Venezuela es un artefacto político enredado adrede: una arquitectura de nudos donde cada intento de comprensión tropieza con otro hilo oculto. No es lana: es fibra de poder, fracturas históricas, silencios administrados, instituciones vaciadas y una ciudadanía que respira en un ecosistema donde nada significa exactamente lo que dice. Una madeja política y sentimental: cada hilo atado a un conflicto, una promesa rota, un pacto incumplido. Entenderla exige desmontar ficciones y la narrativa oficial que intenta convertir la excepción en normalidad.
En el centro está la presidente encargada, en un performance que revela más de lo que oculta. Su gesto más llamativo es intentar parecerse a María Corina, por absurda que resulte la imitación y por evidente que sea la distancia entre la legitimidad que nace de la calle y la que se fabrica desde el aparato. Ese gesto es político: admite que su poder necesita apropiarse de símbolos ajenos y requiere de Estados Unidos para sostenerse.
Intenta replicar un liderazgo que no nació en un despacho, sino en un país fracturado que buscaba una voz firme. Ella intenta copiarlo desde el control institucional y la maquinaria comunicacional. Es un intento de transferencia simbólica: si adopto el tono, si imito la firmeza, quizá olviden el origen de mi poder. Es la lógica del “hay que parecer legítimo”.
De allí su esfuerzo —visible, demasiado visible— por simular que su gobierno hace lo que haría uno legalmente elegido. No es gestión: es puesta en escena. Actos, anuncios, viajes, inauguraciones incompletas, cifras sin auditoría. Todo para producir la ilusión de Estado. No Estado de derecho, sino Estado como espectáculo. No busca que la quieran: busca que no le teman, que piensen “conmigo no te vas a j…”.
La política venezolana tiene memoria selectiva. Pero hoy la gente distingue entre autoridad real y autoridad de teatro, entre liderazgo y simulacro, entre quien encarna un proyecto de país y quien intenta imitarlo para sostener un poder sin origen popular.
La profundidad de esta enrediña está en que Venezuela no es sólo un país quebrado: es un país atrapado entre la simulación del poder y la necesidad de reconstruir legitimidad. Entre un Estado que finge y una sociedad que padece. Aunque el gobierno encargado simule fortaleza, no la tiene. La fortaleza no se decreta: se construye desde la institucionalidad y la confianza. Cuando la robustez proviene del extranjero, lo que hay es dependencia. Y la dependencia siempre es debilidad: un edificio que parece firme porque lo apuntalan con andamios.
La eliminación del Niño Guerrero puede sentirse como alivio, pero deja un sabor a níspero verde: ocurrió como un “quítate que yo me encargo”. Y dejó claro que las fuerzas armadas reciben órdenes del Pentágono. Mejor eso que órdenes de Díaz Canel o Putin, sí, pero sigue siendo incapacidad operativa y pérdida de soberanía.
Habrá elecciones. No porque el gobierno encargado crea en ellas, sino porque son la única forma de evitar convertirse en un episodio descartado. Las elecciones son el único utensilio que puede darle apariencia de solidez histórica. Sin ellas, no tiene relato; con ellas, puede aspirar a un futuro político propio. Liderazgo de su partido o incluso crearse uno nuevo. ¿Es factible? En política todo es posible. Pero borrar a Chávez no es como borrar a Maduro: Chávez pesa, vivo o muerto.
María Corina debe mantenerse firme porque no encarna una ideología ni una maquinaria: encarna al país real, el que resiste y no se resigna. Su firmeza no es virtud: es deber. Cuando una figura pasa a representar al país, su voz se vuelve voz de un “nosotros” heterogéneo, cansado de simulaciones y liderazgos de utilería.
Su firmeza debe ser ética y coherente. Representa un relato de país posible. Y en ese país caben también los chavistas —los de convicción, costumbre, identidad o necesidad—. No porque ella deba diluir su postura, sino porque un liderazgo que aspira a encarnar al país no puede excluir a quienes también forman parte de él. Esto no es “maricorinistas” vs. “chavistas”: es Venezuela.
El chavismo no es sólo una corriente política: es una biografía colectiva. Para millones, Chávez fue un relato en un país que los había dejado al margen. Aunque ese relato se haya erosionado, la identidad permanece. Si María Corina aparece como amenaza, la reacción será defensiva, visceral. No por ideología: por instinto.
Ella no necesita conquistar a los chavistas; necesita que no la teman. Que no la imaginen como revancha. Que no la vean como la mano que viene a borrarlos. En un país saturado de heridas, cualquier gesto que parezca castigo colectivo activa trincheras.
La clave es que sientan que también caben en el país que ella representa. Que no serán expulsados del relato ni tratados como enemigos internos. Que no se les pedirá renunciar a su identidad. Que el país que ella propone no es un país sin ellos, sino un país con todos.
Su tarea no es derrotar al chavismo como identidad, sino desactivar el miedo que esa identidad siente frente a ella. Porque un país no se recompone desde la exclusión, sino desde la certeza de que nadie será borrado del mapa.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

