéticos) antes de un gran cataclismo. La China moderna ha llevado esta creencia al espacio mediante satélites avanzados de monitoreo, como el satélite Zhangheng-1 (bautizado en honor a un inventor de la dinastía Han).

Este satélite busca precursores sísmicos mediante la medición científica de anomalías en el campo electromagnético de la ionosfera, horas o días antes de que ocurra una ruptura tectónica en la superficie de la Tierra.

Por generaciones, los campesinos de la China rural documentaron que ciertos animales actuaban de forma errática (serpientes saliendo de sus madrigueras en invierno, bandadas de aves huyendo, ganado inquieto) poco antes de los terremotos. Hoy las agencias chinas monitorean científicamente estas conductas biológicas mediante estaciones ecológicas. No obstante, en lugar de depender únicamente de la observación visual, los científicos analizan las variaciones en el agua subterránea, las micro vibraciones y los campos magnéticos locales que asustan a los animales, integrando estos datos biológicos en algoritmos de Inteligencia Artificial (IA) para complementar su red nacional de más de 15 000 estaciones de monitoreo digital profundo.

Al combinar los datos históricos de fallas con el sistema de alerta temprana más potente del planeta, la IA china calcula la velocidad de propagación de las ondas. El sistema procesa los datos en milisegundos y envía alertas automatizadas masivas a teléfonos móviles en las zonas afectadas. Esto ofrece segundos vitales de ventaja que permiten frenar automáticamente trenes de alta velocidad y cortar líneas de gas antes de que llegue la sacudida.

Esta fascinante combinación de sabiduría ancestral con tecnología de punta queda expresada en un aforismo muy popular en el país: «Muchas calamidades y catástrofes hacen prosperar y rejuvenecer a una nación».

El origen de este proverbio, que se remonta a hace más de 2.500 años, se encuentra registrado en uno de los anales históricos más importantes de la antigua China. Se dice que durante el periodo de “Primaveras y Otoños” (771-476 a. C.), cuando los reinos chinos luchaban constantemente por la hegemonía, en una discusión sobre si un reino fuerte debía temer a sus vecinos caóticos, el sabio consejero Sima Hou argumentó que la comodidad debilita a un Estado, mientras que la adversidad lo fortalece.

En la China contemporánea, esta frase ha dejado de ser un simple proverbio de libros antiguos para convertirse en una doctrina nacional, que el gobierno y la sociedad la utilizan para procesar crisis extremas.

Tras el catastrófico terremoto de Sichuan de 2008, el entonces primer ministro, Wen Jiabao, visitó una escuela provisional llena de huérfanos y supervivientes en Mianyang y escribió de su puño y letra los caracteres del aforismo en el pizarrón. La imagen se volvió viral y se transformó en el eslogan oficial de la reconstrucción.

Durante la pandemia de COVID-19 y crisis recientes, los medios estatales como el Diario del Pueblo han utilizado frecuentemente la frase para evocar la fortaleza de la civilización china. El mensaje implícito es que la identidad nacional se define por su capacidad de absorber golpes históricos (terremotos, guerras, epidemias) y salir de ellos más organizada y unida.

En la educación y los discursos públicos, se usa para recordar a las nuevas generaciones que la prosperidad actual de China no cayó del cielo, sino que fue forjada superando tragedias (como el terremoto de Tangshan de 1976), y promoviendo la idea de que el sacrificio individual en tiempos de crisis es necesario para el florecimiento a largo plazo del colectivo.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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