La frase “estado 51” tiene un origen de niño poderoso pero irrelevante. Lo verdaderamente revelador —y preocupante— es quién la repite, quién la adopta como muletilla, quién la convierte en chiste de sobremesa o en comentario resignado. Porque repetirla no es inocente: es un acto de rendición emocional, una renuncia envuelta en humor barato.
Quien la repite está diciendo, sin decirlo, que ya no cree en la posibilidad de un país propio. Que la imaginación política se le agotó. Que la dignidad cívica le pesa. Que prefiere la fantasía de ser tutelado antes que la responsabilidad de restituir, reconstituir, reconstruir. Y lo más grave: que ha normalizado la idea de que Venezuela no puede ser viable, que está condenada, que lo sensato es entregarla simbólicamente para no cargar con el duelo.
Repetir esa frase es repetir un cansancio. Es repetir una derrota. Es repetir una visión del país como ruina irrecuperable. Y cada repetición la vuelve más cierta, más sólida, más instalada en el imaginario colectivo. La torpeza no está en quien la dijo primero —ese sólo lanzó una ocurrencia— sino en quienes la reproducen sin pensar, sin sentir, sin medir el daño simbólico que hacen.
Porque las palabras, cuando se repiten, se vuelven paisaje. Y un país que se acostumbra a imaginarse como “estado 51” termina creyendo que no merece ser país. Que no vale la pena pelear por él. Que no hay proyecto posible. Que la única salida es la adopción.
Esa es la verdadera tragedia: no la frase, sino la docilidad con que algunos la repiten. Y no, no es traición a la patria. Es bobada con patas.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

