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Soledad Morillo Belloso: El régimen cubano un yeso rancio que se desmorona

 

El derrumbe de un régimen autocrático nunca ocurre en un solo día; primero fermenta, se hincha, se agria, se vuelve una sopa olvidada que nadie se atreve a destapar porque ya huele a reliquia. Se cocina a fuego lento, en ollas tan viejas que uno sospecha que fueron heredadas de algún pseudo prócer embalsamado.

La caída del régimen cubano, si la miramos con lupa, no empezó cuando los titulares lo anunciaron, sino cuando el propio aparato de poder dejó de creerse su propio cuento y siguió repitiéndolo por reflejo, como un loro cansado que balbucea consignas sin saber si está vivo o disecado.

Ocurrirá con la gracia improbable de un elefante intentando hacer ballet: un espectáculo tragicómico donde cada pirueta será un accidente y cada aplauso un bostezo. No habrá épica, ni himnos, ni despedidas solemnes: sólo el silbido triste de un sistema que se desinfla como un flotador mordido por la realidad. Cuba, agotada de sostener telones y teloncitos, bosteza en público. Y cuando un país bosteza, el régimen empieza a tantear la pared buscando dónde apoyarse antes de desplomarse.

El castrismo, que durante décadas se creyó mármol, descubrirá que era yeso húmedo pintado con entusiasmo y poca técnica. Se irá descascarando por las esquinas: un general que olvida su parlamento, un burócrata que descubre que el miedo no paga pensión, un archivo que se abre como quien abre una ventana para que salga el olor a encierro rancio. La revolución, esa “madama” que se maquilló durante medio siglo con consignas, terminará con el rímel corrido, la peluca torcida y el vestido lleno de motas.

La imputación a Raúl Castro llegará —si el destino decide ponerse teatral— como un truco de magia al revés: el instante en que el mago aparece sin capa, sin conejo, sin humo y sin público dispuesto a fingir sorpresa. Raúl, que durante años caminó por la historia como si fuera el dueño del teatro, tendría que presentarse ante un juez que no le debe favores, ni aplausos, ni silencios. Sería casi lírico: el hombre que manejó el miedo como herramienta enfrentándose a la herramienta que más temió siempre, la verdad, esa señora antipática que no acepta sobornos ni metáforas.

El juicio sería un documento, sí, pero también un espejo. Un espejo que no devuelve héroes, sino decisiones. Un espejo que no refleja épica, sino consecuencias. Y Raúl, acostumbrado a que lo miren desde abajo, tendría que verse desde la altura incómoda de la responsabilidad, ese balcón sin baranda donde no sirven los discursos ni los uniformes.

Cuba, mientras tanto, se volverá juguetona. Empezará a contar chistes que antes eran susurros tímidos. Los ciudadanos descubrirán que la ironía es un músculo que no se atrofia: sólo se esconde, esperando que el miedo se distraiga. Las calles, que durante años fueron escenario de solemnidad obligatoria, se llenarán de metáforas: la gente dirá que el régimen cayó como caen los cocos podridos, sin aviso, sin elegancia y con un golpe seco que nadie quiere barrer.

América Latina observará con esa mezcla de morbo, alivio y pedagogía involuntaria que acompaña los finales históricos. Y entenderá que los regímenes que se alimentan del miedo terminan siendo devorados por el humor. Porque cuando un pueblo empieza a reírse del poder, el poder ya está muerto, aunque siga moviendo un dedo para ver si alguien todavía lo mira.

Raúl Castro está vivo. O eso cree él. Porque hay muertos que caminan más por convicción que respiración. Y cuando el régimen termine de caerse —no con estruendo, sino con ese plop ridículo de las cosas que nunca fueron sólidas— Raúl descubrirá que no hay tumba más incómoda que la de la historia cuando decide enterrarte en vida.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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