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Luis Alonso Hernández: Del orgullo eléctrico al colapso

 

Con el chavismo comenzó el deterioro. Ni siquiera las majestuosas instalaciones del Guri escaparon a la combinación letal de corrupción, improvisación y ausencia de mantenimiento preventivo

A finales de 1999, cuando me desempeñaba como reportero de El Carabobeño, un grupo de periodistas fue invitado a la Hidroeléctrica del Guri. La intención era mostrar al país la capacidad de respuesta del sistema eléctrico frente a lo que se conoció como el efecto Y2K o Millennium Bug, una preocupación tecnológica mundial relacionada con la forma en que muchas computadoras almacenaban las fechas.

Durante años, numerosos sistemas registraron los años utilizando apenas dos dígitos. El temor era que, al pasar de 1999 a 2000, las computadoras interpretaran el nuevo milenio como 1900 en lugar de 2000. De ocurrir, el error habría podido afectar hospitales, aerolíneas, bancos, redes gubernamentales y sistemas de generación eléctrica.

En aquella visita se insistió en que, aun si surgía alguna contingencia tecnológica asociada al Y2K, Venezuela garantizaba el suministro eléctrico en todo el territorio nacional. El gobierno de entonces exhibía con orgullo una de las principales hidroeléctricas de América Latina y transmitía confianza sobre la solidez del sistema.

Llegó el año 2000 sin sobresaltos. El temor quedó atrás y la normalidad prevaleció. Sin embargo, para los venezolanos algo mucho peor estaba por ocurrir años después: la destrucción progresiva del sistema eléctrico nacional.

Con el chavismo comenzó el deterioro. Ni siquiera las majestuosas instalaciones del Guri escaparon a la combinación letal de corrupción, improvisación y ausencia de mantenimiento preventivo. El resultado ha sido un colapso que millones de venezolanos siguen padeciendo a diario a través de apagones constantes, daños en equipos y una calidad de vida cada vez más precaria.

El problema no es nuevo. Ya en 2009 aparecían señales inequívocas del desastre que se avecinaba. El discurso oficial atribuyó las fallas a factores climáticos como el fenómeno El Niño, pero nunca reconoció la negligencia acumulada durante años.

Ese mismo año Hugo Chávez creó el Ministerio de Energía Eléctrica con la promesa de garantizar la estabilidad del servicio. Tampoco funcionó. Desde entonces, figuras emblemáticas de la revolución como Alí Rodríguez Araque, Héctor Navarro, Néstor Reverol y Jesse Chacón estuvieron al frente de la institución sin alcanzar resultados significativos. Para muchos venezolanos, el ministerio terminó convirtiéndose en un símbolo de ineficiencia, corrupción y promesas incumplidas.

Los intentos por presentar soluciones continuaron. En 2010 se promulgó la Ley Orgánica del Sistema y Servicio Eléctrico; en 2011 se creó el Estado Mayor Eléctrico; y en 2013 nació la Gran Misión Eléctrica Venezuela. Más estructuras burocráticas, más anuncios y pocos resultados concretos.

La evidencia más contundente del fracaso llegó en 2019, cuando un apagón masivo dejó sin electricidad a buena parte del país durante varios días. Desde entonces, el calvario no ha terminado. Los cortes eléctricos continúan, en muchos casos durante horas, afectando la economía, la educación, la salud y el bienestar emocional de millones de ciudadanos.

Hoy, el ingeniero Rolando Alcalá se encuentra al frente de un sistema que arrastra décadas de deterioro estructural. El desafío es enorme. La generación eléctrica sigue siendo insuficiente para cubrir la demanda nacional y la recuperación exige inversiones, planificación y transparencia.

De lo contrario, difícilmente llegarán las inversiones necesarias para impulsar la economía y reconstruir la infraestructura del país. Pero más allá de cualquier expectativa económica, lo verdaderamente urgente es otra cosa: que los venezolanos puedan vivir con un servicio eléctrico digno.

Hace veintiséis años se temía que una falla informática paralizara al país. Ese riesgo nunca se materializó. Lo que sí ocurrió fue mucho peor: la destrucción de un sistema eléctrico que alguna vez fue motivo de orgullo nacional y que hoy se ha convertido en uno de los símbolos más visibles del fracaso de un modelo que prometió progreso y terminó dejando oscuridad.

 

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