El 5 de julio de 1811 no se fundó una república terminada; se firmó una promesa. Aquella acta mítica, que sirve para “saludar la bandera” y comunicados llenos de encendido patriotismo, fue una declaración de intenciones, que mostró las posibilidades de una nación recién eyectada en la historia, al tiempo que desataba los demonios de una larga y devastadora guerra que varios historiadores caracterizaron como civil. La declaración, propia de la época romántica, llena de tormentas e ímpetus, pretendió fundar una “república aérea” como la caracterizó un joven y ambicioso aristócratas que pretendía el liderazgo sobre un montón de caudillos también republicanos. Sin embargo, a 215 años de aquel hito, la realidad nos exige admitir que la tarea no ha sido realizada el pergamino. Al contrario, otras generaciones esperan crecer para tomar el testigo. Todavía faltan cosas elementales como modelar la ciudadanía. Hemos transitado más de dos siglos de una compleja historia que hoy, más que celebrarse con una retórica ridícula ante el retumbar de las fallas y las placas tectónicas, necesita ser reinterpretada y repensada.
Para avanzar en el laberinto venezolano que somos, es indispensable ir más allá de los diagnósticos ya conocidos, referidos sobr todo al siglo XX y la parte del XXI que vivimos: “capitalismo dependiente rentista”. La renta petrolera moldeó nuestra forma de ser, devino en una profunda patología cultural y política, una modernidad más parecida a una gripecita, sin método ni ciencia, una montonera, un campamento provisional que derrochó miles de millones de dólares, sin visión de largo plazo, improvisación acostumbrada, con la “hora venezolana”, donde el plan y la norma ha cedido siempre ante la contingencia y la arbitrariedad.
De las posibilidades que abrió aquella declaración, atravesamos un siglo de sangrientas guerras, como rabiosos borrachos partiéndonos la cabeza por una botella vacía, para llegar a un Estado de gran presupuesto, atrapado en la lógica del saqueo y la corrupción, donde el tesoro público se asume como patrimonio de familias, pandillitas y ahora de un triunvirato protegido por el imperialismo norteamericano. En el camino, el culto a la acción desordenada e impulsiva aplastó sistemáticamente a la reflexión y al conocimiento científico. Nos acostumbramos al irrespeto de la norma, sustituyendo el espíritu de la ley por la invención de reglas ad hoc y constituciones hechas a la medida del caudillo de turno.
Nuestra literatura y nuestros ensayistas supieron retratar estos complejos y traumas, a través de figuras arquetípicas. En la novela “Las lanzas coloradas” de Uslar Pietri, resalta la presencia violenta y abusadora de Presentación Campos, ese capataz que entiende la sociedad como dividida entre “vivos”, que aprovechan la oportunidad y saquean prevalidos de la fuerza, y los “pendejos”, que tratan de mantener el decoro y la corrección.
Rómulo Gallegos congeló en Doña Bárbara las tensiones no resueltas de nuestra nación lanzada n el tiempo: la barbarie devoradora de Doña Bárbara, el esfuerzo civilizatorio, tímido o desconectado, de Santos Luzardo, el mestizaje tierno pero asilvestrado de Marisela, y la intervención oportunista del extranjero en la figura de Míster Danger.
Años más tarde, el antropólogo y filósofo J. M. Briceño Guerrero sintetizó este conflicto en sus tres “minotauros” arquetípicos, los discursos que habitan y combaten dentro del alma venezolana: el mantuano, añorante del orden colonial, de las jerarquías de sangre y los privilegios heredados, el moderno europeizante que copia modelos externos de espaldas a la realidad local, pretendiendo implantar París o Nueva York sobre el barro tropical y la voz salvaje y resentida, el clamor telúrico y violento de los excluidos, que ante la injusticia ha arrasado todo, reproduciendo las tradiciones del caudillismo que vienen desde los conquistadores rebeldes y arbitrarios a las leyes de la Corona.
Integrar esos minotauros, aterrizar los arquetipos de la sabana, almas bellas que pueden ser también máscaras, y superar el esquema social clasista de Presentación Campos, requiere un cambio de mirada. Hay que repensar la Venezuela de las nuevas generaciones, aquellas que se niegan a dejarse disolver por el cinismo y el pesimismo congénito que busca una mano dura que nos discipline o, peor, el respaldo de una bestia rubia, ahora guiada por la IA.
La posibilidad de esa nación todavía meramente declarada, son los jóvenes, los niños, incluso los todavía no nacidos. La personifican esos jóvenes que se fueron voluntarios a atender a los afectados del terremoto. Esos que han rescatado sobrevivientes con las uñas de entre los escombros, o que se calzan una nariz de payaso para arrancarle una sonrisa a los niños en los refugios. Están también los científicos venezolanos que hoy son referentes internacionales en laboratorios del mundo, y los creadores destacados en las letras y las artes que siguen dándole belleza y sentido al caos. Está también “el topo de la Guaira”.
La tarea histórica de este siglo no es la simple reconstrucción física de la infraestructura; es la construcción cultural y moral de la nación, la cual, por supuesto, tiene su momento político e institucional. Hay que redificar la legitimidad sobre el suelo de la Constitución; que no dependa de la fuerza ni del reparto de la renta, sino que esté sólidamente respaldada por la voluntad popular y los principios republicanos consagrados en la Constitución.
Para que los románticos propósitos de aquella declaración original dejen de ser “aéreos”, el país reflexionar, debatir francamente, hacer actos de contrición y de justicia claros, sin concesiones. Necesitamos evaluar nuestros errores históricos, despojándonos de la soberbia del “hombre de a caballo” o la mujer-madre milagrosa. Pero, sobre todo, necesitamos la voluntad genuina de cambiar humanamente nuestras relaciones y estructuras. Solo mutando la viveza criolla por la solidaridad activa, y la improvisación por el conocimiento, podremos finalmente responder ante los nietos de nuestros nietos que el intento de ser República valió la pena.
Sé que esto me salió como otra declaración, ciertamente romántica, pero creo que tiene alguna pertinencia ahora, cuando hay que hacer un nuevo y supremo esfuerzo, más allá de la supervivencia, de las frases “patriotas”, de la conservación de un poder ya impotente. Retomemos la Constitución. Respetemos la voluntad popular. Asumamos el compromiso de la Constitución. Ese es el camino para ser independientes por fin, como casi nunca lo hemos sido.

