(A propósito de Edgar Morin)
Poéticamente habita el hombre sobre la tierra. Heidegger.

Edgar Morin.
Recientemente falleció el pensador y maestro Edgar Morin. Tuve oportunidad de escucharlo algunas veces en el marco del Doctorado en Ciencias Sociales de la UCV hace ya bastantes años. Me llamó la intención su inteligencia lúcida, despierta. Su manera sencilla y amena de abordar los temas más complejos. A lo largo de los años acudí con frecuencia a sus escritos. De éstos me llamaron sobre todo la atención sus frecuentes alusiones a lo que él llamaba la “poesía en la vida”; o, lo que era lo mismo, vivir “poéticamente” y no “prosaicamente” la propia existencia.
Vivir poéticamente: de acuerdo a nuestras ilusiones, a nuestros sueños y a nuestros recuerdos más enriquecedores y estimulantes. Vivir aprendiendo eso que nuestra conciencia nos enseña a elegir. Vivir curiosos y atentos a lo que podemos aprender de nosotros mismos y a cuanto pudiera enriquecer nuestra cotidianidad. Vivir sabiendo qué esperar y qué no esperar de esos otros que acompañan nuestra existencia. Vivir entendiendo nuestra relación con la otredad como una de las más exactas maneras de comprender -y aceptar- nuestra propia forma de ser. Vivir más allá de lo rutinario: ser capaces de convertir nuestros hábitos en enriquecedoras compañías. Vivir sabiendo elegir cuanto nos conviene porque forma parte de eso que, profundamente, hemos llegado a saber de nosotros mismos. Vivir avanzando hacia un destino que identificamos como el único destino posible…
En algún momento de su obra, Morin ofrece esta idea: “Vivir poéticamente es vivir para vivir”. O, lo que es lo mismo: vivir como una aventura de constante aprendizaje, algo que todo tiene que ver con saber construir nuestra propia realidad en medio de la vasta indiferencia de lo real; con identificar el sentido de esas acciones que realizamos, con elucidar ciertas incertidumbres que exigen de nosotros respuestas, con priorizar saberes necesarios…
El sentido de la vida, concluye Morin, va mucho más allá de estar vivo, de solo sobrevivir. Se relaciona con la realización de nuestras aspiraciones, con la necesaria búsqueda de la plenitud y el aprendizaje de “estar bien con nosotros mismos”. Morin juega con las palabras: “estar bien” y “bienestar”: ambas semejantes; y, sin embargo, la voz “bienestar” se ha degradado asociada a comodidad banal, a facilonas formas de complacencia con lo confortable. Es una degradación injusta: el bienestar, tanto como el “estar bien”, habla de la poetización de la vida, del disfrute de lo disfrutable, de la recompensa de haber alcanzado acertadas elecciones… En fin: haber sabido convertir en arte la experiencia de vivir; o, lo que es lo mismo: haber aprendido a vivir.

