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Carles Manera: Atajar la crisis

 

Analistas, servicios de estudios, investigaciones económicas, señalan la posible existencia de una crisis económica a raíz de la absurdidad de la guerra de Irán y de la obstinación bélica de Israel y Estados Unidos. Se advierten, incluso, visiones de un catastrofismo tremendo, y se compara lo que estamos viviendo con lo ya conocido en crisis energéticas pasadas. El gran referente: las de 1973 y 1979, con el brutal incremento de los precios del petróleo y la actuación tremenda de la política monetaria, que elevó los tipos de interés a tasas de dos dígitos. Podemos recordar que la inflación se elevó a más del 12% y la tasa de paro a cifras cercanas al 10%, haciendo una media general de los países occidentales. En España, ambos datos fueron peores: más del 20% la inflación y casi el 25% la tasa de paro a partir de 1977, por el impacto petrolífero. El concepto que sintetiza todo: estanflación.

Ahora bien, los datos disponibles hasta el momento no están –insistimos: por ahora– en esa deriva que se conoció en los setenta y que se arrastró hasta prácticamente 1985: las políticas de contención fueron entonces las grandes protagonistas frente a la crisis. En la actualidad, los países han tomado medidas que involucran la política fiscal de forma notoria, con ayudas diversas –recuérdense los cinco mil millones de euros puestos en marcha por el gobierno español, por ejemplo; o los mil quinientos millones del gobierno alemán–. Ni autocomplacencia; pero tampoco el apocalipsis. La política monetaria se mesan los cabellos y está en una posición de mayor cautela: ver dónde se ancla la inflación, para determinar el movimiento en los tipos de interés. A corto, no parece probable que suban en Europa: la estabilidad rige. Lo hemos visto también en la Reserva Federal: Jerome Powell, su presidente, con buen criterio, no mueve ficha, para enojo de Trump que ya le ha designado un sustituto dócil que ha prometido rebajas, para regocijo del republicano.

La gran lección de las crisis pasadas, desde 1973 y, sobre todo, desde 2008, con los graves episodios de 2020 y 2022 tras la invasión de Ucrania, es que atajar las recesiones profundas con políticas de austeridad conduce a un doble fracaso: el retraso en la recuperación del crecimiento, y el sufrimiento mayor de la población, que ve cómo salarios y ocupación se desmoronan y que los servicios públicos se ralentizan. El shock de oferta que supuso la subida de precios de la energía a raíz de la guerra de Ucrania no se enfrentó con medidas de contención, de recortes, de austeridad en definitiva. Si nos remitimos a dos años antes, 2020, la crisis vírica y sus letales impactos –con caídas del PIB entre el 7% y el 22%, en función de la estructura económica de los países y regiones– se pudo recuperar por la apuesta inequívoca de la política fiscal (inversiones, subvenciones, ayudas, etc.) junto a la orientación de la política monetaria (bajadas de tipos, expansión de la liquidez). Aprendamos de ello.

Pero algún tambor redobla a la austeridad: Alemania encabeza esa ruidosa sinfonía. Ver por el retrovisor, tomar nota: esta sería una buena estrategia, para no equivocarse y atajar el malestar económico.

 

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