Domingo Kultural.
Hoy es un día para hablar en serio, circunspecto, la fecha y el país lo exigen; ajustaremos tuercas y le pondré un poco de carga visceral al asunto. Vamos…
Si Máximo Gorki viviera hoy en Venezuela, tendría material suficiente para el segundo tomo de La Madre; la vida, ese tahur incansable, siempre encuentra la forma de cerrar los círculos: en aquella historia los zares perseguían a los izquierdistas y en la distopía venezolana los que se decían redentores terminan convertidos en verdugos…
En la novela rusa de 1905 que insufló nuestra impetuosidad juvenil, Pelagia Nílovna evoluciona de la sumisión atávica y temerosa a una valentía mística inspirada en su hijo Pavel. Es el despertar del “alma rusa” que describe Gorki; ese tránsito del miedo al sacrificio. Después vino lo peor: ya sabemos el final de las revoluciones justicieras: “La revolución como Saturno termina devorando a sus hijos”. Y aquí en una diabólica máquina de triturar esperanzas.
La señora Pelagia -la de la novela- al igual que otras madres se convierte en heroína sin dejar de ser madre. Y eso es lo esencial: la maternidad como trinchera, como resistencia infinita.
La estantería de los impostores
Ñangara que se respete o ex ñangara -como yo- debe tener esa obra cumbre de Gorki; quizás no sea el canon, pero como artefacto de propaganda fue imbatible.
Tengo amigos que todavía exhiben el libro junto a vinilos de Alí Primera y entonan con nostalgia y voz impostada aquello de ” Madre déjame luchar…” y hay otra: ” Busca al obrero en la fábrica, dale la mano al obrero…”, son disfraces de inocentes poniendo cara de circunstancia -Cabrujas dixi- como si la historia no les pasará factura. Simulan no ver el horror y el dolor.
Es la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt: cómplices por acción y omisión que aparentan ciudadanía mientras voltean para otro lado. ¡Impostores!
Un panita, miembro activo del club impostor; todos los años en un día como hoy baja o bajaba de la estantería la novela y en voz alta teatral lee a todos los presentes:
¿”Sabes por qué metieron a mi hijo en la cárcel”? ¡Por repartir la verdad!
-Un gendarme la golpea y trató de ahorcarla. Ella la madre se sobrepone y dice: “No apagaran la verdad insensatos, nada más levantan la ira que caerá sobre sus cabezas”. ¡Desgraciados!
Allí tiene su espejo.

Pelagia y Carmen Teresa: El vínculo de la piedad
Es posible que -el amigo ripioso- hoy en la mesa cumpla con su ritual, alguien tendrá que decirle que entre la señora Pelagia y la señora Carmen Teresa Navas existe un hilo invisible, un punto de comunión absoluto: la rusa nunca dejó de apoyar a su hijo encarcelado, mutó en activista para defender las ideas de Pavel. Nuestra querida y admirada señora Carmen Teresa Navas nunca dejó de buscar a su hijo Victor Hugo, nombre que resuena al protagonista de Los Miserables otra víctima de la injusticia estructural. Dos madres, todas las madres. “Cuando llora una madre, lloran todas…”
La crueldad del poder
Todo esto, mejor dicho lo anterior, antes que lo olvide es para decirles que como asesino el hijo de Chávez es insuperable; y sus secuaces todos -sin excepción- son sádicos institucionales. Esa última burla de librar un oficio negando una amnistía a sabiendas que el secuestrado llevaba casi un año muerto y enterrado es imperdonable. No fué suficiente el sufrimiento que vivió esa madre de 82 años. Ella en desgaste y tristeza mantiene la nobleza frente a la barbarie. Una dignidad serena que aplasta la soberbia de los sádicos. Con emoción recordó a los otros presos. Fue un final conmovedor, mejor que el de la novela de Gorki. “Tomen, póngale la gorra para que llevé con él algo de mí”. Más dignidad imposible, nunca se rindió. Tampoco se rindió la periodista Maryorin Mendez, la acompañante que nos estuvo informando en vivo y directo. ¡Viva el periodismo decente!
Al cierre…
Propicio el día para rescatar la voz de Andrés Eloy Blanco quien entendió como nadie el dolor de las madres de los perseguidos. En su Canto de los Hijos en Marcha nos dejó un mandato: …Madre si me matan
Ábreme la herida, ciérrame los ojos…
Y una palabra: JUSTICIA escriban sobre la tumba.
Y un domingo, con sol afuera, vengan La Madre y la Hermana y sonrían a la hermosa tumba.
Con nardos, violetas y helechos de agua y hombres y mujeres del pueblo cercano que digan mi nombre como de su casa y alcen a los cielos cantos de victoria.
Madre, si me matan.
¡Un abrazo para todas las madres que no se rinden!
Nos vemos por ahí.

