María Corina Machado no tiene una nueva misión; lo que tiene es una nueva estrategia. Y esa distinción, que a primera vista parece una simplonería semántica, es en realidad un corte profundo en la anatomía política venezolana. En un país donde las palabras han sido usadas como anestesia, como propaganda y como espejismo, que algunos mal usen la palabra “misión” por “estrategia” no es un detalle: es un error, un desplazamiento de sentido. Las misiones pertenecen al terreno de la aspiración; las estrategias, al de la racionalidad política. Y Venezuela, que ha sido laboratorio de ilusiones rotas, reconoce la diferencia con una lucidez que ya no admite engaños.
Durante años, el discurso público se sostuvo sobre una épica de utilería: promesas de redención, relatos de sacrificio, liturgias cívicas que pretendían convertir la política en un acto de fe. Pero la fe, cuando se usa como herramienta de poder, termina oliendo a incienso rancio. Y el país, que ha aprendido a sobrevivir entre ruinas y simulacros, ya no responde a esas invocaciones. En cambio, sí percibe —y agradece… hasta aplaude— el aroma distinto de la estrategia: cálculo, maniobra, lectura fría del terreno, comprensión de que la política no es un altar sino un mapa.
Ese país que madruga para ver si llegó el agua, que hace piruetas con la luz, que logra ingresos honestos donde parece no haberlos, que se ríe para no llorar, escucha la palabra “misión” y siente que le están rebobinando un casete viejo. Pero cuando oye “estrategia”, algo se activa. No es confianza —esa está en veremos—, pero sí una forma de reconocimiento: la intuición de que se está pensando hablando desde la realidad y no desde la fantasía y el “wishful thinking”. Aquí no hay épica; hay aguante. No hay milagros; hay cálculo para llegar a destino. Y el destino es llegar al poder.
El viraje estratégico de María Corina no nace de una iluminación súbita ni de un renacer doctrinario. Nace de la evidencia examinada cuidadosamente por un equipo de estrategas, que no son por cierto los que inundan los medios y las redes. Al contrario, los buenos estrategas trabajan intensamente y a la calladita. Esquivan las luminarias y los focos. Son de mucho ver, mucho analizar y parcos en el hablar. Son los cerebritos que poca o ninguna declaración dan.
La realidad venezolana es terca, áspera, implacable. La ruta heroica, por más seductora que sea en el discurso, no basta para mover estructuras de poder que han demostrado ser impermeables a la épica. La política —la de verdad— es un oficio de correlaciones de fuerza, de lectura del adversario, de comprensión de los límites y de los posibles. Algunos interpretan este giro como concesión. Cuán equivocados están. Otros, simplemente, como la mejor jugada viable en un tablero donde las reglas cambian sin aviso. María Corina (y cuando digo María Corina me refiero a la estructura) entiende que ya no hay que conquistar el favor del pueblo, porque el pueblo ya se desencantó de la revolución, ya no le cree ni el Ave María y quiere que lo transitorio se vuelva transición y – lo antes posible- cambio de inquilino en Miraflores. No hay ni una sola medición o encuesta que le dé a la señora del vestido verde ventaja. Entonces, la campaña de María Corina tiene ahora una tarea más compleja: que quienes tienen las herramientas para generar el cambio, lo hagan. Y “esos” están algunos en Venezuela y otros fuera.
Por eso importa decirlo sin adornos: no es cambio de misión, es cambio de estrategia. Y en esa diferencia se juega la sinceridad del momento. Las misiones prometen salvación; las estrategias construyen los mapas que las tácticas convierten en caminos.
Venezuela no está hoy para salvadores redentores: está para quienes entiendan el mapa, para quienes no se mareen con su propio relato, para quienes entienden que la épica sin eficacia es tan sólo ruido.
El país no pide milagros. No está en modo “novenas”. Pide que no le vendan humo. Pide que la política se parezca a la realidad y no a un sermón. Y si algo ha aprendido este país —a fuerza de golpes que no se olvidan— es que las misiones mesiánicas se evaporan como humo, pero las estrategias, cuando son serias, abren camino donde hay maleza.
Así que conviene usar apropiadamente el lenguaje, para evitar confundir la gimnasia con la magnesia. María Corina no está estrenando “misión”. Lo que existe —deliberado, articulado— es una estrategia nueva. Y reducirla a un simple cambio de etiqueta no es un matiz semántico: es interpretar superficialmente un escenario que se reconfigura. El comando estratégico de María Corina mueve las piezas de un modo distinto a como venía haciendo. Un buen estratega sabe que en una mano de dominó te pueden salir cinco piezas de la misma pinta y si no las juegas bien, puedes terminar perdiendo. Los aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial no porque tuvieran muchos soldados y buen armamento, sino porque tuvieron la mejor estrategia de la cual surgió la mejor táctica.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

