Un buen profesional es casi siempre una persona disociada. El uniforme, la ropa de trabajo, los modales, los rituales y los títulos sirven para que nos metamos en nuestro papel y finjamos, durante el desempeño del oficio, que no somos amantes, padres, hijos, amigos o camaradas. Todos tenemos algún amigo médico que nos echa la bronca por el colesterol mientras se toma unos whiskies con nosotros. Como médico, censura la juerga. Como amigo, en cambio, brinda. Y no pasa nada. El profesional bien entrenado vadea estos dilemas deontológicos, pero casi todos naufragan cuando les tocan demasiado dentro en las carnes. Por eso, en las series de médicos los cirujanos no pueden operar a sus familiares, ni los aguerridos agentes pueden meter en la cárcel a sus hermanos en las policíacas.
Pedro Sánchez y el Gobierno viven uno de esos momentos de la verdad en los que hay que elegir entre la amistad y el compromiso institucional. Por las reacciones de este martes, diría que no lo han comprendido. En un exceso de confianza, creen que podrán mantener el tipo en ambas facetas. No lo parece. En España no solo nos cuesta separar los tres poderes del Estado, sino el Gobierno del partido, y en días como este martes, esta falta de fronteras claras provoca que los cimientos de la democracia se resientan peligrosamente.
Como Gobierno que representa a los españoles, hablan de respeto a la justicia y expectativas templadas y neutrales. Como partido, cierran las filas muy prietas con el compañero acusado y salen a la calle dispuestos a inmolarse en la defensa de su buen nombre. Si fueran distintas las personas que hablan desde La Moncloa y las que gritan desde Ferraz, la disociación tendría cierto pase, pero este martes costaba mucho discriminar si hablaba el Gobierno o el PSOE, y es muy importante saberlo, porque el PSOE puede decir cosas que el Gobierno no se puede permitir bajo ningún concepto.
Toca elegir entre el uniforme o el amigo. Sánchez no puede ser ese médico que recomienda abstinencia a su compadre con las transaminasas altas y luego, con la bata colgada, le invita a la siguiente copa. Hay que poner distancia y seguir los acontecimientos desde La Moncloa, sin trastear ni husmear por los pasillos de la Audiencia Nacional. Por mucho que Zapatero haya ejercido de consejero áulico y por mucho que su figura signifique para el partido, se impone una distancia sobria hasta que el asunto se aclare. Si el gobernante no sabe controlar al militante, el daño institucional será muy superior al de ver a un expresidente declarando ante un juez por una presunta trama de corrupción.

