De Rerum novarum a Magnífica humanitas.
Dedicado Monseñor. Fernando Castro Aguayo, compañero de Colegio y hoy Obispo de Margarita, en sus 42 años de ordenación sacerdotal.
Posiblemente incurro en anacronismo al regresar a estos temas; pero, en un mundo tan huérfano y ávido de líderes con valores y principios, un personaje como León XIV causa un gran impacto. Por eso inicié este recorrido de más de un siglo, desde la Rerum novarum de León XIII, en 1891, que me llevará hasta Magnifica humanitas de León XIV en 2026. En ese recorrido reseño algunos hitos de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y algunas encíclicas y documentos.
Ya me referí brevemente al contexto en el que surgió la Rerum novarum, el inicio del camino, con un breve resumen sobre el Papa León XIII y una, más breve aún, descripción de las principales encíclicas −dieciocho en total− que están sembradas en ese camino. Ver De León a León (1) en:
Continuaré ahora con las reseñas de otros dos Papas del siglo XX −San Juan XXIII y San Paulo VI− y sus encíclicas, que además de su contenido, destacan por el particular momento histórico que les tocó vivir en sus respectivos pontificados y trataré también cómo sus aportes amplían la DSI, a la que dedicaré algunos párrafos, para adentrarme finalmente en Magnifica humanitas, el final de este recorrido.
San Juan XXIII (1958-1963)
Angelo Giuseppe Roncalli, quien asumió el papado como Juan XXIII en octubre de 1958, con casi setenta y ocho años, era de origen campesino, muy humilde, del norte de Italia y fue probablemente el Papa más querido y recordado del siglo XX, al menos desde mi personal perspectiva. Por su personalidad y trayectoria apostólica, su papado auguraba una ruptura con ese culto a la personalidad, que acompañó a algunos de sus antecesores, y un nuevo concepto, más moderno, de la actividad eclesial, que quedó demostrado en su sorpresiva convocatoria de un Concilio, el Vaticano II, para el “aggiornamento” de la Iglesia y liberarla de sus condicionamientos y compromisos políticos, que tanto la acosaron, especialmente durante y después de dos guerras mundiales.
Signos de los tiempos
Entre las muchas cosas y méritos que se podrían atribuir a San Juan XXIII, para mí, el aporte más significativo de su pontificado fue que abrió las puertas de la Iglesia; y así quedó expresado, palabras más, palabras menos, en una famosa frase con la que explicaba su convocatoria al Concilio, para: “… abrir las ventanas de la Iglesia para que entre aire fresco”. De igual manera, utilizó un concepto, que algunos erradamente le atribuyen, escrutar los “signos de los tiempos” para entender ese momento histórico de la Iglesia. Esa frase, como tantas en la Iglesia, tiene en verdad muchos “padres”; el más importante, el propio Jesucristo, que acusa a los fariseos y saduceos en Mt 16,3 de que “…no pueden discernir los signos de los tiempos.” (Ver en la Biblia de Jerusalén Latinoamericana, 2007). No cabe duda que ese concepto, “signos de los tiempos”, aunque no mencionado específicamente de esa manera, define la intención de San Juan XXIII al emplearlo en diversos documentos que promulgó, desde la bula Humanae salutis de 1961, con la cual convocó el Concilio y también en dos de sus encíclicas −Mater et magistra (1961) y Pacem in terris (1963) −, con las que se amplió la DSI a temas como el desarrollo económico, los derechos humanos universales y el orden internacional.
Mater et magistra y Pacem in terris
En Mater et magistra, San Juan XXIII actualiza y amplía la DSI a la luz de los “signos de los tiempos” del siglo XX; la encíclica trata por primera vez con cierta profundidad el problema del subdesarrollo y la brecha entre naciones ricas y pobres y alude a la cooperación internacional solidaria; y advierte contra dos modelos históricos precisos: el capitalismo liberal, que ignora la dimensión social de la economía; y el socialismo colectivista, que anula la iniciativa personal. Su novedad respecto a las encíclicas anteriores sobre el tema −Rerum novarum y Quadragesimo anno− es que en Mater et magistra habla de la economía industrial avanzada, de la agricultura como sector deprimido y de la internacionalización de los problemas sociales, que son materias propias de la DSI.
La segunda mencionada, Pacem in terris, describe además como contexto histórico o “signos de los tiempos”: el ascenso de la clase trabajadora (#40), la incorporación de la mujer a la vida pública (#41) y la emancipación de los pueblos colonizados y el surgimiento de nuevas naciones independientes (#42-44); es la primera encíclica dirigida a “todos los hombres de buena voluntad” y no solo a los católicos. Hace de la dignidad de la persona humana el centro de todo y llega a afirmar que en la era atómica no hay guerra justa. No olvidemos que esta encíclica surge en plena “guerra fría” y en el contexto de la llamada “crisis de los cohetes”, entre los Estados Unidos, Cuba y la Unión Soviética.
El Concilio Vaticano II
Paradójicamente, del legado más importante de San Juan XXIII −que fue el Concilio, el cual anunció en enero de 1959 y convocó en diciembre de 1961−, no pudo ver su culminación, pues falleció el 3 de junio de 1963 y el Concilio concluyó el 8 de diciembre de 1965. Más de sesenta años después de su conclusión, ese Concilio para muchos sigue siendo un eje del conflicto interno del catolicismo contemporáneo y a pesar de denodadas resistencias conservadoras, no han podido mitigar sus impactos y en buena medida, entre muchos otros, yo destaco algunos que son innegables, sobre todo porque conciernen al católico común y corriente: la revalorización del laicado y del “Pueblo de Dios”, el ecumenismo como actitud oficial de la Iglesia, la modernización intelectual de la Iglesia, el diálogo con las religiones no cristianas y con no cristianos, la declaración de libertad religiosa, la reforma litúrgica −por ejemplo, el uso de las lenguas vernáculas en la misa− y otros impactos, que constituyeron rupturas con posiciones en la Iglesia, sostenidas durante siglos.
El concepto, del que he venido hablando, el de los “signos de los tiempos”, es también empleado en dos documentos del Concilio: uno muy poco conocido, Apostolicam Actuositatem, que se refiere al apostolado de los laicos; y otro que es probablemente uno de los más importantes, Gaudium et Spes, que es también fundamental en materia de DSI, tema central del que me he ido ocupando.
Gaudium et Spes
Conocido también como “Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual”, desde sus primeras palabras en latín se define y anuncia lo que es su contenido renovador fundamental: “La alegría y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo”; es el concepto, para mí clave, de una Iglesia en diálogo con el mundo. Abordó muchos temas: la dignidad humana, la familia, la cultura, la economía, la política y la paz internacional. Introdujo formalmente la categoría “signos de los tiempos” como método pastoral. Fue el documento más resistido por la corriente conservadora y el más invocado −y disputado− en las décadas posteriores.
Gaudium et Spes introduce explícitamente el principio del “bien común” como elemento central, junto al destino universal de los bienes sobre la propiedad privada, valoriza la autonomía de la temporalidad y enfatiza el principio de “subsidiariedad” −pilar de la DSI−, impulsa la participación de los laicos en la vida social y política, y enfatiza también la paz como resultado de la solidaridad internacional. Así, Gaudium et Spes le da cuerpo doctrinal a los principios clásicos de la DSI y los convierte en parte de la misión evangelizadora de la Iglesia: fe y compromiso histórico.
De esta manera, el Concilio Vaticano II une y conecta a San Juan XXIII con San Paulo VI, su sucesor y encargado de finalizar el Concilio y llevar adelante las reformas de la Iglesia y la consolidación de la DSI.
San Paulo VI (1963-1978)
Giovanni Battista Montini, con sesenta y seis años, asumió el pontificado el 21 de junio de 1963 como Paulo VI y dirigió una de las épocas más complejas de la historia de la Iglesia y del cristianismo. De él se puede decir que a pesar de haber sido “formado” en la curia romana, durante más de treinta años, fue su pontificado uno de los menos clericales y uno de los más enraizados en el diálogo con el mundo actual, incluida la relación con países socialistas y comunistas a fin de garantizar espacios de libertad para los católicos y la actividad eclesial. Uno de los aspectos más destacados de su pontificado fue su relación con el Concilio; encabezó la segunda sesión del mismo y en su discurso inicial estableció los objetivos que se proponía: una definición clara de la Iglesia y su renovación interna −incorporó a los laicos al Concilio como observadores−, tender puentes hacia el mundo y especialmente hacia los hermanos cristianos separados. Pero dejemos de lado su papel como reformador de la Iglesia −que lo llevó incluso a sepultar en la basílica de San Pedro, más allá del símbolo, el trirregno o triple corona que usaron los papas durante siglos como señal de poder temporal y político− y concentrémonos en sus dos encíclicas fundamentales, Octogesima adveniens (1971) y Populorum progressio (1967).
La Octogesima adveniens, producto ya de un mayor “recorrido” como pontífice −después del Concilio y el impacto causado por la Populorum progressio−, se centra en el compromiso político del cristiano, a quien llama a involucrarse en problemas concretos y a actuar en la vida pública responsablemente. Pero es sin duda la Populorum progressio la de mayor impacto, cuya repercusión trascendió su papado hasta nuestros días.
Populorum progressio
La Populorum progressio (PP), como ya dije, es una de las encíclicas de mayor impacto del siglo XX; con ella San Paulo VI redefine el desarrollo como una cuestión moral y no meramente técnica o económica y esa es su tesis central. San Paulo VI formula con precisión que: “el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico”, que debe ser integral y solidario y debe promover “a todos los hombres y a todo el hombre”, y que como tránsito cualitativo: “el verdadero desarrollo… es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”. En otras palabras, el progreso material solo es legítimo si queda subordinado a la dignidad de la persona humana y al bien común. Crítica al liberalismo económico sin límites y la acumulación de riqueza que genera desigualdad entre pueblos y personas.
La PP une conceptos como justicia social, solidaridad internacional y visión cristiana de la persona humana y obligó a mirar y confrontar las injusticias estructurales del orden económico mundial. Quizás es bueno recordar su famosa idea, que ya venía de San Juan XXIII, y que se convirtió en un lema, que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”: no habrá paz verdadera mientras millones de personas queden excluidas del desarrollo humano y social. Son muchos los conceptos que podríamos desarrollar con relación a la PP, pero entre ellos hay dos que por su impacto social y político merecen especial atención: su concepto de la propiedad privada y su relación con la llamada “Teología de la Liberación”.
Populorum progressio y Propiedad Privada
Para la PP la propiedad privada no es un derecho incondicional y absoluto, tiene límites morales y no puede ejercerse en detrimento de la utilidad común −o “bien común”−, está subordinada al destino universal de los bienes, que no niega la propiedad privada, pero sí la reglamenta y la delimita, pues los bienes de la tierra están destinados a todo el género humano. En síntesis, para la PP la propiedad privada es un instrumento, no un fin; y esto se alinea con la DSI posterior a está encíclica, especialmente después del Concilio, donde la función social de la propiedad se vuelve un concepto central.
Conclusión
La Populorum progressio tuvo también un impacto profundo y decisivo en la llamada “Teología de la Liberación”, especialmente en América Latina, sobre lo cual hay una buena cantidad de mitos y pobres interpretaciones, con conceptos asumidos a la ligera, que merecen un análisis algo más detallado, con el que comenzaré la próxima entrega.

