En numerosas ocasiones se ha anunciado el final del sistema político de Cuba. A comienzos de los 60, cuando Estados Unidos intentó segar por la fuerza el despliegue de la Revolución. En el albor de los 70, cuando empezaron a aflorar las primeras contradicciones del castrismo y fracasos estrepitosos, como la emblemática campaña de la zafra, émulo no declarado de los experimentos de la Revolución Cultural china, aunque los dirigentes de La Habana tomaron partido por Moscú y no por Pekín en el cisma comunista. En los 80, cuando la sangría de las intervenciones solidarias anticolonialistas y antiimperialistas en África drenaron los escasos recursos de un Estado asfixiado por el bloqueo de los Estados Unidos y por los errores encadenados de la planificación y el sectarismo del modelo estatalista. Y, por supuesto, en los 90, después de la caída de la URSS, cuando la Cuba oficial se quedó sin el apoyo cada vez más insuficiente de la solidaridad del lejanísimo y también exhausto comunismo europeo.
La victoria de Chávez en Venezuela devolvió cierta esperanza a los dirigentes cubanos. De pronto, una República libertadora aparecía al otro lado del Caribe como proyecto de hermandad revolucionaria.
En un viaje profesional que hice a Cuba poco antes de la muerte de Fidel Castro, un mando intermedio del Estado me dijo que el gran líder consideraba al Comandante venezolano una especie de hijo llamado a defender y prolongar la herencia revolucionaria. Si había la oportunidad de anunciar algo positivo o abanderar alguna causa internacional, Fidel le cedía siempre el protagonismo a Hugo Chávez.
Cuando esa burbuja también estalló y la revolución bolivariana se estancó en contradicciones, corrupciones, represión e ineficacia, los herederos de Fidel comprendieron que el final, esta vez sí, estaba realmente cerca.
La presencia de Obama en la Casa Blanca reavivó ciertas esperanzas. Por primera vez no se hablaba desde Washington con el tono monocorde de la agresividad o el ultimátum. Obama fue el primer Presidente norteamericano que visitó Cuba en décadas, cenó en un paladar con su familia, suavizó las arbitrarias y dañinas sanciones norteamericanas y, sobre todo, abrió la puerta a una solución política. Deseosos de aferrarse a una esperanza inesperada, los herederos de Fidel atribuyeron al Presidente afroamericano una voluntad de cambio de mayor alcance que la que realmente tuvo.
Todo ese espejismo se evaporó bruscamente cuando Trump ganó sus primeras elecciones en 2016. Se restablecieron las sanciones, el bloqueo se reforzó y la política de vínculos familiares que permitieron respirar a la isla se interrumpió. Biden no volvió a la senda conciliadora de Obama. Contrariamente a lo permisivo que se mostró con Israel, se comportó con dureza frente a La Habana. Al fin y al cabo, político de la Guerra Fría, el último Presidente demócrata sólo tuvo ojos y mente para el peligro que representaba Moscú.
La incógnita de Trump 2.0
Y ahora, con el regreso de un Trump oportunista, vengativo y errático, sólo podía ocurrir lo que está ocurriendo. Como no se puede detectar casi nada coherente, es inútil aplicar análisis racionales a lo que pueda hacer su administración en Cuba.
Todas las hipótesis parten del secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela y la subsiguiente operación de reciclado del régimen chavista en algo que todavía no se sabe qué es o en qué se convertirá. A Trump las sutilezas propias de Kissinger no le importan un ardite. Le vale con que Caracas les abra los pozos, o diga que lo va a hacer, y despliegue una retórica de cooperación que sustituya a la chavista clásica de combate y confrontación.
En Cuba, Trump parece darle vueltas a todo. Ora impone un bloqueo petrolero para forzar una rendición del régimen, ora deja abierta la puerta a una negociación, sin que se advierta qué objetivos pretende. Se escuchan ofertas de ayuda económica, gestionadas por la Iglesia, sin que La Habana lo rechace con la habitual retórica de los principios inquebrantables.
Dicen los que conocen los entresijos de esta administración que Trump ha dejado el dossier cubano en manos de su Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional, el norteamericano de origen cubano Marco Rubio. Un portavoz sin matices de la galaxia reaccionaria de Miami, el antiguo senador por Florida no ha dejado de desear un solo día la humillación del régimen de Castro. No obstante, sus cálculos políticos le conducen a procurar una solución “que evite la sangre”, aunque no termina de verse sobre qué bases puede diseñar ese acuerdo preventivo. Quienes han respaldado su carrera política se sentirán traicionados si la nomenklatura castrista se escapa viva y se reserva alguna suerte de privilegios.
Tampoco se sabe en qué “nueva Cuba” están pensando los estrategas de la “liberación”, aunque podemos imaginarlo. Si Trump quiere hacer de Gaza una riviera turística, no es muy audaz aventurar que sueñe con convertir el país caribeño en un monumental resort, plagado de negocios lucrativos sólo para sus amigos, cómplices, donantes y compinches de Miami.
Trump quiso hacerse el generoso cuando hace unas semanas pasó por alto el bloqueo para que un barco ruso hiciera llegar petróleo a las autoridades cubanas y aliviar la espantosa situación que se está viviendo. “Lo están pasando mal, así que qué importa si alguien les quiere ayudar”, dijo el dirigente que presume de no tener escrúpulos con sus enemigos. Otro gesto más de complacencia hacia su amigo Putin, para quien Cuba no es sino una pieza de museo en el recuerdo empolvado de la Guerra Fría. Días después, en su línea de palo y zanahoria, Trump impuso nuevas sanciones a dirigentes cubanos implicados en el sector de la energía y en la “violación de derechos humanos”.
Pero en su habitual política de zigzagueos, lo último que se le ha ocurrido a Trump es ordenar al Departamento de Justicia que presente cargos contra Raúl Castro, por conspiración y asesinato de ciudadanos norteamericanos. El trasfondo fue una operación acontecida en 1994, cuando el entonces ministro de Defensa y número dos del régimen era responsable del aparato militar. La defensa antiaérea cubana derribó dos aviones de Hermanos al Rescate, un grupúsculo anticastrista de Florida. Como es evidente que La Habana no entregará al hermanísimo, se ha evocado el escenario de una extracción como la realizada en enero con Maduro.
Naturalmente, Trump ignora operaciones cometidas por los protegidos de Estados Unidos. La más mortífera fue el atentado contra un avión de Cubana de Aviación, perpetrado por una trama del exilio en Florida, que se saldó con la muerte de 73 personas.
La farsa de la negociación pareció agotarse cuando Rubio afirmó que “Cuba representa un gran peligro para la seguridad nacional” de Estados Unidos, una afirmación evidentemente falsa.
Las autoridades de La Habana han respondido con pragmatismo. Por un lado, reciben a enviados de Trump con cierta deferencia y afirman que están dispuestos a negociar “sobre bases de reciprocidad e igualdad”. Incluso aceptan la visita del director de la CIA, la institución que ha intentado durante decenios no sólo derribar el sistema cubano, sino liquidar físicamente a sus dirigentes.
Cuando la ficción negociadora empezó a presentar tonos obscenos, se rescató parte de la retórica de la resistencia y se apeló a la combatividad del pueblo cubano. El último clavo ardiendo al que se agarra Cuba es que el voluble Presidente haya quedado empachado del fracaso político y estratégico en Irán.
Pero se duda mucho de que el régimen cubano pueda resistir mucho más tiempo. Con una población privada de fuel, viviendo a oscuras, sin servicios públicos mínimos y en un escenario en que la escasez se ha tornado hambre, el orgullo cubano se disuelve lentamente en la desesperación.
Mientras se pliega a hablar con esta administración, el gobierno llena las cárceles de presos políticos o de conciencia y deja salir a prisioneros comunes como baza negociadora. Algunas ONG sostienen que la población carcelaria, incrementada desde la represión del estallido de 2021, ha alcanzado cifras récord. Las condiciones de los detenidos son pavorosas.
Un proyecto para Cuba
En un artículo que pretende ser ecuánime, el catedrático de la Universidad de Miami Michael J. Bustamente repasa las responsabilidades de la catástrofe en que ha quedado sumido el país.
No es fácil encontrar a un articulista norteamericano que hable con sinceridad de “coacción económica de Estados Unidos” o de “castigo colectivo” al pueblo cubano, y de la necesidad de que Washington “debería rendir cuentas” de su papel en la larga trayectoria de Cuba.
Bustamente denuncia la represión, la ineficacia y la corrupción del régimen cubano. Pero lo más interesante es su idea de construir una “nueva historia nacional” no sobre el imaginario egoísta del exilio en Florida, sino a partir de las necesidades del pueblo cubano.
Si acaso, el enfoque peca de ingenuidad: es difícil pensar que Estados Unidos permita algo que no sea una forma de alineamiento con sus intereses. Hay toda una costra de resentimiento que se abatirá sobre Cuba en cuanto se consume la caída del régimen.
La gran pregunta es hasta dónde está dispuesto a llegar el poder en La Habana, sabedor de que millones de ciudadanos temen un revanchismo que ya se perfila. La mayoría está harta del régimen, pero también sabe que poco o nada se puede esperar de quienes aspiran a sustituirlo.
Al final, entre la esperanza de una normalización y el miedo a una nueva subordinación, Cuba vuelve a quedar atrapada en una incógnita histórica sin resolver.
Notas:
(1) “Cuba Says It’s Ready to Negotiate”. JACK NICAS. THE NEW YORK TIMES, 20 de mayo.
(2) “Rubio says Cuba is threat to US as Havana accuses him of ‘lies’”. SOFÍA FERREIRA. BBC, 22 de mayo.
(3) “A Cuba, malgré les pressions des Etats-Unis, les arrestations d’opposants se poursuivent”. JEAN BAPTISTE SAINT-CYR. LE MONDE, 17 de mayo.
(4) “Cuba merece una nueva historia nacional” MICHAEL J. BUSTAMANTE. THE NEW YORK TIMES, 23 de mayo.

