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María José Villasmil: El corazón de una madre y la memoria de un país

 

La gente se pregunta: ¿Qué es lo que se ve? ¡Son los estudiantes en la calle otra vez!.

No es un hecho aislado ni una escena nueva, por el contrario, forma parte de una historia que se ha escrito a pulso en Venezuela, donde los jóvenes han decidido mantenerse de pie frente a los momentos más complejos de la vida política del país.

En este contexto, resulta imposible ignorar que más allá de la protesta existe un trasfondo profundamente humano, si bien las movilizaciones suelen interpretarse como una herramienta de la sociedad para ejercer presión, demostrar descontento y organizarse frente a situaciones en las que el país lo amerita, también es cierto que muchas veces nacen del dolor. Esta vez, ese dolor tiene nombre propio y se trata de Carmen Teresa Navas, una madre cuya historia resume, de manera desgarradora, el sufrimiento de tantas familias venezolanas.

Se dice que el corazón de una madre puede soportarlo todo: la distancia, el hambre, el miedo, las despedidas e incluso el paso implacable de los años, pero hay dolores que terminan quebrando el alma. En efecto, Carmen Teresa Navas murió tras conocer la verdad sobre su hijo, una verdad que nunca debió llegar en esas circunstancias. Lo más devastador de esta historia es que Carmen Teresa murió mucho antes de que su corazón dejara de latir. Murió en cada puerta cerrada, en cada noche sin noticias, en cada silencio, en cada mentira, en cada día que no sabía si su hijo estaba esperando que lo rescatara, hasta que finalmente se confirmó el desenlace más cruel e inhumano, un hijo que ya no estaba.

Creo que no se trata únicamente de una tragedia individual, sino del reflejo de una sociedad constantemente burlada, pisoteada, humillada y apagada por un poder que durante años ha mostrado el rostro más oscuro del ser humano. Por esta razón, los estudiantes decidieron salir nuevamente a las calles de Caracas, no lo hicieron por inercia ni por costumbre, sino impulsados por la necesidad de alzar la voz frente a lo que consideran una injusticia intolerable. A lo largo de su recorrido, las consignas no solo exigían justicia por Víctor y por Carmen Teresa, sino también por cada venezolano que ha perdido la vida en circunstancias similares.

A fin de cuentas, lo ocurrido obliga a preguntarse cuántas historias más deben repetirse para que la justicia deje de ser una consigna y se convierta en una realidad. No olvidemos que detrás de cada nombre hay una familia, una ausencia y una herida que no cierra, y aunque el cansancio y el miedo intenten imponerse, lo que se vio en las calles demuestra que todavía hay un país que se niega a rendirse, que insiste en recordar y que, pese a todo, sigue dispuesto a exigir un futuro distinto.

 

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