El apellido Beracasa viene de berajá, esa palabra hebrea que no es un deseo tímido sino un interruptor espiritual: uno la pronuncia y el universo, rebelde, se acomoda un poquito. De allí que muchos lo lean como “bendición”. Pero a mí me gusta pensarlo como una bendición con dirección postal, una casa donde la buena fortuna cuelga la hamaca y se toma un café.
Beracasa también conversa con Beraca, “valle de bendición”, que suena a sitio donde uno podría sentarse a merendar dátiles mientras el cielo hace lo suyo. Y está la pista sefardí: los apellidos que terminan en “-casa” suelen señalar la casa de un antepasado, un oficio, un patriarca, un punto de referencia dentro de la judería. Una casa que se volvió apellido porque la memoria insistió.
Los Beracasa llegaron a Venezuela desde Tetuán, ciudad que durante siglos fue un pequeño universo sefardí incrustado en el norte de Marruecos. Tras la expulsión de 1492, Tetuán se convirtió en refugio de judíos hispano‑portugueses que llevaron consigo el ladino, las recetas, los oficios y una memoria que no se dejaba borrar.
A finales del siglo XIX, la región vivía tensiones políticas crecientes, presiones coloniales, crisis agrícolas y un estancamiento económico que hacía difícil prosperar. Para muchas familias sefardíes, el futuro se veía angosto, como zapato mojado que se encoge al secarse. Venezuela, ese país en el norte del sur de América, en cambio, era un país que abría los brazos y decía: “Pase adelante, aquí hay espacio”.
Entre 1890 y 1930, decenas de familias sefardíes de Tetuán, Larache, Arcila y Tánger cruzaron el Atlántico. No eran multitudes: eran hilos finos que, al juntarse, armaron un tapiz. Llegaban atraídos por la libertad religiosa —inusual en la región—, por la relativa estabilidad política, por el auge del café, el tabaco, las plumas, el cacao y el cuero primero y del petróleo después, y por puertos activos como Maracaibo, La Guaira y Puerto Cabello.
Las familias sefardíes que llegaron a Venezuela desde Marruecos —sobre todo entre 1890 y 1930— trajeron consigo apellidos que hoy resuenan como campanas antiguas: Benarroch, Benzaquén, Benchetrit, Benhamu, Benatar, Benzaid, Benaim, Benshimol, Bensoussan, Bensadon, Benshimol, Benshimol, Benshimol (sí, repetido porque llegaron varias ramas), Beracasa, Amram/Amrán, Amselem, Azagury, Aflalo, Abadi, Abadián, Abecasis, Abikzer, Abudarham, Abulafia, Cohen, Levy, Serfaty, Toledano, Ohana, Ohebshalom, Sebag, Sitton, Sicsu, Sultán, Uzan, Zonana, Zafrani, Zilkha. Me excuso porque seguramente se me extravían algunos. Venían de juderías donde el ladino aún se hablaba bajito y los oficios se heredaban como si fueran tesoros. Llegaron en hilos finos, no en oleadas, y al entrelazarse formaron un tejido sólido que dejó huella en Zulia, Caracas y Carabobo: un mapa íntimo de memoria sefardí sembrado en tierra venezolana.
Los Beracasa fueron uno de esos hilos, uno de esos que brillan cuando les pega la luz. Primero llegaron a Maracaibo, ciudad que a comienzos del siglo XX era un hervidero: petróleo en ascenso, comercio marítimo intenso, inmigración árabe, sefardí, inglesa y alemana, y una economía que premiaba al que trabajaba duro. El oficio del cuero encontró allí su paraíso. Tenerías como El Águila, Primero de Octubre y Rex fueron el punto de partida. Cuando Carlos Beracasa Amrán nació en 1904, la familia ya estaba sembrada en la economía zuliana.
Luego vino Caracas, que en los años 40 y 50 vivía su metamorfosis: de ciudad tranquila a capital moderna impulsada por el petróleo, con vías recién inauguradas, urbanizaciones que brotaban como hongos y un país que crecía a tasas que hoy parecen ciencia ficción. En ese escenario, Carlos se convirtió en uno de los grandes empresarios del siglo XX venezolano. El Grupo Beracasa creció como mata de mango en patio húmedo: fábricas de calzado, industrias del cuero, cadenas comerciales como Calzado Rex, Selemar y Más por Menos. En los años 60 fundó el Banco Metropolitano, institución que presidió y que se volvió un actor relevante en el sistema financiero. Fue presidente de la Asociación Bancaria y director de Fedecámaras. Pero lo más hermoso es que no se quedó en la chequera: en 1963 creó AVEPANE, pionera en educación especial en un país que apenas empezaba a hablar del tema. De allí nacieron el Instituto Universitario AVEPANE y el preescolar Alegría, que hace honor a su nombre.
Alegría Benzecry de Beracasa no fue un adorno en la historia, sino parte de la columna vertebral luminosa. Nacida en Caracas en 1915, formada en Filosofía y Letras en la UCV y en la École du Louvre, Alegría convirtió la filantropía en una coreografía cultural. Desde la Fundación Carlos y Alegría Beracasa impulsó festivales, conciertos, becas y programas que abrían ventanas donde antes había paredes. Su trabajo cruzó fronteras: Francia la honró con la Legión de Honor y la OEA con la Medalla de Plata. Alegría no apoyaba la cultura: la regaba, la abonaba, la hacía florecer.
Mientras tanto, José Beracasa Amrán, hermano de Carlos, levantaba otra arquitectura: la del deporte venezolano. Fundó la Federación Venezolana de Baloncesto en 1935, el Comité Olímpico Venezolano en 1938 y la Organización Deportiva Bolivariana ese mismo año. Bajo su impulso, Venezuela organizó los Juegos Bolivarianos, los Centroamericanos y del Caribe y los Panamericanos de 1983, un hito nacional. Su nombre quedó en el Parque Naciones Unidas, pero su legado real está en haberle dado al deporte un esqueleto firme.
Y entonces está Maruja Beracasa, hermana de Alfredo y Enrique. Maruja era la modeladora de lo invisible: la que mantenía unida a la comunidad sefardí y la integraba a la venezolana, sin fronteras religiosas, la que acompañaba, la que tejía vínculos como quien borda un mantel familiar. Mientras su familia levantaba estructuras visibles, Maruja levantaba las que sostienen el alma: pertenencia, integración, continuidad, memoria. Yo la conocí. De estudiante fui guía en el Congreso del Mar, donde Maruja era presencia cálida, elegante, luminosa. Y trabajé con un hijo suyo en IBM, un cerebro brillante del Centro Científico. Maruja era de esas mujeres que dejan huella sin hacer ruido, como perfume bueno. Y era tan divertida.
Las generaciones siguientes se dispersaron. Los judíos son, por diseño histórico, migrantes: siglos de moverse, de adaptarse, de llevar la casa en la memoria. Caracas, Miami, Nueva York… y el apellido se volvió migrante sin perder raíz. Entre ellas destaca Fabiola Beracasa. Nacida en Caracas, productora de Desert Dancer, The First Monday in May y Diane von Furstenberg: Woman In Charge, Fabiola lleva el apellido por el mundo como quien lleva un talismán heredado.
Al intentar comprimir esta historia, descubro que no es una cronología: es una travesía emocional que late, que respira, que se mueve como un río que sabe exactamente hacia dónde va aunque uno no lo vea desde la orilla. Se me escapan nombres, hitos históricos y montones de anécdotas, por seguro, porque una saga así no cabe completa en ninguna mano. Pero lo esencial está: una familia que llegó con oficio y memoria, con un saber que venía viajando desde siglos atrás, y que al tocar suelo venezolano no sólo trabajó—echó raíces, echó ganas, echó alma—y convirtió esa herencia en industria, banca, comercio, deporte, cultura y comunidad.
Un apellido que salió de Tetuán con un saber en las manos, sí, pero también con una terquedad luminosa, esa que sólo tienen los pueblos que han sobrevivido a expulsiones, travesías, fronteras y silencios. Y al llegar a Venezuela encontró algo que no siempre se encuentra: un país que lo adoptó sin pedirle que se desvistiera de su historia. Un país que dijo “quédate”, y la familia dijo “aquí puedo sembrar encuentro”.
En ese encuentro —familia y tierra, terquedad y oportunidad, memoria y porvenir— los Beracasa levantaron algo más que empresas: levantaron una manera de querer a Venezuela, de habitarla, de agradecerle. Una arquitectura hecha de trabajo, sí, pero también de afecto, de constancia, de esa ética silenciosa que no presume pero transforma. Es una tontería, una boba irrelevancia hablar de los Beracasa como magnates o protagonistas de páginas sociales. Son una bendición que echó raíces profundas y que todavía, cuando se pronuncia, abre caminos, enciende luces, mueve algo en el aire. Porque hay apellidos que no sólo nombran: hacen. Y este, sefardí, es uno de ellos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

