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Soledad Morillo Belloso: Román Lozinski; “Empujar la raya amarilla”

 

Román Lozinski —por mucho y largo la voz más sensata hoy en el espectro radiofónico venezolano—dijo “empujar la raya amarilla” y la frase, sin levantar la voz, se volvió un latigazo. No por estridencia, sino por precisión. Hay imágenes que no necesitan ornamento porque ya vienen afiladas. Esta es una: la raya amarilla como frontera mínima, como advertencia, como recordatorio de que el país no se mueve con fe ciega ni con discursos de ocasión, sino con el peso exacto de los pies sobre la tierra.

En la conversación con Delsa Solórzano —recién vuelta al ruedo, con la piel marcada por la intemperie política— Lozinski soltó la metáfora como quien deja caer una verdad que ya estaba allí, esperando que alguien la nombrara. Y al nombrarla, la volvió ineludible. La raya amarilla no es un adorno vial. No es un trazo inocente. Es el límite que todos vemos y que tantos prefieren ignorar porque obliga a reconocer lo que cuesta: que avanzar no es saltar, es empujar.

Empujar la raya amarilla no es borrarla ni fingir que no existe. Es admitir su resistencia. Es tocarla, medirla, sentir su aspereza. Es saber que cada milímetro ganado exige método, terquedad, lucidez. Que no hay épica sin sudor. Que no hay avance sin inventario. Que no hay país posible sin la incomodidad de mirar lo real de frente.

La raya amarilla no flota. No se mueve con deseos, ni con consignas, ni con la esperanza infantil de que “algo pasará”. Está pintada sobre el suelo: el mismo suelo que duele, que pesa, que exige. Empujarla es aceptar que la vida —y más aún la vida venezolana— no se arregla con iluminaciones súbitas ni con promesas luminosas. Se arregla desde abajo, desde lo concreto, desde lo que se toca y se trabaja.

La metáfora desmonta la fantasía del salto mágico. No hay salto. Hay empuje. Hay disciplina. Hay un reconocimiento íntimo, casi humillante: antes de mover la raya, uno tiene que saber dónde está parado. El que no pisa firme no empuja nada; apenas se tambalea.

Y en este país, donde tantas veces se ha preferido la ilusión al plan, el atajo al camino, la promesa al trabajo, hablar de empujar la raya amarilla es casi un acto de adultez. Es decir: basta de flotar. Basta de esperar milagros exprés. Basta de creer que la reconstrucción es un anuncio. La transformación ocurre en el terreno, no en el discurso. Y el terreno, nos guste o no, es duro.

Poner los pies en la tierra es asumir que no hay botón de reinicio, que no existe la varita mágica, que el país que queremos no va a aparecer por inspiración divina. Es mirar la raya amarilla —esa frontera entre lo que soñamos y lo que realmente podemos— y decidir empujarla con paciencia, con rigor, con responsabilidad. No para borrarla, sino para desplazarla un poco más allá, hasta que el país imaginado empiece, por fin, a parecerse al país que podemos hacer.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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