El Mundial de Fútbol se presenta como el acontecimiento deportivo más seguido del planeta. La competencia unifica por un tiempo a personas de distintas creencias, posiciones políticas y colores de piel. Las diferencias se dejan momentáneamente de lado y lo que importa es el juego en la cancha, el espectáculo que los mejores futbolistas del mundo ofrecerán a una fanaticada que apuesta a la paz, a los acuerdos y a un mundo más empático.
Este sería el escenario ideal. Sin embargo, la previa ya ha dejado algunos sinsabores. A la selección de Irán se le prohibió pernoctar en suelo estadounidense; se niega la entrada a un reconocido árbitro africano y la estrella iraquí Aymen Hussein es retenida durante horas en un aeropuerto de Chicago. La política migratoria y las tensiones geopolíticas vuelven a irrumpir en un espacio donde el fútbol debería ser el protagonista absoluto.
Pero la Copa del Mundo es mucho más que deporte. Sociológicamente hablando, constituye un gigantesco espejo de la condición humana. En ella se expresan identidades nacionales, rivalidades históricas, aspiraciones colectivas y relaciones de poder que trascienden los noventa minutos de juego. El Mundial permite medir la capacidad de las sociedades para convivir con la otredad, celebrar símbolos compartidos y reconocerse mutuamente más allá de las fronteras. Por ello, cada gesto de exclusión o discriminación adquiere una dimensión mayor: recuerda que los conflictos del mundo contemporáneo nunca permanecen fuera de los estadios.
Aun así, durante unas semanas millones de personas volverán a sonreír, abrazarse, llorar, sufrir y celebrar frente a una pantalla. Tal vez allí radique la magia difícil de explicar que acompaña a cada Mundial. En un planeta marcado por guerras, racismo, polarización, xenofobia, terrorismo y desconfianza, el fútbol sigue ofreciendo un lenguaje común capaz de conectar a desconocidos en cualquier rincón del mundo.
Por cierto, vuelvo a apostar por la albiceleste. A falta de Vinotinto, me inclino por la patria en la que viví cuatro hermosos años y me formé como doctor en Antropología. Más allá de favoritismos, disfrutemos junto a nuestros seres queridos de esta fiesta global y dejémonos contagiar por una euforia colectiva que, pese a todos los intentos de racionalizarla, continúa siendo uno de los fenómenos culturales más fascinantes de la historia moderna.

