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Rafael Sanabria Martínez: El asilo violado

 

Los próceres y la intrusión forzosa en el hogar como arma política y militar.

​La iconografía tradicional de la independencia hispanoamericana suele fijar a sus héroes en mármol, montados a caballo o presidiendo solemnes asambleas. Sin embargo, al examinar las fuentes documentales y los epistolarios de la época, emerge un fenómeno sistemático y desgarrador: la violación de la privacidad doméstica como herramienta de coacción, represalia y exterminio. Durante los períodos de la “Guerra a Muerte” y el posterior surgimiento del caudillismo decimonónico, el hogar —teóricamente el asilo sagrado del ciudadano— se transformó con alarmante frecuencia en el epicentro de la violencia armada. Tanto jefes realistas como patriotas convirtieron el asalto residencial y el allanamiento violento en prácticas comunes para quebrar la resistencia moral del adversario, confiscar bienes o ejecutar venganzas facciosas. Este análisis examina cómo esta práctica afectó a diversas figuras de la gesta emancipadora, desde el Precursor Francisco de Miranda hasta la paradigmática tragedia del general José Francisco Bermúdez.

​El quiebre del orden colonial y la declaración de la guerra sin cuartel despojaron a las propiedades privadas de cualquier salvaguarda jurídica. La intrusión violenta en hogares de próceres y ciudadanos particulares respondió a dinámicas fundamentales como la represalia familiar, capturando a las esposas, madres e hijos de los oficiales en armas para forzar capitulaciones o socavar la moral del enemigo; la confiscación económica mediante el ingreso forzoso a las casas señoriales y haciendas para saquear recursos financieros, joyas y ganado indispensables para sostener las campañas; y el ajusticiamiento político, recurriendo a la irrupción domiciliaria nocturna o por sorpresa para capturar a figuras clave antes de que pudieran organizar una retirada o una defensa militar. A lo largo del proceso independentista y los albores de la República, diversos líderes civiles y militares sufrieron en carne propia o infligieron la violación del espacio de resguardo.

​Uno de los episodios más oscuros, complejos y debatidos de nuestra historiografía ocurre en el marco de la caída de la Primera República en 1812. Tras la capitulación de San Mateo, el Generalísimo Francisco de Miranda se trasladó a La Guaira con la intención de embarcarse hacia el exterior y continuar la lucha. La noche del 30 de julio, Miranda se alojó en la casa del coronel Manuel María de las Casas, gobernador militar de la plaza. En la madrugada del 31 de julio, rompiendo toda norma de hospitalidad, honor militar y la seguridad que debía brindar aquel techo, un grupo de oficiales patriotas —entre los que se encontraban Simón Bolívar, Miguel Carabaño y Carlos Soublette— penetró violentamente en la habitación donde el Precursor dormía profundamente. Tras despertarlo de golpe y confiscar sus armas, lo arrestaron bajo el cargo de traición, impidiendo su salida. Esta intrusión en el aposento privado no solo selló el trágico destino de Miranda en las mazmorras de La Carraca, sino que marcó un doloroso precedente donde la razón de Estado y las pasiones políticas justificaron la violación del asilo habitacional.

​Asimismo, durante las sucesivas caídas de la Primera y Segunda República, las residencias de las familias vinculadas a la insurgencia en Caracas fueron sistemáticamente violentadas. Las tropas de jefes realistas como Domingo de Monteverde y, posteriormente, las avanzadas de José Tomás Boves, ingresaron a la fuerza en los hogares de próceres como José Félix Ribas y las propiedades de la familia Bolívar y Palacios. Las crónicas de la época describen el desvalijamiento total y la destrucción de archivos familiares como un acto de condena de la memoria. Por su parte, el general José Antonio Páez, durante las convulsiones políticas que siguieron a la disolución de la Gran Colombia y durante las revoluciones subsecuentes del siglo XIX, vio sus residencias y hatos asaltados en múltiples ocasiones por facciones contrarias. En sus escritos autobiográficos, Páez detalla cómo las fuerzas leales a las revoluciones opositoras no dudaban en derribar los portones de sus moradas, forzando a su familia al exilio o al resguardo en conventos e iglesias, evidenciando que el prestigio militar no garantizaba la inmunidad del techo propio.

​Dentro de esta constante de violencia e intrusión, el destino final del general de división José Francisco Bermúdez se erige como el testimonio más sombrío del período. Bermúdez, un militar de temperamento volcánico y decisivo en la campaña de Oriente y la liberación de Caracas en 1821, encarnaba al héroe que parecía invulnerable en el campo de batalla. Sin embargo, el advenimiento de la república caudillista en 1830 atomizó el poder y exacerbó los odios regionales. Retirado a la vida civil en Cumaná, Bermúdez se convirtió en el objetivo de las facciones locales que resentían su histórica influencia militar y política. El 15 de diciembre de 1831, la violencia que tantas veces azotó los campos europeos y americanos llamó a su propia puerta. Un grupo armado liderado por Rafael Berrizbeitia sitió la zona de la residencia del general. La intrusión no buscaba un diálogo político, sino la eliminación física del prócer. Berrizbeitia y sus hombres irrumpieron con violencia en los linderos de la propiedad. Al salir a enfrentar la alteración de su hogar, Bermúdez fue increpado y atacado a quemarropa. El militar, desprovisto de su ejército y tomado por sorpresa dentro de la intimidad de su entorno, recibió impactos de bala fulminantes. Su muerte no solo clausuró la vida de uno de los libertadores de Oriente, sino que demostró que las armas del caudillismo civil no respetaban el asilo de los fundadores de la patria.

​El estudio de los asaltos y detenciones en los hogares de los próceres permite a la historiografía moderna comprender que la independencia no fue un proceso idílico de transiciones institucionales, sino una ruptura violenta que dejó secuelas profundas en el comportamiento social y político del siglo XIX. Desde la habitación asaltada de Miranda en La Guaira hasta el umbral ensangrentado de Bermúdez en Cumaná, la incapacidad del Estado naciente para garantizar la inviolabilidad del hogar facilitó la consolidación del caudillismo como un sistema donde la fuerza bruta prevalecía sobre el derecho civil. Estos trágicos finales siguen siendo un recordatorio profundo y sombrío del costo de la intolerancia política y el desarraigo de la civilidad.

​Referencias Bibliográficas:

​González, Juan Vicente. (1942). Biografía de José Francisco Bermúdez. Ediciones de la Presidencia de la República. Caracas, Venezuela.

​Parra Pérez, Caracciolo. (1958). Mariño y las guerras civiles en Venezuela. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid.

​Polanco Alcántara, Tomás. (1995). José Antonio Páez: Fundador de la República. Editorial de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, Venezuela.

​Austria, José de. (1960). Bosquejo de la Historia Militar de Venezuela en la Guerra de su Independencia. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, Venezuela.

​Urdaneta, Ramón. (1980). Los hombres de negro: El asesinato político en la historia venezolana. Editorial Fuentes. Caracas, Venezuela.

​Parra Pérez, Caracciolo. (1947). Historia de la Primera República de Venezuela. Academia Nacional de la Historia. Caracas, Venezuela.

​Academia Nacional de la Historia. (2023). Boletines y Documentos sobre el Caudillismo en el Oriente Venezolano (Siglo XIX). Archivo General de la Nación. Caracas.

 

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