De vez en cuando aparece alguien —un desconocido con mucha audacia y poca información— que me pregunta por qué sigo escribiendo. Que si no he dicho ya suficiente. Que si no es hora de “colgar la pluma”, como si una fuera un perchero cansado o un adorno que ya no combina con la decoración del salón.
Escribo porque no sé quedarme quieta por dentro. Hay palabras que, si no las dejo salir, empiezan a hacer travesuras: empujan, patean, hacen ruido, se me suben al pecho como si estuvieran reclamando protagonismo. Cuando no encuentran salida, se vuelven presión, desorden, alboroto. Callar me cansa más que enfrentar la página en blanco. Para mí, escribir no es un hobby elegante: es una necesidad casi física, una especie de respiración alterna cuando el aire decide hacerse el difícil.
Escribo para entenderme. A veces empiezo un texto sin saber quién soy en ese instante, y solo al final descubro a la mujer que estaba tratando de hablar. La escritura es un espejo sin maquillaje: devuelve lo que soy, no lo que quisiera aparentar. Ahí están mis miedos, mis contradicciones, mis deseos tercos y mis sombras que, por cierto, me han informado que tampoco piensan jubilarse. No escribo porque tenga certezas; escribo porque las certezas son escurridizas o siempre llegan tarde.
Escribo para conversar con el tiempo. Con el pasado que se cuela sin pedir permiso, con este presente que corre como si lo persiguieran, con el futuro que a veces promete y a veces amenaza. Cuando escribo, el tiempo se detiene lo justo para dejarse mirar. También escribo porque el mundo —mi mundo— duele. Hay pérdidas que sólo logro sostener si las convierto en palabras. Hay injusticias que sólo puedo enfrentar si las nombro. La hoja en blanco me escucha sin interrumpir, sin juzgar, sin bostezar. No me cura, pero me acompaña, que ya es bastante.
Escribo para no olvidar. La memoria es caprichosa, se escurre, se inventa, se borra. La escritura fija lo que de otro modo se evaporaría: un gesto, un temblor, una emoción fugaz. Una frase de mi papá, un gesto de mi mamá, unas travesuras con mis hermanos cuando éramos niños. Escribo porque leer me salvó antes, y escribir es mi manera de tender un hilo hacia otros, incluso hacia quienes nunca sabrán que lo hice.
Y escribo, finalmente, porque no hacerlo sería traicionarme. Porque en ese acto íntimo, silencioso y a veces feroz, encuentro sentido, refugio y una verdad que no sé decir de otra forma.
Y no. A quien pueda interesar: no voy a colgar la pluma. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Para darle el gusto a quienes creen que una se gasta como un bolígrafo barato de feria? No mientras estos dedos tengan algo que decir. Y créanme: todavía tienen memoria, terquedad, imaginación para rato… y una picardía que, por más que algunos recen para que se esfume, no piensa retirarse.
soledadmorillobelloso@gmail.com

