Europa occidental vive el verano más caluroso de su historia, como ya ha pasado muchas veces desde el principio de este siglo y empieza a ser consciente de los efectos que la crisis climática tiene sobre la calidad de vida y la salud. La adaptación a las nuevas temperaturas es necesaria, pero una de las soluciones más evidentes, el aire acondicionado, despierta ciertas reticencias, por su alto consumo energético y sus efectos sobre la salud. Los periodistas Thiago Ferrer y María Arranz discuten sobre los pros y los contras de la climatización en la vida diaria.
Thiago Ferrer Morini: Vivir dignamente exige temperaturas cómodas
Los populismos de derecha casi siempre juegan a la guerra cultural de la misma forma. De cuando en cuando, salen titulares indignadísimos de que “la izquierda” quiere prohibir algo: la carne roja, los caramelos, los gatitos, you name it. Generalmente haciendo referencia a lo que ha dicho algún iluminado —muchas veces fuera de contexto— como demostración. Y, en muchos casos, con una exhibición del comportamiento presuntamente perseguido: si hoy toca la carne roja, con un chuletón a la brasa de dos dedos de grueso; si es el turno del tabaco, fumándose un Montecristo en plan Sara Montiel, y así sucesivamente.
Cuando hablamos del aire acondicionado, estamos ante un ejemplo de la frase clásica de H. L. Mencken: “Hay una solución conocida para cualquier problema humano: simple, plausible y equivocada”. Los populismos venden las soluciones que entendería alguien de 15 años y probablemente son las que intentaría alguien de 15 años: claro que puedes cenar helado, por supuesto que puedes quedarte despierto hasta tarde, por qué no puedes tocar la batería hasta la una de la mañana. Al fin y al cabo, ya llevamos varias generaciones criadas en la creencia de que el ser humano puede hacer lo que le plazca y, si no puede, es por falta de fuerza de voluntad. Corresponde a los expertos la ingrata tarea de despertar a la gente de esta adolescencia perpetua, recordar que nada es tan sencillo, que los comportamientos tienen consecuencias y que vivir en sociedad implica sacrificios. En este caso, la solución más obvia es poner máquinas de aire acondicionado “en todos lados”.
La Organización Mundial de la Salud estima que cada año 548.000 personas mueren por causas relacionadas con el calor. Esta cifra no hará sino crecer conforme el cambio climático vaya elevando las temperaturas globales y empeorando olas de calor como las que estamos viviendo en España esta misma semana. Y, para los vivos, el calor extremo representa un deterioro en la salud y la calidad de vida. Dormimos peor, pensamos peor, nuestras enfermedades se agravan.
Vivir dignamente, pues, implica pasar el mayor tiempo posible con una temperatura compatible con la vida y la salud. La mejor de las opciones posibles es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para que el calentamiento de la atmósfera no sea más grave de lo que ya es. Pero, mientras tanto, tenemos que adaptarnos a las condiciones que tenemos ahora. Como apunta Pedro Vicente Quiles, presidente del Comité Técnico de la Asociación Técnica Española de Climatización y Refrigeración (Atecyr), cuando las temperaturas en la calle superan los 30 grados “resulta generalmente imposible conseguir unas condiciones interiores adecuadas sin el uso de sistemas de climatización, y más aún en olas de calor”, por lo que “en las viviendas, la climatización debe ser considerada como un derecho y no como un lujo”.
El problema, y es ahí donde entran los adultos en la ecuación, todos tenemos que disfrutar de este derecho, y de una manera que no perjudique a los demás. Primero, porque hay que usar la energía de forma eficiente. Segundo, porque algunos métodos de producción de electricidad agravan la emisión de gases contaminantes. Tercero, porque el uso excesivo del aire acondicionado también tiene sus efectos sobre la salud. Y cuarto, porque, como dijo Homer Simpson, “en esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica”: el calor que sacamos de nuestras casas y lugares de trabajo tiene que parar en algún sitio, que es, generalmente, la calle.
Para lo primero, tan importante como la climatización es garantizar que ese frío se queda en la casa, con sistemas de aislamiento térmico y circulación de aire. Para lo segundo, avanzar en la electrificación y la implementación de renovables y sistemas de almacenamiento de energía. Para lo tercero, poner el aire a un nivel razonable; si te tienes que poner una rebequita, así no es. Y, cuarto, plantar árboles, quitar asfalto y hormigón e instalar sombras para evitar los efectos de isla de calor.
Todo esto tiene un coste. Repartirlo de forma justa es igualmente importante. Porque no todos somos igualmente responsables del cambio climático pero todos sufrimos sus consecuencias. No podemos, voluntariamente, hacerlas peores.
María Arranz: El confort térmico es más que apretar un botón
El aire acondicionado se ha convertido en la enésima guerra cultural en plena canícula y, como manda la costumbre en estos casos, parece obligatorio manifestarse, de la forma más extrema posible, a favor o en contra de un invento que, ante el alarmante aumento de las temperaturas a escala planetaria, se posiciona como el aliado imprescindible para la supervivencia. Vaya por delante que odio profundamente el verano y sé que esta “fobia” me situaría como la candidata perfecta para adorar cualquier tecnología de refrigeración, pero una de las razones por las que no soporto esta estación es, precisamente, por el aire acondicionado.
Tengo claro que un uso adecuado de estos aparatos evita muchos de los males asociados a ellos —sequedad de las mucosas, irritación de garganta, dolor de cabeza, por citar algunos—, el problema es que en la mayoría de los espacios compartidos, el aire acondicionado está a temperaturas polares. Aunque en verano se recomienda ponerlo a entre 24 y 26°C, basta con darse un paseo por tiendas, oficinas o supermercados para percatarse de que no se hace demasiado caso a esta recomendación.
Tampoco entiendo esa pasión por dormir toda la noche con un flujo de aire frío y seco en la habitación. Soy consciente de que la sensación de taparse con una mantita en verano es de lo más gustosa, pero un ventilador de techo puede hacer un efecto similar, con menos impacto para la salud y también menor consumo energético.
Más allá de mis preferencias individuales, el gasto energético y su consiguiente impacto medioambiental son los grandes melones que sobrevuelan siempre el tema del aire acondicionado. Que todos tengamos un aparato de climatización en casa parece una gran solución a corto plazo, pero es bien sabido que, mientras estos aparatos enfrían el interior de los edificios, expulsan aire caliente al exterior, contribuyendo a caldear aún más el ambiente. Leo que, por suerte, cada vez hay aparatos más eficientes en este sentido y que este impacto se podría minimizar, pero ahora mismo el aire acondicionado no parece la opción más sostenible ni para el planeta ni para nuestros bolsillos. Si el calor sigue en aumento —como parece que ocurrirá—, también lo hará el gasto energético y la factura de la luz.
Tener un aparato de aire acondicionado y mantenerlo es caro, por lo que la refrigeración se está convirtiendo en un nuevo factor de desigualdad. Y mientras lo siga siendo, debemos avanzar también en otras soluciones que garanticen el confort térmico de todo el mundo. Por supuesto, creo que hay casos en los que el aire acondicionado no debería ser un debate. Lugares como hospitales, residencias de personas mayores, escuelas, el transporte público y otros espacios donde se junta mucha gente u hogares donde hay personas especialmente vulnerables necesitan refrigeración cuando aprieta el calor y, a falta de otras soluciones, el aire acondicionado se perfila como la opción más eficaz.
Mis reticencias vienen más bien por esa apuesta a una sola carta que se hace desde algunos sectores, mientras se niega el cambio climático y se siguen llenando las ciudades de asfalto y hormigón. Fiarlo todo al aire acondicionado es una manera de individualizar un problema que deberíamos abordar como colectivo. Si es el mercado el que asume el reto de hacer frente al aumento generalizado de las temperaturas, corremos el riesgo de centrarnos solo en mitigarlas, en lugar de apostar también por soluciones de climatización estructurales y a largo plazo, que ayuden a paliar la crisis medioambiental. Viviendas con mejor aislamiento térmico, que permitan la refrigeración pasiva y la ventilación, la instalación de toldos o contar con ciudades con más espacios de sombra, arbolado y vegetación parecen una apuesta de futuro más sostenible, en todos los sentidos, que darle a un botón para climatizar nuestra parcelita de mundo. Quizá sigamos necesitando el aire acondicionado en interiores, pero esto no debería hacer que nos olvidemos de construir un exterior más habitable.

