No existe una ciencia absolutamente libre de supuestos. Max Weber.
El hombre no tiene naturaleza: tiene historia. José Ortega y Gasset.
A comienzos del siglo XX, Venezuela libró una de las polémicas intelectuales más importantes de su historia cultural. La confrontación la protagonizaron dos eminentes médicos y colegas ucevistas: Luis Razetti y José Gregorio Hernández. Si se la observa superficialmente, parece ser una simple disputa entre ciencia y religión o, más específicamente, entre evolucionismo y espiritualismo o entre filosofía positivista y religión positiva. En realidad, se trata de algo aún más profundo. Lo que los médicos-filósofos debaten da cuenta del destino o de la fortuna (die Bestimmung) de la crisis orgánica de la conciencia social venezolana.

Luis Razetti y José Gregorio Hernández.
En efecto, la doctrina positivista en Venezuela nunca fue tan solo una teoría del conocimiento, ni una inclinación ingenua hacia las ciencias naturales. Fue, además, una concepción del orden social y del poder político. Cuando Razetti defiende abiertamente el positivismo y proclama la necesidad de su “imperio”, no se refiere únicamente al progreso de la medicina experimental o a la efectiva confirmación del triunfo del método científico. Se refiere, de igual modo, a la urgente necesidad de la “organización racional de la sociedad”, bajo la conducción de élites ilustradas capaces de dirigir el destino colectivo.
No hay que ser un experto en el estudio de las ciencias políticas y sociales para saber que el trasfondo filosófico de esta concepción proviene de Comte y del clima intelectual positivista que dominó buena parte de América Latina entre finales del siglo XIX y mediados del XX. La sociedad es concebida como un organismo susceptible de ser administrado científicamente. El orden, la disciplina y la autoridad aparecen como condiciones indispensables para superar la barbarie y alcanzar el progreso. La población es vista como una masa no solamente mestiza, sino heterónoma, inmadura, atrasada e incapaz de autogobierno racional. Los huérfanos del rey de España necesitan ser tutelados, adoptados y conducidos por una mano fuerte y firme, que los guíe hacia el progreso. Necesitan ser tutelados. Nótese la vigencia de semejante ideología. Es por eso que las cosas del presente se comprenden mejor cuando se reconstruye el pasado.
De ahí surge la paradójica figura del “César democrático”: el gobernante fuerte que concentra el poder no tanto para negar el progreso como para imponerlo. La libertad debe esperar, porque es un asunto, precisamente, de esperanza, algo que esperamos llegue a ocurrir en el futuro. Primero hay que estabilizar, disciplinar, instruir y modernizar. El autoritarismo aparece como una especie de pedagogía política legítima. Por eso mismo, no es casual que el positivismo venezolano termine articulándose tan bien con los procesos de centralización estatal y con la consolidación de formas autoritarias de poder durante el gomecismo e, incluso, como se sabe, mucho más allá de él. La ciencia positiva se convierte, así, no solo en instrumento de conocimiento, sino en principio de legitimación política. Es justo aquí donde interviene la figura de José Gregorio Hernández, cuyas consideraciones llegarán a adquirir un valor y una profundidad conceptual e histórica determinantes.
José Gregorio Hernández no fue un enemigo del progreso ni del desarrollo científico o un representante del oscurantismo religioso. Muy por el contrario, fue un científico y uno de los grandes introductores del gran avance de la medicina experimental en Venezuela. Se formó como médico en París y admiraba el rigor del saber y el compromiso con la investigación de vanguardia. Su desacuerdo con Razetti no es tanto el rechazo al valor de la ciencia como a su trastrocamiento —su manipulación—, al presentar los estudios científicos como una metafísica materialista, una doctrina universal, una fe, un dogma absoluto e indiscutible.
Hernández entendió que la ciencia positiva posee límites. Puede explicar mecanismos biológicos, químicos o físicos, procesos fisiológicos o fenómenos naturales, pero eso no significa que pueda dar cuenta de las profundidades del alma, de la insondable interioridad del espíritu o de la voluntad ética y política. Reducir a los individuos a simples organismos biológicos o a meros instrumentos —pernos— de la función del engranaje social significa, para él, mutilar aquello que constituye su mayor dignidad. Por eso, la polémica Hernández-Razetti no constituye tan solo el escenario de una curiosa o pintoresca disputa entre los partidarios de la religión —de la fe— y los partidarios de la ciencia —el saber—. Se trata, más bien, de la confirmación de la profunda confrontación de dos concepciones radicalmente opuestas del ser social que, no obstante, llevadas de la mano por el entendimiento abstracto, no solo dieron forma a la conciencia social venezolana, sino que son el origen de su crisis y desgarramiento actual.
De un lado, el positivismo —darwinista e instrumentalista—, terca y dogmáticamente convencido de que la sociedad tiene que ser racionalmente administrada por saberes expertos y élites. Del otro, una concepción que insiste en la objetiva y constatable irreductibilidad espiritual de la persona frente a todo intento de mecanización del hombre. De hecho, la posición de Hernández anticipa la rectificación que el pensamiento del siglo XX reclama: la crítica a las sociedades administradas, la tecnocracia, la subordinación del individuo a los aparatos de control del poder burocrático. Eso, sin contar la reciente Encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, un Papa, por cierto, con formación científica, especialmente en matemáticas y computación. Pero mucho antes de que estas cuestiones fueran tematizadas por la filosofía y la religión contemporáneas, Hernández intuía los peligros contenidos en toda concepción que transforma al hombre en una abstracción, en un objeto de cosificación y mera utilidad técnica.
Por eso, la vieja polémica conserva una sorprendente actualidad para el presente. Las sociedades contemporáneas siguen debatiéndose entre la expansión ilimitada de la racionalidad instrumental y la defensa de la dignidad y autonomía del espíritu. Se oscila entre el ideal de administración científica de la vida y la necesidad de preservar aquello que no puede ser reducido a cálculo, control o programación.
Tal vez por eso resulte tan significativo que Venezuela haya entrado al siglo XX discutiendo los términos de la oscilación filosofía del desgarramiento. Quizá, por eso mismo, aquella controversia entre Razetti y Hernández tenga todavía mucho por decir. En el fondo, debatían acerca de una pregunta que sigue abierta: si el progreso consiste en administrar la humanidad o si toda verdadera civilización comienza reconociendo que existe en cada ser humano “algo” que ningún poder, ninguna técnica, ninguna ciencia, pueden subyugar. Un debate que puede comprenderse como la expresión histórico-cultural de la escisión entre fe y saber que Hegel, en 1802, caracteriza como el punctum dollens de la conciencia moderna: ninguno de los términos existe “puro” en sí mismo. Cada uno es para el otro y lleva dentro de sí aquello que aparentemente se niega a reconocer.
Una atenta lectura dialéctica e histórica del debate muestra que ambas posiciones expresan una misma totalidad histórica escindida, justamente porque ambos términos pertenecen a la misma totalidad: se necesitan mutuamente, se reflejan mutuamente y se convierten, cada uno, en el límite inmanente del otro. La expresión “concreto” proviene de concrecer, que quiere decir “crecer con”. Quizá la tarea del presente consista en comprender que la verdad del drama venezolano está en el esfuerzo por poder concretar —en hacer concrecer— el reconocimiento recíproco de sus polos fundacionales.
@jrherreraucv

