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Ramón Guillermo Aveledo: Normalidad, por favor

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Normal es habitual, ordinario. Se dice que una cosa es normal cuando se halla en su estado natural. Normalidad es la “cualidad o condición de normal”. Lo contrario de normal es anormal. Si algo no ha sido y no es la vida venezolana de estos años es, precisamente, normal y la mayoría de nosotros quiere que nuestra vida se normalice. Porque la anormalidad agota.

Encuentro raro, anormal, que como secuela de la colección de anormalidades a las que vamos acostumbrándonos, “normalizador” se haya convertido en insulto, sinónimo de cómplice.

Normalizador no es querer normalidad, hay que tener el poder para imponerla y aquí, más allá de la declaración, los actos de intención normalizadora por parte de los que mandan, que sí los ha habido, me parecen francamente insuficientes.

Como venezolano aspiro a la normalidad. Y eso ¿qué es?

Pues me conformaría con que se cumpliera la Constitución que es la regla de lo normal en cuanto a funcionamiento del Estado y a la relación de éste con los ciudadanos y que cuando no sea así, o a uno le parezca que no es así, haya una instancia para reclamar o buscar justicia.

Normal sería que los estudiantes de nuestras escuelas y liceos tuvieran clase cinco días a la semana y los docentes una remuneración digna de su importantísima labor. O que los hospitales pudieran atender a los enfermos decentemente y que no hubiera que esperar meses, o más, por una cirugía. Y que no tuviéramos, en este país, déficit de maestros y de médicos. Normal sería la vacunación de todos en todos los establecimientos educacionales, como por cierto viví en mi infancia. Normal sería que las universidades públicas tuvieran el presupuesto que necesitan y que no dependieran de créditos adicionales para su gasto normal.

Normal es que usted abra el grifo y salga agua. Y que además sea potable. Normal es que el servicio eléctrico sea constante, no intermitente, en regiones con varias horas diarias sin luz. Para que la nevera funcione y no se dañen los alimentos que caro costó comprar, para ver televisión y usar internet normalmente. Para que pueda haber industria, comercio y agricultura. Normal es que haya una moneda y no varias: la divisa, el bolívar, el cambio BCV, la otra y la “promedio” que depende de quién calcule. La lista es larga. El trabajador y el empresario, en el campo y la ciudad, en la capital y en las regiones, quieren normalidad. En cada ámbito hay una normalidad deseada.

Democráticamente normal es que no haya presos políticos ni exiliados, que el poder público sea de verdad descentralizado y con separación funcional y autonomía. Que nos podamos informar libremente de lo que pasa y expresarnos sin miedo a represalias. Que podamos organizarnos con libertad para la participación política, social, económica e incluso vecinal, condicionarla es arbitrario e inconstitucional. Que cuando un gobernante o un partido nos parezca que lo hacen bien podamos votar por ellos y si los cambiemos y que nuestra decisión se respete.

Esa es la normalidad que aspiro. La normalidad de la que soy partidario. Normalizador no soy, podré serlo cuando, como ciudadano participe, vote y decida.

 

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