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Soledad Morillo Belloso: María Corina, política, no heroína

 

Los héroes no existen. Y si alguna vez existieron, fue porque alguien los inventó para no admitir su propio miedo. El héroe es un truco mental, un espejismo que permite mirar hacia otro lado mientras la casa arde. Una fantasía útil, sí, pero fantasía al fin. La humanidad lleva siglos puliendo figuritas de salvadores como quien pule un amuleto: se les lima la sombra, se les borra la duda, se les congela la voz. Se les convierte en estatuas porque las estatuas no reclaman, no fallan, no exigen. Pero la vida, la verdadera, no admite mármol. Nadie es de piedra.

El héroe es una versión editada del ser humano: una fotografía retocada donde desaparecen el cansancio, la rabia, la torpeza. La historia —esa maquilladora profesional— borra las arrugas y deja sólo el gesto triunfante. El héroe es un personaje que nunca existió del todo. Y aun así insistimos en él, porque es más cómodo creer en un salvador que aceptar que el trabajo duro nos toca a nosotros. El héroe es la prolongación adulta del “papá resolverá”, una dependencia emocional disfrazada de admiración.

Nadie puede cargar sobre sus hombros el peso de un país sin quebrarse. Por eso el héroe es una ficción deseada. Lo que sí existe es gente que, en un momento preciso, hace lo que debe hacer: a veces con grandeza, a veces con torpeza. Eso no los convierte en héroes; los convierte en humanos que estuvieron a la altura.

Creer en héroes es peligroso. Nos vuelve espectadores. Nos infantiliza. Nos adormece. Y lo peor: nos hace perdonar lo imperdonable o destruir al supuesto héroe cuando no nos complace. Primero lo subimos al pedestal; después, cuando cae, fingimos sorpresa. El pedestal siempre es una trampa: para quien sube y para quien aplaude.

Existen personas decentes. Existen personas valientes. Existen quienes sostienen el mundo sin aspavientos: los que cuidan, los que enseñan, los que reparan, los que acompañan, los que no se rinden aunque nadie les escriba una biografía. No son héroes. Son mejores: son reales.

Y en Venezuela, el asunto es todavía más urgente. Aquí el héroe es un vicio nacional, una superstición de viejo y nuevo cuño. Lo consumimos como quien compra chucherías en cola: sabiendo que hace daño, pero igual metiendo la mano. Nos fascina el personaje providencial, el que promete que ahora sí, que esta vez es distinto, que él —solo él— nos va a sacar del hueco. Y nosotros, crédulos, agotados, hambrientos de alivio, le creemos. Hasta que se revela lo obvio: que no era héroe, sino otro humano con virtudes y flaquezas.

El héroe es la coartada perfecta para no asumir que el país se nos cae porque lo dejamos caer. Es más fácil esperar al salvador que admitir que la basura no se recoge sola, que la corrupción no es un monstruo ajeno sino una cadena de complacencias y renuncias, que la decadencia no la inventó un villano sino que la construimos a punta de “no es mi problema”.

Venezuela no necesita héroes. Los héroes anestesian. Infantilizan. Nos convierten en público de nuestra propia tragedia. Y lo peor: nos dan excusa para no hacer nada. “Cuando llegue el que nos salve…”, decimos, como si la patria fuera un electrodoméstico esperando técnico.

Lo que este país necesita es algo más terrenal y más difícil: ciudadanos. Gente que entienda que la república y la nación no son una epopeya sino un trabajo diario, difícil, constante, ingrato. Gente que no espere aplausos. Gente que no confunda civismo con heroísmo, porque el heroísmo es espectáculo y el civismo es disciplina.

Y si esto es cierto para el presente, lo es aún más para el pasado. Cuando hicieron de nuestros próceres héroes, no los elevaron: los achataron. Los redujeron a figuritas de yeso, a bustos mudos, a estampitas escolares donde todo está limpio, ordenado, sin conflicto. Les arrancaron lo más valioso: su humanidad. El héroe —como arquetipo literario— es útil para la ficción, pero devastador para la historia. El héroe es un molde; el prócer, un proceso. Y cuando metes un proceso vivo dentro de un molde rígido, lo rompes.

La literatura universal está llena de héroes porque los héroes funcionan como símbolos. Son arquetipos que condensan una virtud, un defecto, una tensión moral. Pero nuestros próceres sí vivieron: dudaron, se equivocaron, se levantaron, se cansaron, tuvieron miedo. Bolívar no era un héroe: era un hombre desbordado por su tiempo. Miranda no era un héroe: era un visionario obsesivo, brillante y trágico. Sucre no era un héroe: era un joven disciplinado, exhausto, cargando más de lo que cualquier ser humano debería cargar. Al convertirlos en héroes, les amputamos la duda, la fragilidad, la contradicción. Les quitamos lo que los hacía grandes.

Desde la psicología, el héroe es una proyección: un padre simbólico que resuelve lo que nos aterra enfrentar. Desde la filosofía, es una abstracción peligrosa que anula la pluralidad. Desde la política, es un instrumento de control: un héroe no se cuestiona, se venera; y un pueblo que venera no piensa.

En Venezuela, esa idolatría nos ha costado caro. Convertimos a los próceres en santos laicos y, al hacerlo, nos eximimos de la responsabilidad de continuar su obra. Los pusimos tan arriba que ya no pudimos verlos. Los volvimos tan perfectos que dejaron de ser ejemplo posible. Los transformamos en mito y perdimos la lección humana que podían darnos.

Porque si Bolívar es un héroe, nadie puede ser como él. Pero si Bolívar es un hombre, cualquiera puede asumir su parte. Y ahí está el punto: la república no necesita héroes; necesita ciudadanos.

Y si hay un ejemplo reciente de cómo opera esta pulsión heroica en Venezuela, es María Corina. Lo más valioso que tiene es que sigue siendo una política de carne y hueso. No una estatua, no una aparición mariana, no un holograma de esperanza. Una mujer que piensa, calcula, se equivoca, rectifica, se cansa, se levanta, se enfurece, aprende.

Justamente por eso conviene resistir la tentación de convertirla en heroína: porque la heroína, en nuestro imaginario, deja de ser persona y se vuelve promesa. Y las promesas, cuando se inflan demasiado, revientan.

En Venezuela, cada vez que elevamos a alguien al altar, lo despojamos de lo que lo hace mejor: su capacidad de moverse. El héroe no negocia, no duda, no cambia de ritmo. El héroe es una figura inmóvil, congelada en un gesto. Y la política —la real, la que sirve— es movimiento. Es ensayo y error. Es conversación. Es conflicto. Es ajuste. Es humanidad.

Convertir a María Corina en heroína sería amputarle justo lo que la hace valiosa: su condición de política, no de símbolo.

Además, la heroína venezolana siempre termina atrapada en un guion ajeno. La convertimos en depositaria de todas nuestras expectativas, como si fuera un recipiente donde vaciar frustraciones acumuladas durante décadas. Le exigimos que sea impecable, infalible, inquebrantable. Y cuando no cumple ese papel imposible, la castigamos con la misma ferocidad con la que antes la aplaudimos. El ciclo es conocido: primero la aureola, luego la hoguera.

María Corina no necesita devotos. Necesita ciudadanos. Gente que acompañe, cuestione, exija, respalde, critique, proponga. Gente que entienda que ningún liderazgo puede sustituir la responsabilidad colectiva. Porque un país no se salva desde un podio: se salva desde la calle, la escuela, la fábrica, el comercio, la industria, la oficina, la cola del mercado, el escritorio del funcionario que decide no pedir “algo para el refresco”.

Si algo distingue a María Corina no es una supuesta heroicidad, sino su persistencia en un terreno donde muchos se rindieron. Eso no la convierte en salvadora; la convierte en política. Y en Venezuela, donde la política ha sido reducida a caricatura, eso es mucho.

Si la convertimos en heroína, la inutilizamos. La congelamos. La convertimos en estampita. Y este país no necesita estampitas: necesita movimiento.

La pregunta no es si ella estará a la altura. Es obvio que sí. La pregunta es si nosotros estaremos a la altura de no pedirle que sea lo que no debe ser. Si seremos capaces de verla como lo que es: una dirigente con virtudes y límites, no una figura providencial. Porque si la convertimos en heroína, la perdemos. Y si la perdemos, nos perdemos nosotros.

En un país hambriento de soluciones rápidas, la tentación es enorme. Pero la salida no vendrá de una heroína. Vendrá de ciudadanos que entiendan que la política no es magia, sino trabajo. Que la república no es un altar, sino una tarea. Que la democracia no se delega, se ejerce.

Y ahí, justamente ahí, es donde María Corina funciona mejor: no como heroína, sino como recordatorio de que la política —cuando es de carne y hueso— puede volver a ser un oficio digno. Pero sólo si dejamos de pedirle milagros y empezamos a hacer nuestra parte.

soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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