pancarta sol

Manuel Jabois: Los jueces tímidos

 

Le estoy explicando a un amigo uno de los muchos asuntos amorales que rigen mi vida, nada escandaloso pero ciertamente incómodo de contar (por tanto muy divertido, por eso lo he citado: para hacer reír a un amigo, nada mejor que la humillación propia), y de repente me dice muy satisfecho: “Tranquilo, que yo escucho pero no juzgo”. Ya empezamos. No es la primera vez: sé que la frase es famosa y se dice con mucha naturalidad, a veces de manera cómica y otras profundas. “No, yo escucho, pero no juzgo”. Pues juzga, hombre, si juzgar es una de las cosas más divertidas que hay. ¿Estudiaste para juez? No, ¿verdad? Pues juzga. Si total nos importa un pimiento si juzgas o no. ¿Qué nos importa tu decisión? Esa cara de condescendencia, la típica cara de quien se atribuye un poder que no tiene y que nos da igual a todos. “Yo no juzgo”. Tú qué vas a juzgar, gilipollas. Tú no juzgas y yo no hago cirugías. Juzgar es gratis, es cómodo y es muy divertido, y no tiene consecuencias, así que juzga. Lo complicado, lo durísimo, es escuchar. Yo por eso no escucho pero juzgo igual, sin saber la historia, que no me importa lo más mínimo. Te llama alguien: “Oye, tengo un problema, ¿me escucharías? Pero no me juzgues”. No, mira, cuéntaselo a tu padre, yo te quiero juzgar: te vas a la residencia en donde lo metiste y se lo cuentas a él a ver si te juzga o no. Yo, si tengo que aguantar una chapa, es porque al final tengo una recompensa, que es juzgarte. Hay que juzgar, juzgar es propio de seres irónicos y autocompasivos, pero hay que juzgar sin más, no hacer ruedas de prensa para decirnos qué vas a hacer. Juzga sin más, juzga y punto. Decir que no juzgas es, de hecho, la manera más oscura y cobarde de juzgar a alguien. Tú juzga y cállate, pon una sentencia y dale al martillo ese de goma de la feria. Nos sentencias a todos y nos vamos derechos a una cárcel de chocolate, a ver si así te quedas contento. Eso, o apruebas la oposición.

 

 

Tradución »