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Soledad Morillo Belloso: El anuncio imprescindible

 

En Venezuela, la política dejó de ser un oficio para convertirse en un truco de mago cansado. Pero hay una verdad que no admite anestesia: es imprescindible el anuncio de elecciones. Con fecha. Con hora. Con cronograma publicado en letras grandes, sin asteriscos ni letra chiquita. No porque el anuncio valga algo —a estas alturas ni el más ingenuo se traga ese alpiste— sino porque sin él ni siquiera existe la ficción útil del punto de partida.

Este país ha visto elecciones diferidas, procesos suspendidos, convocatorias a medias, calendarios que se esconden como cucarachas cuando se prende la luz y resultados que desaparecen como si los imprimieran en tinta mágica. Aun así, el país necesita un acto formal que marque el inicio del camino. El anuncio es el mínimo indispensable, el ladrillo inicial de un edificio que después habrá que revisar, reforzar, vigilar y volver a vigilar. Sin ese ladrillo, no hay edificio: apenas un terreno poblado  de excusas vencidas.

Pero ojo: confundir anuncio con garantía es un lujo que ya nos salió demasiado caro. Un cronograma puede ser una promesa o una coartada. Puede ser un mapa o un espejismo. Puede abrir puertas o  servir para ganar tiempo mientras se cocina otra maniobra en la trastienda. Por eso, aunque el anuncio sea imprescindible, sigue siendo insuficiente.

La democracia —esa palabra exprimida, sobada, usada como papel sanitario— no se sostiene en declaraciones, sino en condiciones reales. Y las condiciones no se improvisan: se construyen, se fiscalizan, se exigen. La meta no es el acto electoral en sí mismo; es la libertad, ese bien que no se decreta ni se anuncia, sino que se garantiza con instituciones que funcionen y ciudadanos que puedan ejercer sus derechos sin miedo ni permiso.

Conviene recordar, por si a alguien le falla la memoria, que según la Constitución vigente la soberanía reside en el pueblo. Y también conviene recordar que la señora del pomposo título de “presidente encargada” no fue elegida por el  pueblo. Nadie votó por ella. La colocó allí un acuerdo político que el país toleró, pero no para que ahora se pretenda vender como mandato divino. La amnesia política es un deporte, sí, pero hasta los deportes tienen reglas.

Conviene recordar también —porque la memoria es frágil, selectiva y a veces cómplice— que el que hoy está preso en Brooklyn tracaleó la elección de 2024. Vamos, se la robó. De no haber ocurrido aquel fraude monumental, hoy EGU sería presidente constitucional, MCM sería vicepresidente, y todo lo que ahora se improvisa a empujones, tarde, mal e incompleto, ya tendría dos años de ejecución, planificación y resultados. No habría ni un solo preso político y no estaríamos en este estado de “los cujíes lloran de dolor”. El país estaría en otra página, en otro capítulo, en otro tono.

Durante el tiempo que transcurrió entre que Maduro se robó las elecciones y terminó esposado rumbo a Brooklyn, Venezuela vivió en un limbo grotesco, una  tragicomedia nacional. Cada día era más absurdo que el anterior. El régimen, ya sin pudor ni atisbo de talento, gobernó a punta de parches, represión selectiva y anuncios huecos, mientras el país se desmoronaba. La economía se volvió un sancocho de ocurrencias, el Estado un archipiélago de feudos, y el poder una tómbola manejada por un puñado de sobrevivientes del naufragio. La presión internacional subió como fiebre mal curada, las sanciones apretaron, algunos  aliados se evaporaron, los escándalos —esos que se barrían bajo la alfombra— empezaron a salir como bichos  cuando se mueve un mueble viejo y miles de venezolanos decentes se fueron del país. Hasta que un día, sin previo aviso, el castillo de naipes se les derrumbó: un operativo quirúrgico, un avión que despegó sin cadena nacional, y el hombre que juraba ser invencible apareció esposado y en chancletas  en Brooklyn. En el vacío que dejó, pusieron a la señora del título rimbombante de “presidente encargada”, no por mérito ni mandato popular, sino porque alguien tenía que quedarse encendiendo las luces mientras el país trataba de entender qué demonios había pasado. Y ese día Venezuela cambió de tutor.

Todo indica que Venezuela en 2027 llegará a un punto inevitable: habrá elecciones, no por vocación democrática de quienes se aferran al poder como si fuera un respirador, sino porque ya no tendrán cómo evitarlas. Pero incluso en ese escenario, el anuncio formal es imprescindible. Y tiene que ocurrir ya. No “en lapso perentorio”. Es el documento que obliga, la fecha que fija expectativas y abre espacios de presión interna y externa.

El país necesita ese anuncio como quien necesita un punto de apoyo para mover una piedra enorme. No porque el anuncio resuelva nada, sino porque sin él no se puede empezar a resolver.

La libertad exige rutas, y las rutas empiezan con actos concretos. Un anuncio electoral con fecha, hora y menú no es la meta, pero sí es la puerta. Y abrir una puerta ya es, en sí mismo, un acto político.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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