El país no es el mismo desde el 3 de enero. Hay más gente, todo es aún más caro, existe una sensación de incertidumbre, de estado suspendido y de sitio, de posible transición, pero nada termina de cuajar realmente.
Olas de inversionistas se agolpan, abarrotan las reservas de hoteles, muchos regresan con entusiasmo, se respira optimismo. A veces me contagio de ello, en otras volteo alrededor y me respondo a mí mismo con decepción, con aire de desengaño.
Me pregunto a quién le escribo, en tiempos de inteligencia artificial.
¿Alguien me lee?
¿Importa de verdad lo que redacto?
¿O es parte de algún juego que se me escapa, de una simulación?
Recuerdo empezar con otra perspectiva en los noventa, una certeza de ser impreso, al menos, de tener luego un feedback en las primeras redes del dos mil.
Hoy el escritor siente que su huella se diluye, se menoscaba, desaparece entre el torrente de algoritmos y datos.
De repente estima el escritor que debe romper con algo, con todo, para que lo escuchen, como el grito desesperado de la película colombiana Un poeta, de las pocas en suscitar una conversación sobre el estado del género en el cine.
Por igual, es incierto el momento para el cine y la cultura venezolana, desde el país.
Como todo, produce desconcierto la ausencia de un plan cultural, de una carta de intención, de parte de propios y extraños, de oposición y sector oficial.
La impresión es que el poder ha renunciado a ofrecer un proyecto con sentido, y que se prolonga una inercia, un vaciamiento que se llena con el voluntarismo de la gente, por fortuna.
Pero no es suficiente.
Los jóvenes se cansaron de esperar, proponen sus podcast y festivales, sus lugares y espacios, sus encuentros y canciones, sus miradas divergentes.
En Tik Tok se anuncia y esboza un amago de resurrección en el comentarismo especializado, planteando más críticas que antes, porque se abre una mínima compuerta, tras los sucesos de enero, que todavía esperan por un ensayo, un documental, un artículo notable, que no acaba por concretarse, solo páginas sueltas, reflexiones puntuales y dispares, entre la diáspora y la zona más libre del pensamiento youtuber.
Pero los años de vaciamiento no pasan en vano, al desembocar en la fragmentación y atomización de la intelectualidad.
Puede que opinemos más en la radio y que los comediantes disimulen el desierto de humorismo profundo, pero ya no contamos con un Zapata, con una cátedra que logre romper con la modorra y la monotonía de la autosuficiencia.
No es estelar el aporte de los influencers, sobre todo cuando su palabra está condicionada por el populismo, el imperativo de gustar, el compromiso con tantas marcas.
Lo que se llama normalización del vacío, continúa por los medios de Instagram, vendiendo una falsa imagen de nuevas mediaciones, sin densidad.
Es decir, la saturación de una banda ancha de presuntos comunicadores, de amateurs que hablan de cualquier cosa, aprovechando la crisis y la ruina del espectro criollo.
Por eso, surgen innumerables figuras que duran poco, que emergen de la tierra arrasada, para reinar con un micrófono y una cámara, con equipos de alta gama, cuyos millones de seguidores celebran con likes de un fuerte olor a granjas de bot.
Una ilusión por diseño.
En la calle, por el contrario, la ley es otra, es de una absoluta ansiedad por una economía carente del menor sentido y de anclaje.
Parece que es mejor que siga así, para especular con el diferencial cambiario, beneficiando a un grupito.
Ya vamos para un semestre después del tres de enero y la noticia es que Venezuela no marcha bien.
Esta inercia conviene a unos pocos, porque el grueso de la población pasa hambre.
Para dónde vamos.

