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Rafael Fauquié: Entre el sentido y el sinsentido

 

Toda acción o propósito humano ha de rodearse de un sentido sobre el cual apoyar su razón de ser. Si ese sentido no existe o desaparece podría hablarse de la absurda negación del significado natural de dicha acción o propósito.

Las vocaciones humanas han de apoyarse siempre en un sentido que las justifique como entrega, como apuestas de vida. Un educador apoya su elección en su propósito por educar, por formar a otros en ciertas enseñanzas necesarias. Un médico justifica su escogencia vocacional en su propósito por ayudar a sus pacientes a enfrentar malestares y superar dolencias.

¿Cuáles son las motivaciones de políticos o militares en la elección de su vocación? En el caso de un militar podría asumirse que se trata de cierto patriotismo, de una intención por servir a su país cuidando de sus fronteras, protegiendo con sus armas y capacidades profesionales a sus propios conciudadanos; de un propósito por convertirse en referente protector de una soberanía nacional cuando ésta pudiera ser legítimamente vulnerada por una amenaza exterior real. ¿Qué sucede cuando ese militar olvida todo lo anterior y su comportamiento se reduce a vociferar consignas de apoyo a un partido, a una ideología, a un dirigente político? ¿Qué ocurre cuándo ese mismo militar olvida sus juramentos y se convierte en vigilante privado, guardián a sueldo, garante de la supervivencia de un caudillo o un partido político?  ¿Qué pasa cuando ese militar es alentado por su propio Ministro de la Defensa a entregarse a algún “emprendimiento” para poder llegar a fin de mes; y eso, tras haberle sugerido la conveniencia de no portar el uniforme para no ser víctima del desprecio o la violencia abierta de sus conciudadanos? ¿Cómo entender o lograr definir a cualquier militar que no fue capaz de acudir en ayuda de muchos compatriotas sepultados por toneladas de escombros a causa de una burocracia tan inepta y adormilada como él mismo?

En el caso del político, el asunto vocacional posee el mismo necesario apuntalamiento de un sentido. No basta con gritar promesas o aullar delirantes lugares comunes ideológicos durante horas y horas para poder ser llamado político; esto es: servidor público, orientador de sus conciudadanos, organizador de la convivencia de su sociedad en ideales de perfectibilidad.

Nos enfrentamos, así, a la cruda realidad del sentido o sinsentido de los propósitos, del aliento o el fiasco de los ideales, de la verdad de una lógica vocacional desmentida por la absoluta contradicción entre la verdad y la mentira de las intenciones. Si a un médico o a un maestro jamás podría dejar de exigírseles el nítido compromiso con su vocación, de su natural obligación con los beneficiarios de sus conocimientos, ¿por qué no sucede lo mismo con tantos y tantos políticos y militares jamás identificados con esa vocación que lucen incapaces de respetar y, ni siquiera, de entender?

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM