Las grandes citas deportivas son acontecimientos sociales y culturales, pero, por lo mismo, también políticos. Siempre ha sido así, aunque haya variado la percepción pública en función de las coyunturas.
El actual Campeonato Mundial de Fútbol es el más politizado de la historia reciente. A pesar de que la guerra fría condicionó la organización de los torneos deportivos en general, el clima de distensión se instauró a finales de los años sesenta e inicios de los setenta y se suavizó el enfrentamiento Este-Oeste. El recurrente éxito de los atletas de la esfera soviética generó debate en Occidente. Se llegó incluso a cuestionar la «limpieza» de estos resultados y se extendió la sospecha del uso de sustancias ilegales para mejorar la prestación competitiva de los deportistas.
Con el rebrote de la tensión entre bloques, debido a la invasión de Afganistán (1979) y la subsiguiente dureza de la Administración Reagan, los torneos deportivos se vieron claramente alterados. Las Olimpiadas de Moscú fueron boicoteadas por Estados Unidos y sus aliados occidentales; y las celebradas cuatro años después en Los Ángeles, por los países del bloque soviético. Los Mundiales de fútbol de 1982, en España, y de 1986, en México, se vieron poco afectados debido al escaso peso de Estados Unidos en este deporte. En años recientes, Rusia pudo participar como organizadora en el Mundial de 2018, aunque por entonces ya las relaciones con Occidente se habían enturbiado mucho por las operaciones militares rusas en Georgia y Crimea. Pero no pudo evitar la exclusión en la cita de Qatar en 2022, tras la invasión de Ucrania. Curiosamente, las denuncias sobre vulneración de los derechos humanos y prácticas laborales inaceptables en la construcción de los estadios en el emirato árabe fueron orilladas.
Trump embarra el juego
En esta cita futbolística de Estados Unidos estaba claro que las influencias políticas iban a ser inevitables, y no solo las referidas a las tensiones internacionales entre los nuevos rivales actuales, sino también debido a las medidas antiinmigratorias y xenófobas de la Administración Trump.
El gobierno norteamericano ha dificultado la entrada en el país de futbolistas, técnicos, directivos, árbitros y aficionados de ciertos países a los que considera hostiles y hasta peligrosos. Se han impuesto restricciones severas a la selección iraní, lo que cuestiona gravemente la imparcialidad de la FIFA, ya que ha dificultado sus condiciones de vida durante los días de competición.
Para complicar aún más las cosas, el alineamiento de la FIFA (y en particular de su presidente, Gianni Infantino) con el presidente norteamericano ha generado una polémica inevitable sobre este campeonato del mundo.
Pero, al margen de estas cuestiones logísticas, el Mundial se ha convertido también en un corolario de las tensiones y contradicciones internacionales debido a la mayor presencia de equipos de países del Sur global, al ampliarse a 48 el número de contendientes de la fase final. Estos países, que durante décadas no han sido relevantes en el fútbol, salvo contadas excepciones, han adquirido crecientes competencias competitivas.
De la tensión entre bloques de las sucesivas fases de la guerra fría se ha pasado a la rivalidad entre los agentes del nuevo orden (o desorden) internacional, si bien no de forma automática. Por ejemplo, China aún no ha conseguido convertirse en una potencia futbolística, pese a las ambiciones de los principales líderes de Pekín. Esto es extensivo a toda Asia. Solo Japón y, en menor medida, Corea del Sur mantienen cierto nivel competitivo desafiante. Los hijos del sol naciente han puesto en más aprietos de los esperados a Brasil (perteneciente al Sur global, pero principal potencia futbolística histórica del planeta, con cinco entorchados mundiales) en el primer partido de las eliminatorias. Corea, en cambio, fue decepcionantemente eliminada en la fase de grupos. Los países árabes asiáticos tampoco se han destacado por sus éxitos.
El peso de las migraciones
África, en cambio, ha tenido hasta la fecha un comportamiento excelente. Nueve de los diez equipos participantes han accedido a la fase eliminatoria, algunos incluso superando las expectativas más optimistas, como Cabo Verde (antigua colonia portuguesa), que forzó el empate con España, una de las favoritas del campeonato, y contribuyó a la eliminación de Uruguay. Marruecos confirmó y consolidó su auge al eliminar en los penaltis a Países Bajos, que no ha ganado título alguno, pero ha llegado a tres finales.
El éxito africano, que contrasta con la depresión económica y social endémica del continente, se ve reforzado por el peso de los futbolistas inmigrantes o de origen en las selecciones europeas y norteamericanas. Y viceversa: muchos futbolistas nacidos en la diáspora han decidido jugar para los países de sus ancestros. La razón de esto último es diversa. En ocasiones, la elección ha sido simplemente oportunista —era más fácil para ellos estar en el Mundial si escogían ser elegibles en los países de origen familiar—; pero, en otros casos, se ha tratado de opciones identitarias relacionadas con la fidelidad cultural. En todos ellos es innegable la significación política.
En un interesante estudio, dos investigadores han diseccionado la «nueva geografía de la Copa del Mundo». Aparte de detallar el impacto de la política migratoria de Trump en el ecosistema de la competición, Gil Guerra y Diana Roy han examinado la composición de las selecciones nacionales y determinado el impacto que han tenido los movimientos migratorios de larga data. No sorprende que África sea el continente donde esto se observa con mayor nitidez, junto a los países más pobres de América con gran población de origen africano.
Haití es el caso más singular. Solo uno de sus 26 jugadores vive en su país, 16 de ellos nacieron en otros lugares y su técnico nunca ha pisado siquiera una vez el territorio nacional.
Los estímulos de nacionalidad que pusieron en marcha algunos países para dotar de efectivos competitivos a sus selecciones nacionales obligaron a la FIFA hace más de veinte años a endurecer las reglas para establecer «conexiones claras» de los jugadores con el país al que pretendían representar: aparte del nacimiento, la ascendencia de padres y abuelos o una residencia ininterrumpida de al menos cinco años.
Con la extensión de las migraciones en las últimas décadas ha aumentado el porcentaje de futbolistas que han nacido fuera del país donde juegan. Si hace cien años, en el primer campeonato mundial, solo representaron el 5%, en 2022 ya fueron el 16,5% y en esta edición ya han alcanzado el 23,2%. Pero esto es solo una media. Hay países en los que la mayoría de sus componentes han nacido fuera de sus fronteras: Curazao (96,2%), Congo (76,9%), Marruecos (73,1%), Bosnia-Herzegovina (65,41%), Argelia (61,5%), Haití (61,5%), Túnez (57,7%), Cabo Verde (53,8%) y Qatar (52%).
Otro dato interesante es el peso de estos emigrantes recientes o lejanos en el éxito de las selecciones de destino. Francia, el mejor equipo hasta la fecha y principal favorito de esta Copa del Mundo, es el país de nacimiento de un centenar de jugadores repartidos entre numerosos combinados participantes. Más de la mitad han nacido en la metrópolis parisina, la verdadera capital del fútbol mundial.
El binomio euroamericano, en cuestión
En el actual contexto de dominio del nacionalismo en el discurso político, una competición deportiva de alcance planetario como esta amplifica el uso de la propaganda. No hay país en que el gobierno de turno no trate de sacar el mayor partido posible de un éxito deportivo. Por el contrario, si las expectativas se tornan en fracasos, la frustración se convierte también en amargura política, como ha ocurrido en Turquía, eliminada para sorpresa de muchos en la fase de grupos. El autócrata Erdogan tenía otros planes y se encargó personalmente de inflar las opciones de la selección, pero se ha metido un gol en propia puerta.
Se percebe un creciente declive de las selecciones europeas. La mayor sorpresa hasta ahora ha sido la eliminación de Alemania por Paraguay. La segunda potencia futbolística de la historia, con cuatro títulos, se ha visto apeada por un país latinoamericano que no pertenece a la élite, ni siquiera del subcontinente. La crisis trasciende lo deportivo: Alemania lleva tres mundiales frustrantes, y algunos ya ven en estos fracasos un síntoma más del depresivo clima nacional. Que muchos de sus jugadores sean de origen africano, árabe o balcánico ha dado pábulo a los propagandistas de la ultraderecha racista. No es descartable que esto tenga cierto impacto en las elecciones regionales del próximo otoño.
La extrema derecha latinoamericana, reforzada tras las victorias muy ajustadas en Colombia y Perú, también intentará sacar rédito. Perú, en decadencia futbolística desde hace años, está ausente de este Mundial. Pero Colombia es una potencia regional emergente y le disputa la hegemonía a Brasil y Argentina.
Estas dos potencias latinoamericanas viven momentos muy diferentes. Brasil se encuentra en crisis larvada. Lleva más de veinte años sin optar al título y en decadencia de resultados y de juego. Su estilo brillante de los setenta y primeros ochenta es hoy solo un recuerdo. Por primera vez, la potente Federación de Fútbol ha acudido a un extranjero, el italiano Carlo Ancelotti, para dirigir técnicamente al equipo nacional tras sucesivos fracasos.
En Argentina, es evidente que el libertario de extrema derecha Javier Milei no dejará de aprovechar otro posible éxito de la selección para favorecer sus intereses políticos. De momento, el Mundial le va bien: Messi brilla como máximo goleador, pese a que se encuentra cerca de los 40 años. Los ultras obvian que la mayoría de sus estrellas juegan en Europa o en Estados Unidos desde hace décadas. Las grandes estrellas salen pronto de los clubes nacionales y solo vuelven en el ocaso de sus carreras para retirarse.
Uruguay vive estos días su particular drama nacional al ser eliminada tras no conseguir ganar ni siquiera a selecciones tan poco potentes como Cabo Verde o Arabia Saudí. Bicampeón mundial en las primeras ediciones, el pequeño país sudamericano vive agarrado al fútbol como una de sus señas de identidad, pese a que hace mucho tiempo que dejó de ser una potencia. No en vano decía el escritor Eduardo Galeano, él mismo un ardiente aficionado, que en Uruguay el fútbol era «lo más importante de lo menos importante».
Los más escépticos dirán que en el fútbol todo es efímero y que no conviene magnificar las consecuencias de éxitos, fracasos, polémicas y diatribas. Tal vez. Pero lo cierto es que las encuestas y estudios de opinión dicen lo contrario. El fútbol, se quiera o no, es materia política de primera magnitud. Y este que se está disputando en el territorio de Estados Unidos, Canadá y México, más que ningún otro hasta la fecha.
Notas:
(1) “La Coupe du monde commence aujourd’hui, dans un contexte de tensions géopolitiques, de risques climatiques et de tarifs hors de Prix”. ALEXANDRE LEMAIRÉ. LE MONDE, 11 de junio.
(2) “Quand la politique anti-immigration des Etats-Unis empêche les supporteurs d’accéder au Mondial de foot”. ALLISON ZAROURI & OLIVIER ESCHER. LE MONDE, 16 de junio.
(3) “The divide World Cup”, RAFAELA JINICH. THE ATLANTIC, 10 de junio;
(4) “China’s Failed Soccer Ambitions”. JAMES PALMER. FOREIGN POLICY, CHINA BRIEF, 23 de junio.
(5) “The New Geography of the World Cup. Migration, colonial history, and elite academies have redefined today’s national teams”. GIL GUERRA & DIANA ROY. FOREIGN POLICY, 24 junio.