Los líderes autoritarios (ya hubieren sido elegidos o impuestos mediante golpes de Estado) suelen ampararse en guerras que ellos mismos provocan o favorecen para superar problemas políticos, por lo general también autoinducidos.
El caso histórico más reciente es el de los dictadores militares argentinos, que quisieron desviar la atención de las monstruosidades generadas en seis años de gobierno incontrolado y en la gestión ruinosa del país, invadiendo las Islas Malvinas para reavivar el espíritu patriótico de la mayoría de la población. Por mucha legitimidad que asistiera a los argentinos en el reclamo de esos territorios australes, era evidente desde el principio que la respuesta fue equivocada, inútil y, a la postre, suicida para sus intereses.
También Occidente cayó en operaciones similares con las guerras coloniales, aunque en estos casos las motivaciones no solo eran tácticas u oportunistas, sino que respondían a los intereses de las élites a las que esos gobiernos representaban.
En otras ocasiones, se pretendía resolver un conflicto mayor adquiriendo ventaja, o negándosela al adversario en principio, mediante una victoria militar contundente, como le ocurrió a Estados Unidos en Vietnam, en la fase final pero no menos aguda de la Guerra Fría.
En Afganistán, la gerontocracia de una URSS ya en estado comatoso se embarcó en una operación de sustitución de un gobierno afín por otro incondicional, mal calculada y peor ejecutada. El resultado fue una guerra que no supo luchar y terminó perdiendo de la peor manera posible: a costa no solo de la renuncia del control territorial, sino de la ruina del escaso prestigio que aún tenía.
Las sucesivas guerras contra la exagerada amenaza terrorista, en sus distintas versiones y amplitudes, tuvieron también mucho de trampa, es decir, de motivaciones poco claras o inconfesables. Los atentados en calles y lugares públicos de Occidente crearon, sin duda, un clima social propicio para imaginadas soluciones militares, que nunca fueron tales.
Y así llegamos a las dos últimas guerras mayores actuales (Ucrania e Irán), protagonizadas respectivamente por dos viejos rivales de la Guerra Fría (Estados Unidos y Rusia), pero con rumbos y sistemas políticos bien distintos a los de las décadas posteriores a 1945. Ambos comparten la base fundamental del oportunismo y el recubrimiento justificador de un nacionalismo revanchista que los rusos pintan de renacimiento y recuperación de la influencia mundial y los americanos presentan como el restablecimiento de la grandeza no tan lejana.
Las dos cabezas de ese proyecto nacionalista (uno más doctrinario, el otro más instrumental) se han visto abocadas al destino de la guerra como tentación de incremento de poder y legitimidad. Y a los dos les está saliendo peor de lo esperado.
Putin se atasca en Ucrania
Vladímir Putin transita por el quinto año de “operación militar especial” con un 20% del territorio ucraniano ocupado, que no asegurado, cientos de miles de víctimas, una economía con tensiones inflacionistas y anémico crecimiento, paro en cifras ya inquietantes y apoyo ciudadano menguante.
La guerra ha pasado por diversas fases, favorables y adversas. Ahora se encuentra en un estancamiento estratégico que cada cual lee a su manera. Putin dijo la semana pasada en Astaná (Kazajistán) que el conflicto está en fase terminal. Pero otras opiniones más independientes lo ponen en duda (1).
Ucrania, que pareció sucumbir a primeros de año a un ataque de pesimismo cuando se confirmó que Estados Unidos había dejado definitivamente de ser un apoyo fiable, de repente se ha encontrado con un arsenal de drones y misiles Hornet (largo alcance) con los que percute en el interior de Rusia, generando inquietud en la población del enemigo. Sus bazas negociadoras crecen (2).
Políticamente, la “corrección” que pretendía Putin como baza para consolidar su poder personal y su proyecto político se ha convertido en un problema del que no sabe cómo librarse sin perder la cara y quién sabe si la poltrona del Kremlin. La alianza entre oligarcas entregados, temerosos o colaboracionistas y los aparatos de fuerza (militar, policial, inteligencia) se fractura. Por primera vez en un cuarto de siglo, Putin no tiene el futuro asegurado, pese a que se haya procurado cambios constitucionales que se lo permitirían jurídicamente (3).
Trump se cansa de Irán
Trump es otro cantar. La guerra no era plato de su devoción; al contrario, uno de sus clichés favoritos era evitar conflictos bélicos (típicamente los de Oriente Medio) que no eran del interés de Estados Unidos, para concentrarse en el ejercicio de la hegemonía económica, aunque utilizara medios de presión, coerción y chantaje.
Con el tiempo, sin embargo, el voluble presidente le cogió gusto al gatillo y tuvo la tentación autoritaria clásica: una especie de cesarismo del siglo XXI, en el que la abrumadora superioridad tecnológica de la maquinaria militar americana sometiera a los resistentes más díscolos.
La destrucción del sistema político de Irán era un bocado demasiado apetitoso para Trump. El régimen de los ayatolás se encontraba aislado, muy debilitado regionalmente, corroído por la corrupción y socavado por las sanciones de las potencias occidentales, debido a su empeño en seguir adelante con un programa nuclear que no terminaba de convertirse en garantía eficaz de supervivencia.
Después de un primer ensayo el año pasado, la intensa campaña de bombardeos israelo-norteamericanos de marzo debería haber doblegado a Irán, pero no ha sido así. Ninguno de los objetivos (no declarados, pero implícitos para cualquier presidente de Estados Unidos desde 1979) se ha cumplido: el régimen continúa en pie e incluso se han fortalecido los sectores más duros (los paramilitares Guardianes de la Revolución), la represión continúa siendo implacable, la oposición civil no ha tenido espacio ni cohesión para articular un proyecto de país alternativo y el programa nuclear no ha sido aniquilado, como proclamó el presidente norteamericano. Además, puede atacar objetivos norteamericanos en los países vecinos del Golfo. Ante esta deriva inesperada del conflicto, los autócratas iraníes parecen tentados por la guerra permanente (4).
Israel e Irán, aferrados a la guerra
La clave principal de la nueva orientación estratégica iraní reside en su capacidad para convertir la guerra de Trump y Netanyahu en la guerra de Ormuz. El estrangulamiento del estrecho mantiene en vilo a la economía global, y solo las reservas estratégicas y una diversificación energética creciente ha evitado un shock completo.
Los efectos del bloqueo recíproco empiezan a ser notorios. Según los expertos, aunque el tráfico marítimo se restablezca pronto, los efectos de la crisis se dejarán notar muchos meses más (5).
De ahí la desesperación de Trump por anunciar continuamente la inminencia de un acuerdo, desmentido por la realidad horas después; a lo cual el inconsistente líder responde con amenazas hiperbólicas de destrucción del oponente que casi nadie se toma ya en serio (6). Su índice de desaprobación alcanza el 60% cuando se rebasan los 500 días de mandato (7).
Pero se resiste a aceptar esta lógica el primer ministro israelí, adicto a la guerra para defender con uñas y dientes sus intereses políticos y personales. Después del genocidio de Gaza, Netanyahu quiso destruir a la milicia chií libanesa de Hezbollah, principal aliado de Irán en la región.
Después de decenas de miles de muertos, la destrucción del sur del país y más de un millón de desplazados, Hezbollah sigue en pie, debilitado, pero aún capaz de responder con drones, misiles y armas antitanque (8).
En Israel hay un malestar creciente. La oposición derechista y centrista se ha unido en una coalición que parece favorita para ganar las elecciones de octubre y desalojar al bloque ultraconservador-neofascista (9).
Pero lo preocupante para Netanyahu es que Trump está harto de su intransigencia. Las pasarelas de la Casa Blanca se tornan puentes levadizos y el vínculo se deteriora.
Los autócratas contemporáneos han caído en sus propias trampas. Las guerras que han desencadenado socavan su base de poder. Se aprecia cada vez con más claridad su esfuerzo por construir discursos paralelos de negociación y paz que oculten sus fracasadas estrategias de guerra útil.
Notas:
(1) “Où en est la guerre en Ukraine? Suivez l’évolution des combats en cartes et graphiques. LE MONDE, 2 de junio,
(2)” Ukraine Turns the Tide. Why a Cease-Fire Is Now a Real Possibility”. JACK WATLING. FOREIGN AFFAIRS, 1 de junio.
(3) “A Less Muscular Victory Day Parade Shows Putin’s Growing Vulnerability”. THE NEW YORK TIMES, 8 de mayo; “In Russia, the Public Mood Is Souring. The Russian regime is now visibly motivated by fear”. ALEXANDER BAUNOV. CARNEGIE, 7 de mayo.
(4) “Iran Embraces a Forever War. Tehran’s New Strategic Calculus”. MOHAMMAD AYATOLLAHI TABAAR. FOREIGN AFFAIRS, 2 de junio.
(5) “The Energy Crisis Will Long Outlast the Iran War. The baked-in damage to oil and gas production will take months to undo”. KEITH JOHNSON. FOREIGN POLICY, 1 de junio.
(6) “Trump Hits the Stalemate Phase of His International Interventions, and It Stings”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 31 de mayo.
(7) “Tracking the Presidency”. THE ECONOMIST, 27 de mayo.
(8)” Israel’s assault on southern Lebanon in video, maps and charts”. THE GUARDIAN, 11 de mayo; “Israel’s Lebanon Strategy Is Self-Defeating”. STEVEN SIMON. FOREIGN POLICY, 14 de mayo; “Hezbollah’s Trap for Israel”, SHIRA EFRON. FOREIGN AFFAIRS, 2 de junio.
(9) “A Trump Deal With Iran Could Spell Trouble for Netanyahu”. AARON DAVID MILLER Y CHARLES KURTZER. FOREIGN POLICY, 1 de junio; “Trump fragilise Nétanyahou en le contraignant à reporter son offensive sur Beyrouth”. LUC BRONNER. LE MONDE, 2 de junio.

