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Soledad Morillo Belloso: Salomón Cohen; De Jerusalén a Venezuela

 

La historia de Salomón Cohen y su familia en Venezuela es, en el fondo, una sola historia: la del niño que llegó de Jerusalén sin saber que este país lo adoptaría para siempre; la del ingeniero que levantó ciudades bajo techo; la del padre que hablaba con silencios; el alma del abuelo que camina los pasillos de centros comerciales y edificios como quien revisa un jardín; y la de una familia judía que se volvió venezolana sin perder ni una hebra de su memoria ancestral.

Salomón Cohen entra en Venezuela como entran los que vienen para quedarse: sin ruido, sin ceremonia, sin anunciarse. Apenas tres años tenía cuando sus padres, Ezra Sión y Simja, lo trajeron desde Jerusalén, y el país —que a veces es brusco, a veces generoso, siempre impredecible— lo recibió con esa tibieza que sólo se le concede a los niños. Caracas lo envolvió con su olor a mango maduro, sus techos de teja, su caos amable. Y él, que ya miraba el mundo con ojos de constructor, empezó a ver en esas calles un rompecabezas que pedía ser armado.

Creció midiendo sombras, calculando distancias, imaginando estructuras. Se hizo ingeniero, pero en realidad nunca dejó de ser ese muchacho que veía ciudades donde otros veían terrenos baldíos. Venezuela, que suele desarmarse sola, encontró en él a un hombre que construía como quien cuenta un cuento: con ritmo, con paciencia, con una terquedad luminosa. Así nacieron el Lido, los Sambil, esos refugios urbanos donde el país se reconoce a sí mismo sin pedir cita previa. Y montones de edificios residenciales. No son centros comerciales o apartamentos: son lugares de encuentro, hogares, paisajes de vida cotidiana.

Pero la verdadera arquitectura estaba en su casa. Con Esther Kohn (Dita), su mujer, formó una familia que funcionaba como un pequeño país: seis hijos, Fanny, Roberto, Carlos, Thalma, Alfredo y Ricardo Cohen Kohn, muy distintos el uno del otro, cada uno con su brújula propia, pero todos orbitando alrededor de una misma luz. En esa casa se hablaba un idioma que no aparece en los diccionarios: el lenguaje de las miradas que sostienen, de los silencios que aprueban, de las manos que saben cuándo acompañar y cuándo dejar ir. Los hijos crecieron entre planos, historias judías, cuentos venezolanos, canciones de celebración y tristeza, conversaciones de obra y ese olor a concreto fresco que anuncia que algo nuevo está por levantarse. Cada uno tomó su camino, pero todos quedaron marcados por la ética del trabajo que en esa casa se respiraba como aroma de café recién colado.

Y luego llegaron los nietos, que siempre llegan como irrupciones de alegría. Para ellos, el abuelo no era el ingeniero ni el empresario: era un territorio afectivo. El hombre que se emocionaba con un proyecto nuevo como si fuera un juguete; el que caminaba los pasillos de las construcciones con la misma ternura con la que otros revisan un álbum familiar; el que sabía contar historias sin adornos, pero con una verdad que se queda pegada al pecho. Los nietos no entendían del todo qué hacía, pero sí entendían cómo lo hacía: con una alegría seria, con una responsabilidad que no pesaba, con un amor por el detalle que parecía heredado de generaciones enteras.

Y en medio de todo eso —los edificios, los hijos, los nietos, los planos, los rezos, las risas— hay que hablar de lo más importante: la integración total. Los Cohen no se instalaron en Venezuela: se mezclaron con ella. No dejaron de ser judíos: lo fueron con más hondura. Y al mismo tiempo se volvieron venezolanos de raíz, de gesto, de humor, de pertenencia, de calle y esquina. No levantaron muros: construyeron puentes. Puentes entre sefardíes y criollos, entre tradiciones antiguas y costumbres tropicales, entre la memoria ancestral y la arepa del desayuno. Puentes hechos de gestos cotidianos, de respeto, de convivencia practicada, no meramente declamada.

Por eso, cuando Salomón murió en 2018 y los Sambil cerraron sus puertas en señal de duelo, no fue un acto empresarial: fue un acto de país. Porque él no sólo construyó edificios: construyó hábitos, afectos, espacios donde la vida ocurre. Construyó un país dentro del país. Y su familia —hijos, nietos, esa constelación íntima que lo acompañó siempre— sigue sosteniendo el hilo invisible que une al niño que llegó de Jerusalén con el hombre que terminó dibujando la geografía emocional de millones.

De Dita Cohen podria escribir un libro. Fue el latido silencioso de una familia constructora, pero también fue —y quizá sobre todo— una arquitecta de vínculos humanos. Su labor social no tenía pancartas ni micrófonos: era una corriente subterránea, constante, que llegaba justo donde hacía falta. Tenía ese don raro de ver la necesidad antes de que se pronunciara, de tender la mano sin que pareciera un gesto heroico, de acompañar sin hacer ruido. En la comunidad judía fue un faro discreto, una mujer que sostenía, organizaba, cuidaba, tejía redes; y en Venezuela, un ejemplo de cómo la generosidad puede ser una forma de ciudadanía. Dita no buscaba reconocimiento: buscaba que nadie quedara solo. Y en ese empeño dejó una huella tan profunda como cualquier edificio levantado por la familia.

Tengo la suerte de ser muy amiga de Thalma, una de las hijas que heredó no sólo el apellido, sino esa mezcla de firmeza suave y humor luminoso que caracterizaba a Salomón; y de Milton, su esposo, extraordinario médico pediatra, que es de esos hombres que saben acompañar sin invadir, sostener sin hacer ruido, sumar sin necesidad de protagonismo. Sus hijos son una perfecta muestra de una familia bien construida.

Al final, la historia de los Cohen en Venezuela no se apaga: se queda suspendida, como esas luces que siguen brillando un instante después de que uno cierra los ojos. Salomón llegó siendo apenas un carricito, pero el país lo reconoció como si ya lo hubiera presentido. Y él, con esa manera suya de construir sin estridencias, fue dejando marcas que no se ven desde lejos, pero que sostienen la vida cotidiana de millones.

Su familia —hijos, nietos, voces que se entrelazan— creció como crecen los árboles que conocen el secreto de la tierra: hacia arriba, hacia la luz, hacia el porvenir. Mantuvieron la memoria judía sin convertirla en frontera, y abrazaron la venezolanidad sin convertirla en disfraz. En esa mezcla encontraron su forma de estar en el mundo: raíces antiguas, ramas abiertas. No  se integraron al país: se fundieron con él, como la miel que desaparece en el agua tibia, como la luz que se mezcla con el polvo de la tarde, como la música que se cuela por las rendijas de una casa donde siempre hay voces contando algo. Levantan edificios, sí, pero también levantan algo mucho más esquivo: lugares donde la gente se reconoce, donde el país se mira en el espejo y se encuentra entero, donde cada quien siente que pertenece a algo más amplio que su propia historia. Son un pilar para la comunidad judía venezolana, sin duda, pero lo son aún más para Venezuela, que los reconoce como parte de los latidos de su corazón.

Para ellos, eso de “judíos y gentiles” no son categorías: son puertas. Puertas que se abren hacia adentro y hacia afuera, que invitan al cruce, al encuentro, al gesto sencillo de reconocerse en el otro sin perder la propia raíz.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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