pancarta sol

David Trueba: La centrifugadora del Reino Unido

 

Es de justicia reconocérselo hoy, cuando es ya un árbol caído, pero Keir Starmer fue un inteligente jefe de la oposición. Cuando accedió al liderazgo de los laboristas su partido era una jaula de disidencias y disonancias. A consolidarse le ayudó su escasez de carisma. Lejos de los posados atractivos, su perfil de oficinista gris le vino de maravilla. En lugar de dedicarse a una oposición estridente y malhumorada, condujo con prudencia mientras el partido conservador laminaba el liderazgo populista de Boris Johnson, otro de esos Mr. Carisma que lo prometen todo y lo ensucian todo. Starmer impuso un compás de espera sosegado y dejó que el poder le cayera en las manos sin llevar a su país a un enfrentamiento radical de instituciones y comandos de urgencia histérica. Y como sucede siempre, porque la alternancia en el poder es la más delicada verdad de la democracia, tras varios primeros ministros conservadores el gobierno fue a posarse en las manos del calmado Starmer sin demasiado griterío. Su mayoría parlamentaria le hubiera permitido una legislatura plácida si el mundo no girara, como lo hace, en un programa de centrifugado de máxima velocidad. Ahí, en esa sucesión del encantamiento y del desencanto que hoy es de vía exprés, Starmer no supo leer el mundo ni su país, ni tan siquiera más allá del felpudo del número 10 de Downing Street.

Entre la hoja de errores de Starmer no aparecerán los dislates de Liz Truss ni la petulancia de Boris Johnson, pero su falta de sangre y afecto le fueron convirtiendo poco a poco en un ser que crispaba hasta a sus propios votantes. Aunque conviene detenerse en un detalle sustancial. Uno de los errores catastróficos de Starmer fue nombrar embajador en Washington a Peter Mandelson. Este locuaz e incombustible político logró esquivar los controles de calidad humana que deberían imponerse en los nombramientos de cargos públicos y voló a la residencia norteamericana, que tan bien le recibiría. Mandelson había sido un amiguito del alma de Jeffrey Epstein y su corte. En su caso no parecían moverle los abusos a jovencitas menores, pero sí el intercambio de información y la influencia en los negocios. No hay que olvidar que Epstein es recordado como un depredador sexual, pero con ser ese rasgo el más abominable de su persona, conviene precisar que también fue un depredador en los negocios, un hombre de enorme influencia social y un cacique global de colmillos afilados.

Durante la gala de los últimos premios Óscar, el presentador Conan O’Brien hizo un chiste muy fino e inteligente. Dijo que la diferencia entre los británicos y los estadounidenses es que los primeros habían abierto procesos judiciales a los amigos de Epstein, cosa que los segundos no estaban dispuestos a hacer. No necesitó citar al príncipe Andrés y su caída en desgracia o al barón vitalicio Mandelson, apartado del Gobierno tras el escándalo, para contrastarlo con el vínculo profundo de Trump con Epstein y la falta de investigación, el bloqueo judicial y las trampas que lo jalonan en aquel país. La británica sigue siendo una democracia que se gestiona con afiladas líneas rojas. Perder definitivamente este rasgo de distinción sería consumar el ascenso de los ultranacionalistas, que traería a las islas el modelo actual norteamericano, más cercano a la Roma de Nerón que a cualquier liderazgo memorable. La caída de Starmer delata la inestabilidad, pero también la fortaleza de un país que aún no se ha entregado al caudillismo. La duda es si la centrifugadora de su Parlamento no acabará por condenarles a ello.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
Tradución »