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Juan Pio Hernández: Más allá del retorno hay que reconstruir la relación con la diáspora venezolana

 

La diáspora venezolana ya no puede ser entendida solo como consecuencia de la crisis. Millones de venezolanos siguen conectados con el país desde fuera, intentando sostener vínculos, identidad y esperanza. Pero reconstruir esa relación será mucho más complejo que simplemente hablar de retorno.

En las últimas semanas, las imágenes se han repetido en distintas ciudades. Madrid, Santiago, Houston. Espacios llenos de venezolanos que, desde fuera, siguen conectados con lo que ocurre dentro del país. No se trata solo de concentraciones políticas o de actos simbólicos. Hay algo más profundo teniendo lugar: una forma de pertenencia y presencia que no se ha disuelto con la distancia.

En el centro de esas movilizaciones ha estado María Corina Machado, cuyo mensaje ha colocado a la diáspora en un lugar inusual dentro del discurso político venezolano. No como un fenómeno colateral de la crisis, sino como parte central de la posibilidad de reconstrucción. La idea de regreso, de reunificación, de reencuentro, aparece no solo como promesa, sino como horizonte compartido.

Ese reconocimiento no es menor. Durante años, la diáspora ha sido tratada más como consecuencia que como actor, como una entidad externa, desconectada de la idea de país. Hoy, comienza a ser entendida como parte de él, incluso desde fuera. El propio planteamiento de una estrategia que busca integrarla, como ocurre en el plan Venezuela Tierra de Gracia, apunta en esa dirección.

Pero entre reconocer a la diáspora y lograr activarla, hay un espacio que muchas veces no se ve, y donde en la práctica se juega casi todo.

Ese espacio empieza a hacerse visible cuando se observa con más detalle qué significa, en concreto, incorporar a la diáspora en una estrategia de país. El plan Venezuela Tierra de Gracia plantea elementos que son necesarios y críticos: facilitar el retorno, mejorar la protección de los venezolanos en el exterior, renovar los servicios consulares para facilitar el derecho a la identidad y otros derechos. También busca canalizar el potencial económico de la diáspora a través de remesas, inversión y conexiones productivas. Todo ello requiere coordinación institucional y estructuras capaces de dar continuidad a estos esfuerzos.

Son pasos importantes. Sobre todo, en un contexto donde la diáspora no ha formado parte de la conversación estratégica del país durante años y ha sido abandonada institucionalmente.

Pero incluso cuando estos elementos están presentes, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿qué hace que una diáspora no solo exista o se movilice en momentos específicos, sino que se mantenga conectada, involucrada y activa en el tiempo?

Incluso en los espacios donde se ha intentado articular esa conexión (desde redes, iniciativas y esfuerzos organizados), las dificultades han sido evidentes. No por falta de interés ni buena voluntad, sino por algo más difícil de sostener: confianza, coordinación y continuidad en el tiempo.

Aquí es donde mirar hacia otros casos no ofrece respuestas directas, pero sí permite ver con mayor claridad lo que muchas veces pasa desapercibido.

Irlanda es uno de esos casos. Un país que durante décadas ha construido una relación sostenida con su diáspora. No a partir de momentos puntuales, sino a través de mecanismos que le han dado continuidad a ese vínculo. No se trata únicamente de programas o incentivos aislados, sino de la creación de redes, espacios de encuentro y formas de interacción que se han mantenido en el tiempo.

Lo interesante del caso irlandés no es tanto lo que hace en términos específicos, sino el nivel en el que opera. Mientras muchas estrategias tienden a enfocarse en qué puede hacer la diáspora (invertir, enviar remesas, regresar), Irlanda ha invertido en algo menos visible, pero más determinante: la construcción de relaciones.

La reciente estrategia irlandesa para su diáspora (2026–2030), construida a partir de consultas globales con comunidades irlandesas en decenas de ciudades, refleja precisamente esa lógica: entender la relación con la diáspora no solo como una fuente de inversión o retorno, sino como un vínculo que requiere espacios, continuidad y participación sostenida.

En este esfuerzo se resaltan relaciones que no dependen exclusivamente de una política o de una institución en particular, sino que se sostienen a través de múltiples actores, sectores y espacios. Vínculos que permiten que la conexión con el país no se active solo en momentos de crisis o de cambio político, sino que forme parte de una dinámica continua.

Esto introduce una diferencia importante. Porque el desafío no es únicamente movilizar capital, talento o conocimiento. Es crear las condiciones para que ese capital, ese talento y ese conocimiento encuentren caminos claros para integrarse.

En ese sentido, el capital no precede a la relación. La sigue.

Las inversiones, los proyectos y las oportunidades rara vez aparecen en espacios donde no existen vínculos previos, confianza o sentido de continuidad. Incluso en las diásporas más dinámicas, la movilización de recursos suele surgir a partir de redes personales, relaciones profesionales o experiencias compartidas que reducen la incertidumbre y facilitan la colaboración.

Vista desde ahí, la diáspora funciona menos como una fuente automática de recursos y más como una infraestructura relacional capaz de conectar personas, conocimiento, capital y oportunidades entre distintos contextos.

Esto es particularmente relevante en el caso venezolano. Porque la diáspora no solo es grande en número. Es también diversa, fragmentada, atravesada por experiencias complejas de salida, adaptación y reconstrucción personal. Pretender que su activación ocurre de manera automática, o que puede ser inducida únicamente a través de incentivos, es pasar por alto la dimensión más difícil de reconstruir: la confianza.

Confianza en las instituciones, en las reglas del juego, pero también en las posibilidades reales de conexión con otros. Confianza en que el vínculo con el país no será episódico, sino sostenido.

Visto desde ahí, el desafío adquiere otra forma. No se trata únicamente de diseñar políticas para la diáspora, sino de construir las condiciones para que esa relación pueda sostenerse en el tiempo, de manera abierta, distribuida e incluyente.

No necesariamente a través de una estructura centralizada, ni de un modelo único, sino a partir de la articulación de múltiples esfuerzos que, en conjunto, permitan que la conexión exista más allá de momentos específicos.

La diáspora venezolana no es un problema a resolver, sino una relación cuya construcción ha resultado más compleja, y más frágil, de lo que muchas veces asumimos.

Es posible que el punto de partida no esté en preguntarse qué puede hacer la diáspora por el país, sino en entender qué necesita ese vínculo para existir, crecer y mantenerse en el tiempo.

Al final, la reconstrucción no ocurre solo dentro de las fronteras. También depende de la capacidad de sostener vínculos que permitan que esa idea compartida de país continúe existiendo más allá del territorio.

Trabaja en la intersección de diáspora, colaboración transnacional y construcción de ecosistemas. Ha liderado iniciativas de articulación entre comunidades, organizaciones e instituciones en América Latina, Estados Unidos y Europa. Actualmente escribe sobre identidad, migración y relaciones transnacionales.

 

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