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Soledad Morillo Belloso: Carta a los que aún no entienden

 

A ver, ¿cómo lo explico para que los sordos de alma lo entiendan y dejen de decir bobadas con patas? La herida venezolana no es un concepto abstracto ni una exageración melodramática: es un territorio vivo que se mueve con nosotros, como si fuera una segunda piel que no se despega ni con agua caliente. Empieza en la memoria, que aquí no funciona como archivo sino como cuarto lleno de ecos. Ecos de apagones interminables, de despedidas en aeropuertos donde uno dejaba un pedazo de sí, de noticias que caían como piedras, de esa sensación de que el país se volvió un animal impredecible. La memoria no se queda quieta: se cuela en los olores, en los silencios, en las frases que repetimos sin darnos cuenta. No es pasado: es un presente que insiste.

Y ese presente se aloja en el cuerpo. El cuerpo es el territorio donde la ansiedad cava trincheras. Un nudo en el estómago, un sobresalto sin motivo, los hombros siempre tensos, la respiración que se corta como si alguien apagara un interruptor. El cuerpo venezolano aprendió a vivir en modo alerta, como si el peligro fuera un huésped que nunca termina de irse. Pero es el mismo cuerpo que baila con una alegría casi desafiante, que abraza con fuerza porque sabe lo que es perder, que se ríe con ganas porque la risa es una forma de exorcismo. El cuerpo guarda el miedo, sí, pero también guarda la memoria de la fiesta, y esa memoria es terca, indomable, casi insolente.

La diáspora es ese mismo cuerpo, pero extendido. Un país repartido en miles de pedazos que caminan por el mundo con un acento que se reconoce a kilómetros. El que se fue vive en dos geografías: la que pisa y la que sueña. Lleva en el bolsillo un país fantasma que aparece en los olores, en las canciones, en la manera de decir “vale” o “chévere” sin pensarlo. La diáspora es un duelo que no termina, pero también es una siembra: raíces que se estiran sin romperse, que aprenden a crecer en otros suelos sin dejar de ser de aquí.

Y en medio de todo, la esperanza. No la ingenua, no la de consigna, no la que se compra en un videíto que es homenaje a la cursilería; esa esa chispa testaruda que se niega a apagarse. La esperanza que aparece en un gesto mínimo: un vecino que comparte agua, un hijo que vuelve por unos días, una llamada que cruza océanos, una arepa improvisada con lo que haya. La esperanza venezolana no es para nada bobalicona; es una luciérnaga: pequeña, sí, pero obstinada. Ilumina lo justo para seguir caminando, para no perderse, para recordar que incluso en la noche más larga hay un punto de luz que insiste.

Así, integrados, estos fragmentos dibujan un mismo cuerpo herido pero vivo: memoria que arde, cuerpo que resiste, diáspora que se desdobla, esperanza que respira. No somos sólo el dolor que cargamos, aunque el dolor sea parte del mapa. Somos también la manera en que le echamos un camión de ganas, en que seguimos andando, tercos, luminosos, rotos y enteros a la vez.

Así que, por favor, guárdense el numerito de que damos lástima. Lástima da quien mira sin ver y opina sin entender. Nosotros, en cambio, sabemos —con la certeza de quien ha caminado sobre brasas— que de esta vamos a salir. Y no sólo salir: vamos a salir mejores, más pulidos, más vivos.

Y ya verán: en unos años algún vivo —o viva, que nunca faltan— se hará millonario escribiendo el bestseller “El milagro venezolano”. Lo presentarán en ferias, lo traducirán a veinte idiomas, lo citarán en universidades como si hubieran descubierto el agua tibia. Pueden apostarlo. Y cuando eso pase, nosotros, los que aguantamos el chaparrón, nos limitaremos a sonreír con esa sonrisa de quien sabe perfectamente de dónde salió el milagro: de puro no rendirnos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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