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Luz Sánchez Mellado: Sol, Soledad, Sol

 

Hay nombres tan bien puestos que evocan exactamente a quien nombran tanto en su versión completa como en su hipocorístico. Nunca sabremos por qué sus padres, Purificación y José, decidieron llamarla como la llamaron, pero dieron en el clavo. Soledad Gallego-Díaz Fajardo firmó sus noticias, crónicas, reportajes, entrevistas y tribunas de periodista de pies a cabeza como Soledad, pese a que todo el mundo en el oficio la conocía como Sol, a secas. Daba igual. Ambas formas la retrataban a fondo. Soledad: de sola, de adusta, de única. Sol: de iluminadora más que luminosa, de necesaria, de incandescente. No. No fue nunca Sol la alegría de Miguel Yuste, 40. Fue mucho más que eso. Fue, es, el tuétano, la médula, el ADN que corre por la columna vertebral del periódico y de sus periodistas sin ser siquiera conscientes de ello. Otros han glosado sus gestas profesionales. A mí me gusta imaginármela de joven, una mujer libre poseída por la pasión y la curiosidad por el prójimo que no la abandonaron nunca, que vivió y trabajó como quiso en tiempos oscuros y reservó su corazón para las suyas y los suyos.

Solo una vez, una, en todos los años que tuve el privilegio de trabajar con ella bajo la misma cabecera, solicité por la vía reglamentaria una audiencia en su despacho de directora, adornado por las sencillas flores frescas que Cristina Pérez y Alicia Seruga, sus adoradas secres, le regalaban solo porque sabían que le gustaban. Andaba una quebrada por dentro y quería confesárselo a la jefa por si bajaba el rendimiento. Qué idiota. Sol me dejó hablar, me pasó su pañuelo para secarme las lágrimas, me dijo que, antes que periodistas somos personas, y me despachó con un abrazo. Soledad y Sol en esencia. El jueves, eligió cuidadosamente la ropa que pensaba ponerse el domingo en el festival del 50º aniversario de EL PAÍS, su periódico de toda la vida. Como no pudo ir, el domingo se leyó el diario de cabo a rabo, incluyendo el suplemento de 300 páginas de la efeméride, y esperó hasta el martes para despedirse. Hasta para morirse ha tenido la elegancia de no aguarnos la fiesta. Horrorizadita viva estaría con los ríos de miel que estamos derramando por ella sus deudos y nos mandaría a trabajar a todos a gorrazos. Por una vez, como nos dejó encomendado, sus periodistas vamos a decir que no, que no queremos. También confesó que no sabía que la queríamos tanto. Pues sí, Sol, Soledad, Sol. No es ninguna opinión. Es un hecho.

 

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