La transitoriedad es un territorio incómodo: no es poder pleno ni vacío total, no es origen ni destino. Es un puente. Y un puente, si se cree orilla, se desploma. Por eso esta etapa exige una mezcla de lucidez, urgencia y honestidad sin cosméticos. Aquí no caben los adornos: caben las decisiones.
La transitoriedad también exige algo que rara vez se asume con franqueza: carácter. No carácter como griterío o gesto altisonante, sino como carácter y sensatez, como capacidad de sostener decisiones difíciles, de resistir presiones sin ceder al chantaje emocional, de mantener el rumbo cuando el ruido quiere imponer agenda. Una transición sin carácter es un barco sin quilla: flota, pero no avanza.
Hay que decir sí y no.
Sí a la claridad brutal, a decir las cosas por su nombre, sin paños tibios ni eufemismos. Sí al hablar claro y raspado, porque un país que ha sido tantas veces engañado no necesita frases bonitas: necesita verdad. Sí a explicar en detalle cada decisión, sin maquillaje ni disfraces, con sus costos, sus límites, sus alternativas descartadas y sus consecuencias. Decidir sin explicar es repetir lo que ya fracasó.
Sí a las reglas escritas, al cronograma visible, al procedimiento que se cumple aunque incomode. Sí a abrir los libros: ingresos, egresos, deudas, transferencias, cada rubro con su apellido. La transparencia no es un gesto: es una obligación. Un país no puede enterarse por rumores lo que debe saber por reportes.
Sí a la transición que se sabe puente y no trono. El poder prestado se maneja con manos limpias y reloj en la mesa. Sí a la ciudadanía despierta, vigilante, incómoda. Una transición sin gente mirando es un teatro sin público.
Sí a los cambios urgentes donde más duelen. Sí a proceder de inmediato a los cambios estructurales y operativos en el Poder Electoral: sin árbitro confiable no hay transición, hay simulacro.
No a la demagogia ni a la creación de falsas expectativas. La mentira no es mentira: es sabotaje. No a vender espejos rotos como si fueran ventanas al futuro. No a prometer milagros exprés. La ilusión sirve para sobrevivir, no para gobernar.
No a dejarse manipular por informaciones sin sustento. La desinformación es un arma que se disfraza de dato. No a creer lo que conviene, no a compartir lo que parece pero no es, no a convertir rumores en certezas. En transición, la información es oxígeno; la mentira, asfixia.
No a pretender que la transición puede funcionar sin la participación de los sectores políticos de gobierno y oposición. Una transición no es un club privado. Excluir actores reales no construye futuro: fabrica conflictos diferidos. La estabilidad no se decreta: se negocia.
No al jueguito de la silla musical que cambia ministros como si fueran pares de medias. Mover nombres sin mover estructuras es la forma más falsa de no hacer nada. La rotación frenética diluye responsabilidades. Un país no se gobierna con carruseles.
No a cualquier tipo de represión a la protesta. Hay que dejarla respirar. La protesta no es un estorbo: es un termómetro. Reprimirla es romper el nervio que conecta al poder con la realidad. La estabilidad que se sostiene en la fuerza es estabilidad de cartón.
No al ejercicio de informar al país a través de posts en redes. Un país no se gobierna con captions. Las redes amplifican, no sustituyen. La institucionalidad no se construye con hilos ni videos verticales: se construye con procedimientos, documentos y vocerías claras.
Sí a la priorización. Sí a entender que no todo puede hacerse al mismo tiempo, pero que lo que sí puede hacerse debe hacerse bien y ya. Sí a la transición que no confunde velocidad con prisa ni lentitud con prudencia. Sí a la agenda que se explica y se cumple.
No a la improvisación disfrazada de audacia. No a la transición que se mueve por impulsos, por presiones del día, por el ruido del momento. No a la agenda que cambia según el trending topic. No a la política que se deja arrastrar por la espuma y olvida el fondo.
Sí a la coherencia. Sí a que cada decisión tenga relación con la anterior y con la siguiente. Sí a que el país pueda leer un hilo conductor, un propósito, un sentido. Sí a que la transición no sea un catálogo de ocurrencias sino un proyecto.
No a la dispersión que agota. No a abrir diez frentes para no resolver ninguno. No a la transición que se vuelve espectáculo de multitarea sin resultados. No al desgaste inútil que confunde movimiento con avance.
Sí a la responsabilidad compartida. Una transición no es un acto de magia ni un decreto: es una obra colectiva. Sí a que cada sector —político, social, económico, institucional— asuma su parte. Sí a la ciudadanía que exige, pero también participa. Sí a la política que escucha, pero también actúa.
Sí a la firmeza sin arrogancia. Sí a la autoridad que se ejerce con claridad, no con gritos. Sí a la transición que sabe decir “esto es así” sin disfrazarlo de consulta eterna ni de falsa modestia.
No a la fragilidad institucional que se disfraza de prudencia. No a la transición que teme molestar. No a la que posterga decisiones para evitar titulares. No a la que confunde gobernabilidad con complacencia. La prudencia es virtud; la cobardía, no. Y el país distingue perfectamente una de la otra.
Sí a la construcción de confianza desde la consistencia. Sí a que lo que se dice hoy no contradiga lo que se dijo ayer. Sí a que las decisiones tengan continuidad, lógica, propósito. Sí a que la transición no sea un catálogo de ocurrencias sino un proyecto reconocible. La coherencia es un lenguaje.
No a la transición enamorada de sí misma. No a la narrativa que se vuelve protagonista y desplaza la realidad. No al exceso de épica, no al exceso de autocelebración, no al exceso de “miren qué bien lo hacemos”. La transición no está para aplaudirse: está para resolver parte del desastre que hicieron.
Sí a la incomodidad productiva. Sí a la fricción que revela problemas. Sí al debate que obliga a afinar argumentos. Sí a la crítica que señala fallas reales. Sí a la ciudadanía que no se conforma con explicaciones a medias. La incomodidad es un motor, no un obstáculo.
No a la idea de que “esto es temporal, así que no importa”. Lo temporal es precisamente lo que más marca. Las transiciones son yesos: si se ponen mal, el hueso se suelda torcido.
Sí a recordar por qué se llegó a este punto. Sí a evitar repetir errores que ya costaron demasiado. Sí a la transición que respeta y se hace cargo de sus destrozos.
No a la comodidad de creer que el país va a esperar. No a la ilusión de que la gente tolerará indefinidamente la lentitud, la confusión o la falta de resultados. La paciencia ciudadana es un recurso finito. Y cuando se agota, no avisa: estalla.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

