Hace unas semanas se cumplieron 15 años de aquella movilización que llenó las plazas de España y que se conoce como el 15-M. Las plazas de lugares muy distintos se abarrotaron de gente de la más variada procedencia, pero hubo sobre todo jóvenes, y fueron los jóvenes los que exhibieron la mayor energía, una férrea convicción en que las cosas tenían que cambiarse, mostraban también cuán plurales eran sus registros y preocupaciones, la diversidad de sus identidades y proyectos y, bueno, una parte de cuantos estuvieron por ahí aprovecharon la ocasión y se quedaron de acampada. La crisis económica de 2008 había esparcido por el mundo más miseria y tribulación, y el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue arrollado por las circunstancias, no supo cómo enfrentarse a un problema que le vino grande y de eso da cuenta aquella cantinela de los brotes verdes que al final quedó en nada. Fue una más de las gotas que desbordaron el vaso, y estalló aquella revuelta, aquella rebelión, protesta, espasmo, insurrección, levantamiento, llámese como se quiera.
Cuantos estuvieron en las plazas, recomponiendo de manera espontánea el espíritu de la vieja polis griega, que ponía en práctica esa idea de encontrar un espacio común para tratar de los asuntos que conciernen a todos, pudieron haberse llamado a sí mismos “rabiosos” o “cabreados” o “enojados”, si querían resaltar la furia que los había llevado allí, o “rebeldes” o “utópicos” o “revolucionarios” o “ilusos” o “soñadores”, si el énfasis lo hubieran puesto en sus ganas de cambiar una realidad injusta y opresiva. El caso es que alguien terminó llamándolos “indignados”, y ahí quedó el término para definir un fenómeno que tenía muchas más aristas y dimensiones y lecturas.
El indignado es quien se carga de razón, quien de manera vehemente (y acaso demasiado solemne) manifiesta su enojo por unas circunstancias que no soporta y a las que señala con un dedo acusador. Un caso paradigmático es el de quien se indigna con la burocracia cuando no le sale adelante un trámite. En las plazas, los que se bautizaron como indignados se cargaron de razón por las limitaciones del bipartidismo, por un sistema que no terminaba de dar respuesta cuando surgía una crisis; se cargaron de razón contra la Monarquía, y es que algo olía mal en palacio; se cargaron de razón contra el centralismo, contra los banqueros, contra las empresas que contaminaban, etcétera. Tenían razón en muchos de sus diagnósticos, o la tenían en parte (como suele ocurrir cuando en la polis se discuten las cosas), pero fueron cargándose tanto y tanto de razón que, cuando el 15-M se tradujo en una fuerza política, esta decidió asaltar los cielos. Como si la solución estuviera fuera de la plaza, ahí arriba.
Han pasado 15 años de todo aquello, las cosas van cada vez más rápido —a peor—, es difícil pararse para hacer balance. Lo que sí está ocurriendo es que las nuevas generaciones también se ven tentadas por los cielos. El entusiasmo que despierta la visita a España del Papa entre los jóvenes (y los no tan jóvenes) es una señal. Es como si de pronto se hubiera caído en la cuenta de que quien de verdad tiene mano con los cielos es la Iglesia. Lleva cultivando esas relaciones desde hace mucho y suele decir que la solución a los problemas hay que buscarla en Dios. Así que son muchos los que están tirando por esa vía, atendiendo a las señales de los religiosos, un poco a la manera antigua. La polis —la plaza, la democracia— está en horas bajas, cada vez son más los que creen que la solución está en las alturas.

