Entender la vida, el tiempo y las circunstancias como incesantes desafíos por enfrentar; sin tener, por muchos años, una idea idea de cómo responder efectivamente a ellos; y, en la medida en que vayamos aprendiendo de nuestras propias experiencias, avanzar en el conocimiento de nosotros mismos. Recuerdo un ensayo de Octavio Paz, “El arquero, la flecha y el blanco”. Donde Paz dice: “Tal vez la literatura tiene sólo dos temas: uno, el hombre con los hombres, sus semejantes y sus adversarios; otro, el hombre solo frente al universo y frente a sí mismo. El primer tema es el del poeta épico, el dramaturgo y el novelista; el segundo, el del poeta lírico y metafísico … y como tema único para él: el tiempo y nuestras renovadas y estériles tentativas por abolirlo. Las eternidades son paraísos que se convierten en condenas, quimeras que son más reales que la realidad. O quizá debería decir: quimeras que no son menos irreales que la realidad”.
Acaso sea ésa una de las razones por la cual algunos seres van descubriendo la urgente necesidad de convertir en palabras su propia realidad, o de hacer de su realidad palabra. Un esfuerzo que los adentra constantemente en interpretaciones de su propio tiempo, en la búsqueda de un sentido para sus experiencias. Su gran reto será comprender la razón de sus personales interpretaciones: jamás una respuesta obtenida desde afuera, nunca una conclusión religiosa o ideológica, en la absoluto ofertas finales descritas por otros… Se trata de vivir y de entender la vida por ella misma; y, en ella, descubrir quienes somos a través de los espacios del tiempo dibujándose en nuestra alma.
Y regreso a la idea de Paz: para algunos escritores el significado de su esfuerzo será convertir en palabras ese desafío existencial que implica entenderse ellos mismos en medio de la interminable suma de opciones y vicisitudes que los rodea. ¿El reto esencial de la escritura en este caso? Convertirla en compañera de la existencia, en forma y fondo de intenciones y proyectos, en sugerencia a partir de cierta noción de finalidad cada vez más y más diáfana. Fue entonces cuando la escritura se hace presencia, testimonio y confidencia propuestas desde un monólogo convertido en proyecto individual, semejante a la intención de una flecha que hubiese descubierto al fin un único blanco posible.


