pancarta sol

Luis Hernández: Venezuela a oscuras

 

Cuando la crisis eléctrica se convierte en símbolo del abandono nacional.

En la Venezuela profunda —esa que está lejos de los micrófonos oficiales, de los discursos triunfalistas y de la propaganda— se vive hoy una tragedia silenciosa pero devastadora: la oscuridad como rutina. Racionamientos eléctricos de 4, 6 y hasta más horas diarias han dejado de ser una contingencia para convertirse en la normalidad impuesta a millones de venezolanos, especialmente en el interior del país.

Mientras desde tribunas internacionales se construye una narrativa de renacimiento, de libertad recuperada, de prosperidad en camino y hasta de un pueblo celebrando en las calles, la realidad golpea con crudeza: hogares sin refrigeración para conservar alimentos, hospitales funcionando al límite, pequeños comercios quebrando por pérdidas diarias, estudiantes imposibilitados de cumplir sus responsabilidades académicas, adultos mayores sometidos al calor insoportable y familias enteras viviendo bajo la angustia permanente de no saber cuándo volverá la electricidad.

La crisis del sistema eléctrico venezolano no nació ayer. Es consecuencia de años de improvisación, corrupción estructural, abandono técnico, desinversión y utilización política de un servicio que debió ser estratégico para el desarrollo nacional. Hoy menos de la mitad de la capacidad instalada del sistema eléctrico estaría operativa, reflejando décadas de deterioro y falta de mantenimiento profundo.

Pero reducir esta tragedia únicamente a la electricidad sería quedarse corto.

Porque detrás de cada apagón hay una verdad más profunda: el colapso de la calidad de vida del venezolano.

Un salario pulverizado que no alcanza ni para sobrevivir; Servicios públicos convertidos en privilegio ocasional; Agua que llega tarde o no llega; Gas doméstico escaso; Transporte precario; Salud pública en agonía; Educación resistiendo a duras penas; y y una población emocionalmente exhausta, cargando sobre sus hombros el peso de décadas de promesas incumplidas.

El grito popular ya no es solamente económico.

No es únicamente salarios dignos.

Hoy el clamor nacional también exige: Electricidad estable, agua constante, transporte funcional, salud real, seguridad social efectiva y condiciones mínimas para vivir con dignidad.

Porque un pueblo no solo se empobrece cuando pierde poder adquisitivo; también se empobrece cuando le arrebatan tranquilidad, bienestar y esperanza.

Venezuela necesita mucho más que anuncios.

Necesita planificación seria.

Necesita transparencia en la gestión pública.

Necesita inversión real en infraestructura.

Necesita recuperar la capacidad técnica perdida.

Y, sobre todo, necesita escuchar la voz de un pueblo que no está celebrando, sino resistiendo.

La oscuridad que hoy cubre buena parte del país no es únicamente producto de un sistema eléctrico colapsado; es el reflejo de un modelo agotado que ha desconectado al ciudadano de su derecho elemental a una vida digna.

Y cuando vivir dignamente se vuelve una lucha diaria, la exigencia de cambio deja de ser una consigna: se convierte en una necesidad histórica.

 

Tradución »